De búhos y cerdos


Dos nuevas publicaciones de la colección «Naturalezas» presentan agudos y atractivos retratos de estos animales.

TEXTOS. Enrique Butti. ILUSTRACIÓN. «Los compañeros del miedo», de René Magritte.

La carne de cerdo es la más consumida en el mundo; baste considerar que los alemanes comen a lo largo de su vida un promedio de cuatro vacas, cuatro ovejas y cuarenta y seis cerdos. A diferencia de los pescados y las gallinas, terminan en nuestros platos como chuletas, panceta o embutidos que no recuerdan la forma del animal. Porque el cerdo encarna lo que Freud llama «ominoso»: lo siniestro instalado en el ámbito de lo familiar, lo reprimido, oculto y escondido. Y eso sucede porque el cerdo está muy cerca del ser humano. Antes de la insulina sintética, hasta hace pocos años, millones de personas diabéticas vivieron gracias a la insulina obtenida del páncreas porcino. Y son los cerdos -y no los monos- los más usados en los trasplantes alternativos a los implantes mecánicos, en las válvulas cardíacas, por ejemplo.

«Hasta el trasplante de corazones de cerdos es, técnicamente hablando, tan posible como la prevención de reacciones de rechazo con ayuda de intervenciones genéticas», asegura Thomas Macho en su retrato de los «Cerdos». Y sin embargo, pocos animales han sido, como el cerdo, objeto de tabúes alimentarios, como comprobamos en la prohibición de consumir su carne en las religiones monoteístas del judaísmo y el Islam. Los epítetos «sucio» e «inmundo» aparecen en la Biblia y en el Corán. ¿Es el carácter antihigiénico del animal lo que llevaría a esa prohibición, como sostenía Maimónides en el siglo XII? ¿Sería porque ya se adivinaba la conexión (descubierta recién en 1859) entre la triquinosis y la carne porcina no suficientemente cocida? El antropólogo Marvin Harris desarrolló otras teorías: una hipótesis socioeconómica advierte que los cerdos no son animales apropiados para nómades del desierto; otra, de índole ecológica, la dificultad de criar cerdos en el Cercano y Medio Oriente, debido a la deforestación y erosión del suelo, que impedían a estos animales hozar en los sotobosques de la región como lo hicieron durante el neolítico. También se esgrimió el argumento del progresivo apartamiento de prácticas sacrificiales, como Christopher Hitchens señala: dado al parecer el similar gusto de la carne humana y la del cerdo, se combatió el consumo de carne porcina para desterrar los sacrificios humanos.

Los cerdos no tienen muy buena vista, pero tienen un olfato y un oído excepcionales. Es común la creencia de que por eso se los usa como los principales rastreadores de trufas, si bien para esa búsqueda desde hace mucho tiempo se prefieren los perros, las cabras o incluso un tipo especial de moscas, porque al chancho es muy difícil sacarle el botín una vez que lo ha encontrado.

Se trata de animales muy inteligentes, y sus capacidades cognitivas se comparan con las de los primates y delfines. Son creativos y cariñosos, pero cuando los minicerdos se pusieron de moda, fue necesario prevenir que no eran solitarios como los gatos, y aunque más inteligentes que los perros nunca eran obsecuentes y conservan siempre su orgullo y carácter. Necesitan continuamente compañía y caricias; apenas empiezan a aburrirse desordenan la casa, abren armarios y cajones, vacían los estantes y escarban por todos los rincones.

Estuvieron entre los primeros animales de los circos de la Edad Moderna. Luis XI, que gobernó de 1461 a 1483, se divertía mucho con una compañía teatral de cerdos disfrazados. Un escocés llamado Samuel Bisset (1721-1783) amaestró un cerdo que resolvía cálculos, daba la hora y adivinaba en una pizarra la palabra que elegía un espectador. Fue el primero de numerosos cerdos sabios; en 1917, el inglés Nicholas Hoare presentó un cerdo a quien mostraba leyendo con una pluma detrás de la oreja. ¿Qué leía? Un libro de Plutarco, quien después de Homero contó la historia de la maga Circe, que convirtió en cerdos a los compañeros de Ulises.

«Pocilga», de David Teniers el Joven.

Entre la múltiple presencia de cerdos en la historia, la mitología y el arte universal, Thomas Macho nos recuerda a Mateo, 7, 6: «No echéis vuestras perlas a los cerdos, no sea que las pisoteen y después, volviéndose, os despedacen». Y a Marcos, 5, 1-17, que narra cómo Cristo libró a un poseso de sus demonios, quienes entraron en una piara de unos dos mil puercos que se despeñaron en el mar. Gracias a san Antonio, su patrono, el cerdo irá progresivamente ocupando el lugar central que hoy tiene entre los animales domésticos.

Como el cerdo, el búho encierra significados ambivalentes para el ser humano. Es tanto símbolo de dádiva como de maldad. Es el ave que acompaña a Atenea, diosa de la Sabiduría, pero las supersticiones ligadas a los búhos y las lechuzas recorren todo el mundo. En Gales, si uno de ellos es oído dentro de las casas significa que una muchacha soltera ha perdido la virginidad; en Rusia se llevan como talismanes garras de estas aves rapaces para, al morir, poder usarlas en trepar hasta el cielo; en Francia hay que arrojar sal al fuego para evitar la maldición de su grito.

Nuestro Agustín Zapata Gollán cuenta que en estas tierras se curaba la ebriedad con huevos de lechuza en aguardiente, pero acota que Félix de Azara decía que «a pesar de la facilidad del remedio abundaban los borrachos». La pluma de estas aves era crucial para curar «el mal de ojo», en una asociación evidente con sus grandes ojos y su vista que penetraba la oscuridad. Zapata Gollán también recoge un canto anónimo sobre «la pluma del caburé», que una muchacha reclama al cantor, quien después de encontrarla queda irremediablemente encadenado a la mujer: «A mi china la miré,/ me pareció más divina,/ le grité: –¡Te traigo, china,/ la pluma del caburé!».

En la colección «Naturalezas», de Adriana Hidalgo editora, se acaban de publicar «Cerdos», de Thomas Macho, y «Búhos», de Desmond Morris, agudos y atractivos retratos de estos animales, profusamente ilustrados.

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