De esperanzas y esperas


Por Lucila Cordoneda

En algún lugar de su etimología, las palabras esperanza y esperar se cruzan, son familia. Algo así como que tener esperanza es, en un punto, saber esperar.


Creo sin embargo que “sabemos esperar”, o lo intentamos al menos, cuando tenemos genuino deseo. Cuando de verdad deseamos que algo suceda.


De modo que, acá estamos… esperanza, esperar y deseo.


Dejar pasar el tiempo, vivir el mientras tanto, eso podría ser esperar. Mirar hacia adelante, confiar, aferrarnos a lo posible, eso es esperanza. Creer que podemos modificar lo que viene, animarnos, movernos, eso es deseo.


Saber esperar, entonces, nada tiene que ver con mirar la vida pasar (o atropellarnos), confiando en la llegada del toque de suerte que mágicamente nos saque del lodazal que nos angustia e inmoviliza.


Porque saber esperar, amigas, hace de la esperanza un verbo.
Hablamos de esperanzar, entonces.


Esperanzar… algo así como “dar esperanza” o la acción de generar o construir un estado de esperanza ¿no?


Paulo Freire nos habla de la esperanza como una necesidad ontológica, como aquello que nos mueve, soplo de vida y norte (pido disculpas, pero mi lado docente me impide seguir hablando de esperanza sin hacer entrar a la cancha “al 10”). Ahora bien, es necesaria, dice Freire, pero no suficiente.


La esperanza no es ingenua, eso sería pura irrealidad, ilusión o fantasía, casi como la profecía autocumplida de la desesperanza.


La esperanza es contenido, connota acto, compromiso, decisión. La esperanza es asumir que existe un presente que demanda ser modificado, que hay un hoy que, al no ser suficiente, nos desnuda e interpela.


Hay un “estar aquí y ahora” que, por alguna razón, no nos conforma, no nos alcanza. Hay algo en este tiempo que provoca dolor, genera angustia, herida lacerante, nos deja a la intemperie.


Hay entonces un día nuevo que reclama la impaciencia de la esperanza, que nos despabila, nos exige lucidez y tarea, molestia y faena.


Porque la esperanza es eso amigas, es motor, ruptura y revolución.
Es volcán, lava viva que quema, ahí donde más duele y casi avergüenza.
Es convicción de que algo tiene sentido, de que la lucha vale la pena, más allá de como resulte.


A esperanzar, entonces, a creer que es posible, que el mientras tanto es fundamental, definitorio y vital.


Vamos queridas Mal Aprendidas que puede ser que la vida se trate de eso, de intervalos esperanzados, de lúcidos mientras tanto, de saber esperar desobedeciendo, torciéndole la mano al destino.

“…Para mí la esperanza es una cosa que tengo cuando me despierto, que pierdo en el desayuno, que recupero cuando recibo el sol en la calle y que después de caminar un rato se me vuelve a caer por algún agujero del bolsillo. Y me digo: ¿Dónde quedó la esperanza? Y la busco y no la encuentro. Y entonces, aguzando el oído, la escucho ahí, croando como un sapito minúsculo, llamándome desde los pastos.
La tengo, la vuelvo a perder. A veces duermo con ella y a veces duermo solo. Pero yo nunca tuve una esperanza de receta, comprada en una tienda de corte y confección, una esperanza dogmática. Es una esperanza viva y, por lo tanto, no sólo está a salvo de la duda, sino que se alimenta de la duda”.

Galeano E. (1993). Diario “La República”. Montevideo. Citado en el libro “¿De qué hablamos cuando hablamos de Winnicott?” .
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