Cuando el fantasma se convierte en escritura


Una charla con el poeta, narrador y ensayista Luis Benítez repasa su obra, sus lecturas y su más reciente publicación «Los amantes de Asunción».

Textos. Enrique Butti. Fotos. Gentileza.

–Editorial Vestales publicó recientemente su novela «Los amantes de Asunción», una singular y fuerte novela histórica.

–Confieso la alegría que «Los amantes de Asunción» me dio con su buena recepción, a pesar de la gran inestabilidad y luego bajo la pandemia que vivimos. En verdad, «Los amantes de Asunción» participa de varios géneros a la vez. Su eje central es el romance de treinta años entre una dama de la clase alta argentina, Aurelia Vélez Sarsfield, y Domingo Faustino Sarmiento. Aurelia es una mujer que enfrenta los prejuicios de su época, se juega por lo que quiere y no acepta los límites que buscan imponerle. Quiere ir más allá del lugar que le asignan como mujer: ser madre, tener hijos, estar subordinada a su familia primero y a un marido después. De manera que es una novela histórica: a través de los recuerdos de Aurelia pasa medio siglo de historia argentina, desde la época de Rosas hasta su presente, enero de 1888, cuando faltan ocho meses para el fallecimiento de Sarmiento. Pero es también una novela de aventuras: la historia argentina está contada tal como la vivieron sus protagonistas, en constante zozobra, enfrentando las luchas políticas por el poder, tratando de hacerse del poder o conservarlo. «Los amantes de Asunción» es además una novela policial: Sarmiento debe establecerse en Paraguay por orden de su médico, y allí están exiliados desde hace veinte años los opositores a su gobierno y a cuanto él representa, y algunos de ellos planean asesinarlo. Y es una novela de viajes: Aurelia, antes de que Sarmiento parta hacia Asunción, se va a Europa, prometiéndole que a su regreso irá a verlo a Paraguay. Mientras recorre Francia, Suiza e Italia, no hace más que pensar en Sarmiento, en todo lo que sucedió entre ellos durante treinta años y cómo enfrentará el momento del reencuentro, si es que en agosto su amante sigue vivo. Finalmente, es una novela política: retrata a la clase alta argentina, a las clases bajas, los inmigrantes que viven en los conventillos (los antepasados de la mayoría de nosotros), así como las revueltas de los caudillos del interior, los intentos de establecer qué tipo de país íbamos a ser, los conflictos que originan una división permanente entre los argentinos. 

–»Los amantes de Asunción» es su última novela, pero está precedida por una rica obra narrativa.

–La precedieron mis novelas «Tango del mudo», de 1997; «El metro universal», «Hijo de la oscuridad» y «Sombras nada más», de 2012, y «Madagascar», también editada por Vestales en 2017. A esto se suman dos libros de cuentos: «Zapping» (Italia, 2004) y «Las ciudades de la furia» (Argentina, 2016).

–Sin embargo, es la poesía la primera, más extensa y más profunda vocación, advertible también en su narrativa.

–Mi poemario inicial, «Poemas de la tierra y la memoria», fue el primero publicado de mi generación, la de los ’80. Por supuesto, aquella colección de poemas –con una acusada influencia de Dylan Thomas- fue el comienzo de la búsqueda de una voz personal, que continuó con la edición en Argentina de una decena de títulos más y 19 poemarios en el extranjero. La idea de que la poesía tiene «temas» es engañosa: ella solo escribe acerca de sí misma, pero emplea alusiones y referencias para hacerlo. Creo que básicamente se trata de seis pares de opuestos temáticos, que mi poesía trata de plasmar: la vida y la muerte; el amor y el odio; el miedo y el valor; el tiempo sucesivo y el presente continuo; lo particular y lo colectivo; lo ilusorio y lo real. Todo el resto está incluido en estos pares de opuestos o en alguna de sus infinitas combinaciones. 

–¿Qué diferencia la disposición a escribir poesía o a escribir narrativa?

–Creo en la «inspiración» más como un trabajo y una técnica que como la espera pasiva de un rapto que nos salve de la página en blanco. Lo que me sucede inicialmente es la aparición de una sensación tan poderosa que perdura y provoca asociaciones de ideas que luego se transforman en palabras. Esto puede brindarme el inicio o el final de un cuento, una novela o un poema; muy raramente su desarrollo, que aparece luego, y que no conozco hasta mucho después, cuando esa sensación –a la que denomino «el fantasma»– cobra forma concreta a través de las palabras. El «fantasma» es cosa sutil, casi inapresable. La plena potencia de su esencia se nos escapa inevitablemente: las palabras que empleamos para aludirla son traducciones y en ellas algo se pierde para siempre. Alguna vez comparé a la poesía con un aroma, con algo cuyo sentido no puede ser retenido o explicitado por las palabras. Lo mismo creo respecto del origen primero de las narraciones.

–Sí, recuerdo esos versos: «De las tantas cosas que no puede/ mostrar ciertamente la palabra,/ la primera imposible es el olor/ tan propio y exacto de las cosas.// La poesía también es como el aroma».

–Corresponde a mi poema «De las tantas cosas que no puede», incluido en el poemario titulado «Behering y otros poemas», de 1985.

–Acaba de mencionar a Dylan Thomas, pero son muchos los autores que ocupan o retratan sus poemas (de Marcel Schwob a Keats, de Ezra Pound a César Vallejo) y que suponen un lector atento y curioso. ¿Cuáles otros poetas relee siempre?

–Los románticos ingleses: Byron, Coleridge, Shelley, Keats; luego T.S. Eliot y los poetas metafísicos ingleses del siglo XVII, que son una lectura ineludible. Además Pablo Neruda y César Vallejo, así como numerosos autores norteamericanos: Allen Ginsberg, Allen Tate, Edgar Allan Poe, Denise Levertov, Richard Wilbur, Theodore Roetke, Amy Lowell y su sobrino (como poeta, menor que su extraordinaria tía) Robert Lowell, y Emily Dickinson. Entre los argentinos, desde luego, Jorge Luis Borges, el inevitable Borges. Y también Juan L. Ortiz, Joaquín Giannuzzi, Oliverio Girondo, César Rosales, Olga Orozco, Francisco Madariaga y Enrique Molina.

–De esa generación del ’80, usted es uno de los más publicados y traducidos en el exterior.

–A partir de los ’90 algunos de mis poemarios conocieron ese destino. Fueron editados en México, Venezuela, Chile, Italia, España, Estados Unidos, Suecia, Rumania, el Reino Unido y Francia. Respeto mucho el trabajo de los traductores, que deben ser entendidos como coautores de una obra al llevarla a otra lengua. Una editorial extranjera está gestionando ahora la traducción al chino de mi poemario «La tarde del elefante y otros poemas», libro particularmente afortunado, ya que antes de este proyecto conoció sendas ediciones en muchos países.

BIO

El poeta, narrador, ensayista y dramaturgo Luis Benítez nació en Buenos Aires el 10 de noviembre de 1956. Ha recibido numerosos premios nacionales e internacionales por su obra literaria. Sus 32 libros de poesía, ensayo, narrativa y teatro han sido publicados en Argentina, Chile, España, Estados Unidos, Italia, México, Venezuela, Suecia y Uruguay.

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