Comunicación no violenta


El principal objetivo de este modelo es ayudarnos a tener una comunicación honesta con los demás, tal que nos permita expresar con fluidez nuestras ideas y al mismo tiempo, abrirnos empáticamente y recibir lo que el otro tiene para dar.

TEXTOS. Ps. Gustavo Giorgi.

¿Existe una naturaleza compasiva y no violenta en las personas? ¿O somos mamíferos que solo respondemos como locos ante los estímulos? Nuestra racionalidad, propia de lo humano, ¿nos impide conectar con lo más profundo de nuestro ser?

Esas son las preguntas claves que intenta responder Marshall Rosenberg en su fantástico libro «Comunicación No Violenta». En él, nos pide acuerdo respecto de dos cuestiones fundamentales. La primera, que aceptemos nuestro ADN solidario y compasivo y la segunda, que asumamos que somos capaces de poder elegir nuestras respuestas. En ese último punto, avanza hasta decir que las conductas de los demás o incluso nuestros propios pensamientos son solo estímulos, pero no causa real de nuestras emociones.

El principal objetivo de su modelo es ayudarnos a tener una comunicación honesta con los demás, tal que nos permita expresar con fluidez nuestras ideas y al mismo tiempo, abrirnos empáticamente y recibir lo que el otro tiene para dar.

Sus herramientas son simples y posiblemente allí radica el éxito en su uso, ya que numerosas organizaciones la adoptaron e incorporaron dentro de sus prácticas habituales orientadas a tratar conflictos, a gestionar su clima organizacional o también a entrenar a los colaboradores en estas habilidades comunicacionales.

Se basa en cuatro acciones claves:

1. Observar sin evaluar.

Toda observación incluye un juicio, el que puede ser valorativo o moralista. El primero, se compone de lo que consideramos importante o lo que queremos para nosotros. El segundo, es poner en la lupa los comportamientos o ideas ajenas y juzgarlos según acuerden o no con nuestros principios. Tal como se darán cuenta, son los de este último tenor los que debemos intentar evitar.

El juicio moral califica rápidamente las conductas de los demás en términos de bueno o malo, útil o inútil, correcto o incorrecto según mi propio patrón de medida. Así, de inmediato aquellos que no concuerden conmigo se transforman en personas malas, inútiles o desencaminadas.

Se dan cuenta que una comunicación no violenta es imposible bajo este encuadre, ¿no?

No podemos desconectar nuestro perfil racional, analítico y evaluativo pero sí estar advertido de su presencia, ser concientes de su existencia y elegir segregarlo de la evaluación. La metáfora es la de una cámara de video, que registra pero no evalúa.

 De ese modo, Rosenberg no nos pide que nos transformemos en objetos sin opinión sino que dejemos al margen nuestros juicios morales para dar un paso adelante en la conexión con nuestro verdadero y palpitante ser.

2. Conectarnos con nuestros sentimientos.

Si el pensamiento está compuesto de ideas y representaciones, los sentimientos indican estados de ánimo y emociones.

Digo que los segundos no dejan dudas, siendo la mejor prueba de que quien dice estar triste efectivamente lo siente en el cuerpo, tal como le sucede al que experimenta alegría, miedo, asombro o ira.

El sentimiento no engaña, podemos decir y dar el siguiente paso: es crucial que podamos comprender cuales son las emociones que están detrás de nuestros pensamientos. Las circunstancias, los hechos, las conductas de los demás no son la causa de nuestras emociones, sino que dichos sentimientos se anclan en necesidades básicas y universales, las que podemos denominar también, deseos, aspiraciones y metas.

Nuestra cultura occidental siempre ha privilegiado la racionalidad por sobre nuestra emoción y por eso nos ha confundido y aún lo sigue haciendo en la pesquisa de nuestra interioridad, en la que se hallan necesidades en la base y por encima, emociones.

A propósito, podemos leer en su libro una lista de emociones reales, para que podamos distinguirlas de los pensamientos que intentan enmascararlas.

Así, una persona que manifiesta: «Me siento rechazado por mi grupo de amigos», en realidad no está conectado a sus sentimientos como aquel que expresa: «Me siento triste porque no me invitan a las reuniones». El sentimiento real es la tristeza, el rechazo es un pensamiento y por ende, es importante que conectemos con la emoción y no nos perdamos en falsos sentimientos como en el ejemplo.

