Convertirnos en padres de nuestros padres: la transformación del cuidado


Llegado un momento de la vida enfrentamos un problema imperioso: como hacer «lo correcto» frente al envejecimiento de nuestros progenitores. Nos encontramos así ante el desafío de compaginar este nuevo rol con las obligaciones personales, familiares y laborales diarias.

Textos. Psicóloga Laila Tomas.

Contextualizando la realidad argentina, casi 3.5 millones de personas (el 70% del total de mayores de 60 años) no viven solos y dependen del cuidado de sus familiares. Por otra parte, contrario a lo que se cree, sólo el 2-3% de las personas mayores se encuentran residiendo en instituciones gerontológicas especializadas.

Sean cuales fueran las circunstancias y nuestros sentimientos, enfrentamos un problema imperioso: como hacer «lo correcto» frente al envejecimiento -más aún si este es patológico- de nuestros progenitores, compaginando las obligaciones personales, familiares y laborales diarias, que la actualidad nos conduce a mantener cual pelotas de malabarista, en el aire para ser funcional en el medio donde vivimos.

Si bien el paso por la vida nos alienta a que se adquirieran nuevos roles y se abandonen otros en pos de nuestra adaptación social permanente, en lo que respecta al rol de «hijo» -o «ser hijo»-, generalmente es a nuestra mediana edad que comienza una nueva dinámica en la relación paterno-filial. Allí se inicia el proceso que conlleva comenzar a atender y cuidar a nuestros padres ya mayores. La pregunta es entonces: ¿Cómo hacerlo cuando uno no es un especialista?

CUIDAR Y AMAR NO SON SINÓNIMOS

Aunque hay quienes dicen lo contrario, resulta importantísimo poder aclarar que cuidar no es lo mismo que amar. Generalmente se piensa que si amamos a una persona será fácil cuidarla, pero esto no es así. En el caso del cuidado de los padres, se requieren habilidades específicas como observar, escuchar, acompañar, aprender a callar, medir las palabras, repetir, gestionar, hacer lo conveniente que no siempre coincide con lo que se desea, conciliar con el resto de la familia intereses y valores, trabajar en equipo. No siempre se nace con todas o algunas de las capacidades mencionadas, ni estas derivan directamente del amor. Se deben adquirir, pulir, hacer que emerjan dentro nuestro. Además -y esto es más difícil aún- hay que tomar conciencia de que inevitablemente tenemos limitaciones.

Esto entonces: tomar conciencia, conjuntamente con reconocer lo engorroso y angustiante de la situación, son senderos que encaminan a una mejor organización del escenario y contención del adulto mayor.

Para evitar o disminuir el estrés, la culpa y la influencia negativa en la salud física y mental que genera todo lo que respecta a acompañar, asistir y/o encargarse de otro con sus consecuentes obligaciones y responsabilidades, es importante prevenir, informarse, conversar con quienes están atravesando momentos similares, aprender a delegar y compartir.

La complejidad y dinámica de la asistencia a desplegar va a depender de cada familia y de las características del individuo a atender. Claro está, que cuanto mayor funcionalidad y salud integral posea, más deberá respetarse y fomentarse su autonomía ya que esta retrasará la dependencia. Afortunadamente, hoy en día existe una multiplicidad de ofertas para desplegar el potencial de las personas mayores. Ofertas de educación no formal, centros de día, ciclos de talleres, universidades del adulto mayor, instituciones de salud integral, etc., que apuntan al desarrollo cognitivo, emocional, social y funcional del asistente.

AUTONOMÍA Y AUTOVALÍA HASTA EL FINAL DE LA VIDA, O HASTA DONDE SE PUEDA

En casos donde la salud se encuentra más deteriorada, apremia conocer a que situación vital se hace referencia o que enfermedad está presente, y así confeccionar un plan de acción inicial, generalmente decidido en familia junto a la opinión de profesionales, e integrando en la toma de decisiones al adulto mayor -en la medida que esto sea factible-. No olvidemos, que el paciente añoso debería ser protagonista de su propia vida, no espectador de ella, el mayor tiempo posible.

Darse lugar y espacio para la reflexión e ir contemplando y construyendo vías de cuidados alternativos, viabiliza que las decisiones sean tomadas racionalmente valorando múltiples dimensiones. Así, en casos donde se requiera contratar cuidadores domiciliarios especializados o ingresar al adulto a una institución, el impacto para todos los intervinientes será menor comparado al que genere la impulsividad o la premura en las acciones, así como también será menor el costo emocional de estas medidas.

Acompañar, proteger y cuidar es saber utilizar los recursos existentes en la sociedad destinados a los diversos niveles y tipos de dependencia. Debemos entender que toda intromisión en la voluntad del otro debe ser bien evaluada y revisada en el tiempo. Siempre, cuando hablamos de una persona mayor, la consulta gerontológica familiar puede resultar una herramienta oportuna que construya nuevas lecturas de cada situación y con ello, nuevas formas de comprensión e intervención.

Por todo esto, es necesario entender que no hay recetas ni fórmulas únicas o exactas, pero sí caminos que a veces conducen a la clausura y otros -ojalá siempre- a la apertura de posibilidades.

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