Del borrador de Charles y del nuestro


Por Lucila Cordoneda

Desde siempre me han obsesionado varios temas, como a todos, creo.

Algunos fluctúan, van y vienen según las circunstancias. Otros son parte de una lista con ribetes tan humanos como inmanejables.

Así, la muerte, el amor, el miedo y otros tantos, van y vienen esperando pacientemente que les toque el turno de entrar y rondar un tiempo para después salir tan maltrechos como fortalecidos, según el caso.

En fin… nada original mi lista.

Porque díganme: ¿quién no desvela pensando y dándose cuerda frenéticamente con cada uno de ellos?

Después viene la otra lista. Esa numerada por los fantasmas más cercanos, los que componen nuestro micro mundo. Esos que van desgajándose de los anteriores y que cada uno va haciendo suyos.

¿Qué será de los que quiero cuando yo ya no esté? ¿Qué caminos transitarán mis hijos? ¿Conocerán el amor verdadero?

¡Qué manía esa de someternos a tanto interrogante existencial!

Y así vamos, de lo general a lo particular, del futuro, al pasado sin escalas.

En un vuelo frenético vamos haciendo pie en el ahora.

Y entonces, las preguntas del millón…

¿Cuándo volveremos a abrazarnos? ¿Cuándo aparecerá la vacuna que liquide de una vez por todas a este maldito bicho? ¿Qué pasará con nosotros, con los que conocemos y amamos?

En fin, para darnos lata y manija no tenemos descanso.

Pero es así amigas, los fantasmas asaltan y en tiempos de confinamiento y horror, no solo de noche. Basta prender la tele, o la radio, abrir cualquier medio para que nos zampen en la cara una sarta de números, pronósticos y cataclismos que resultan imposibles de digerir.

Hace unos días, pasando las horas en el Facebook me encontré no casualmente, porque a sabiendas paseo por su sitio, con un texto de la escritora española Rosa Montero.

Transcribo el comienzo: «Charles Darwin, el autor de la teoría de la evolución de las especies, quería ser sacerdote. Pero en 1831, a los 22 años, le ofrecieron embarcarse en el pequeño Beagle como naturalista y dar la vuelta al mundo, y aceptó. Cuando regresó, cinco años después, había encontrado pruebas científicas que desmentían por completo la versión bíblica de la creación del mundo, que por entonces se creía a pies juntillas. Empezó a desarrollar su teoría tan aterrado por ella que la mantuvo en completo secreto. Darwin era un hombre bueno y le espantaba que sus descubrimientos pudieran hacer tambalear la fe religiosa en la sociedad, porque pensaba, como muchos otros, que sólo la religión, con sus promesas de premios y castigos, podía reprimir el mal en las personas. Y ya había visto suficiente mal en su viaje del Beagle (genocidio de indios, esclavos torturados) como para aumentarlo. Así que guardó su texto en un cajón hasta que, en 1858, un joven científico le mandó el borrador de una teoría igual a la suya. Darwin se vio forzado a publicar ‘El origen de las especies’ en 1859. Se había pasado 22 años ocultándolo».

No pude evitar preguntarme cuántas veces uno oculta la verdad intentando hacer menos daño o evitar el mal y cuantas necesitaríamos que alguien lo haga por nosotros.

Ojo, no estoy hablando de sostenernos en una mentira, de vivir engañados.

Estoy diciendo que es importante resguardarnos. Que para transitar este tiempo mantener la salud emocional y psíquica a resguardo es vital.

Estoy diciendo que lo que percibimos y absorbemos del afuera es una parte casi fundamental en el cómo vivimos esta realidad.

Estoy invitándonos a ser más selectivos a la hora de elegir qué dejamos entrar a la intimidad de nuestro confinamiento.

Es tentador, lo se, saber qué pasa, conocer las estadísticas, y las tendencias, hacer nuestras las elucubraciones y conjeturas apocalípticas que despliegan en nuestras narices.

¡Pero vamos! Que no podemos modificar lo que sucede, la realidad es lo que es… o lo que nos quieren hacer creer que es, pero nosotras tenemos la posibilidad de elegir cómo transcurrirla.

Cada uno tiene sus propios borradores de esta historia y decide cuándo y dónde darlos a conocer. Cada una de nosotras también y nadie, absolutamente nadie, tiene derecho a escribirlo con nosotras.

Salvo, claro esta, que les presentemos la pluma.

¡Vamos! Que estamos a tiempo y aún hay mucho por trazar, garabatear y tachar.

«Prefiero la verdad, sin más. Obstinada, con convicción, con desesperación vital, rayana a la obsesión.

Prefiero saber, enterarme, aunque todo estalle. Aunque un aliento helado me entumezca el alma, aunque vea derramados sueños y proyectos. Prefiero el dolor, el desgarro de la entraña, la asfixia. El corazón desbocado y la angustia que arrastra a la agonía, al precipicio. El llanto infante, la locura, la agonía, casi muerte…

Sin embargo a veces, y a pesar de todo, elijo salvarme, elijo acunarme, abrazarme. Retorno al regazo, a aquel vientre tibio  y me aferro al engaño e intento dormirme en la cuna infame del silencio».

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