3. Responsabilizarnos de nuestros sentimientos.

Hacerse cargo es de valientes, no de temerarios. 

Una vez que nos animamos a subir el peldaño anterior, estamos en condiciones de continuar la marcha, y el requisito es poder decirle con total claridad al otro qué necesidad o deseo estamos tratando de satisfacer y no lo logramos, con su conducta.

«Me enoja mucho que no vengas a horario» es una frase de una persona conectada con sus sentimientos, pero que para responsabilizarse de los mismos debe continuar diciendo «…porque quería cenar con vos y poder compartir más tiempo». Si la sentencia se corta en el primer nivel, el otro inmediatamente se pondrá a la defensiva, dando excusas o bien podrá sentirse agredido y responder de la misma forma. O aún peor, darnos la razón (como a los locos) y en la próxima ocasión, llegar tarde nuevamente.

Las personas cambiamos solo cuando estamos conectados con nuestros sentimientos y necesidades, no porque los demás nos lo impongan.

4. Hacer pedidos.

Este esquema funciona de manera muy aceitada si seguimos todo el proceso. De esta manera, arribamos al final de nuestro viaje con todos los recursos para poder comunicarle al otro lo que deseamos que cambie.

El pedido debe ser específico, claro, concreto y preciso.

¡Cuántos malos entendidos aparecen por no respetar estas características!

Supongamos un líder que le pide a su colaborador más responsabilidad. ¿Es eso un pedido concreto? No, y la prueba es fácil de lograr: ¿Qué significa ser responsable? ¿Ambos tienen el mismo concepto de responsabilidad?

Al momento de hacer un pedido debemos traducirlo en comportamientos que podamos ver del otro, y necesitamos formularlo bajo la luz de todos los pasos previos. Dicho de otro modo, la única manera de poder realizar un pedido con eficacia es si pudimos separar observación de juicio moral; nos conectamos con nuestros sentimientos y nos responsabilizamos por los mismos.

Siguiendo con el último caso, este líder debería comunicar a su colaborador: «Estoy notando que te demoraste en las últimas tres entregas (observa sin evaluar). Eso me enoja porque espero otra cosa de vos (conectado con su ira y responsabilizado por sus emociones). Entonces, como estoy seguro que tenés las condiciones para lograrlo, te pido que realices las próximas entregas en tiempo y forma (siempre conviene pedir las cosas de forma positiva y no bajo una negación)».

Para terminar, sumemos a lo anterior la recepción empática.

Escuchar con todo el ser es estar presente y evitar muchas de las conductas que frecuentemente tenemos y nos impiden conectar en profundidad con los demás. Entre ellas, quisiera citar el consejo («Tomalo como un aprendizaje…»); la minimización («No lo dramatices tampoco»); la comparación («Vos te quejás, pero otros están peor»); la competencia («No sabés lo que me pasó a mí una vez») o esa tendencia a querer consolar al otro y evitar que atraviese la situación negativa que está experimentando de la forma más rápida posible.

Todos los modos anteriores nos impiden estar presentes, del todo y honestamente con el otro.

Estar, de manera empática, significa entender al otro y una herramienta práctica que nos lo permite es el parafraseo: Repetir con nuestras palabras lo que creemos entender, y darle la chance a la otra persona de confirmar o rectificar nuestra percepción.

Empatía es también ayudar a nuestro interlocutor a poder conectar con sus emociones y deseos, para que podamos establecer un entendimiento profundo.

«Te sentiste herido porque dije que el trabajo estaba mal hecho?» no es lo que mismo decir «Por qué te ofendés tanto?». En el primer caso, observamos la claridad en el parafraseo, siendo estando ausente en el segundo.

El libro de Rosenberg invita a pensar acerca de los vínculos y sobre todo, nos interpela en nuestro posicionamiento subjetivo, al preguntarnos si de verdad creemos que las personas somos, en esencia, solidarias y compasivas o por el contrario, meros mamíferos que responden de manera automática.

Previo Laura Mondino: energía y convicción para una ciudad mejor
Siguiente Las Chicas Pink botaron su embarcación “Dragón”