Contar el cuento de la propia vida


Acaba de publicarse en castellano «Memorias inventadas», del escritor brasileño Manoel de Barros y en este libro resplandece el autotestigo ideal que preconizaban los grandes memorialistas, apelando a la invención para contar la propia vida: «Todo lo que no invento es falso».

Textos. Enrique Butti.

Los grandes memorialistas, es decir, los grandes escritores que encuentran en su pasado la inspiración para escribir, no deben ser buenos memoriosos. Funes no encontraría razón para detenerse en el recuerdo de determinado hecho o detalle, porque la memoria de Funes es tan perfecta que en todo momento tiene a mano todos los sucesos y todos los detalles que ha vivido, tan exactos y coloridos como si acontecieran en el presente. El gran memorialista, el gran biógrafo, el gran escritor de un Diario (o, como Lucio Mansilla entre los ranqueles, de epístolas) revive creativamente su existencia, enfoca y desenfoca, se aleja o clava la observación bajo un microscopio, e incluso, como el Marcel de Proust, sabrá evocar hasta lo sucedido antes de su propio nacimiento.

Permítaseme recordar el relato de su vida que me hizo el más importante vagabundo que me ha sido dado conocer. Deambulaba por todo el mundo y el mayor motivo que lo ataba a ese destino eran las confesiones que le hacían y que él hacía en las interminables noches en alguna sala de estación o al pie de una ruta o en el único bar abierto a toda hora de alguna ciudadela, decía, «donde ahora podría jurar que no estuve nunca». Solía compartir cada noche, pues, con algún otro viajero (hombre, mujer, joven o viejo que fuera) y era inevitable que con ese fortuito interlocutor terminaran contándose mutuamente sus vidas. Nacían confesiones incomparables porque ambos sabían que no volverían a verse y así resultaba inimputable lo que quisieran decir. «Inventarnos otro pasado era lo usual», decía, «y lo increíble era que yo no mentía; quiero decir que en ese relato siempre distinto de mi vida yo reconocía mi verdadera identidad».

Acaba de publicarse en castellano «Memorias inventadas», del escritor brasileño Manoel de Barros (Cuibá, Matto Grosso, 1916 – Campo Grande, 2014), y en este libro resplandece el autotestigo ideal que preconizaban aquellos grandes memorialistas, apelando a la invención para contar la propia vida: «Todo lo que no invento es falso», escribe de Barros, quien además recurre a la cadencia de los versos, en los cuales sucesos y lugares (ese pantanal que se extiende por tres países) son mucho más que excusas narrativas y cantatas paisajísticas, y adquieren un carácter mítico (o metafísico, o ritual, o traumático, según convenga al poema): «Tengo el deseo de cambiar el rasgo natural por el encantamiento verbal».

«Boy with top», Candido Portinari.

El autorretrato de su infancia que perfila de Barros en este libro, como escribe José Ioskin, es un «Ser que se identifica a unos seres particulares: los restos, las sobras, los trastos». El encanto de estas poesías dependen en gran parte de una devoción por lo mínimo y despreciado, por un detallismo que recuerda a las enseñanzas de Marcel Schowb, maestro de vidas imaginarias verídicas: «El arte está en la parte opuesta a las ideas generales; solamente describe lo que es individual, solo aspira a lo único». Y contaba la historia del pintor Hokusai, que esperaba llegar al ideal de su arte a los ciento diez años. En ese momento, decía, cada punto, cada línea trazada por su pincel estarían vivos. No hay nada que sea tan uniforme como los puntos y las líneas –la geometría se basa en este postulado– pero la ambición de Hokusai consistía en que nada pudiera ser tan distinto.

En el poema «Cepillo» Manoel de Barros cuenta el interés que le despertó ver a unos arqueólogos pasar el día cepillando huesos. «Entonces pensé en cepillar palabras. Porque/ había leído en algún lugar que las palabras eran/ caparazones de clamores antiguos. Yo quería ir detrás de los/ clamores antiguos que estaban guardados dentro de las/ palabras. Yo sabía también que las palabras poseen/ en su cuerpo muchas oralidades remontadas y muchas/ significancias remontadas. Quería pues cepillar las/ palabras para escuchar la primera mueca de cada una…».

En el poema «Obrar» cuenta que al pie del rosal de su abuela obró y ella no lo retó; al contrario, le dijo que a los rosales les estaba faltando estiércol orgánico. «Por eso, para ayudar, fui a hacer obra en los canteros/ de la huerta./ Yo solamente quería darles fuerza a las remolachas y a los tomates./ Mi abuela quiso aprovechar ese hecho para enseñarme/ que el cago no es una cosa despreciable/ Me daban ganas de reírme porque mi abuela contrariaba las/ enseñanzas de mi padre…».

Se han citado aquí los dos primeros poemas de «Memorias inventadas» para mal y pronto ejemplificar los destellos de este libro, cuyo méritos no menores son la traducción impecable, la introducción y las notas de José Ioskin, y la cuidada edición de Griselda García.

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