Dios mira en detalle


«Studiolo» se titula el último libro del heteróclito filósofo Giorgio Agamben en el que se dedica a comentar 21 obras de arte que se supone adornan (aunque sea virtualmente o con reproducciones) su reducto más íntimo e inspirador.

TEXTOS. Enrique Butti.

En uno de los ingresos («propilei») de la Acrópolis de Atenas se exhibían cuadros y pinturas ofrecidos como exvotos a la divinidad; de allí el término pinacoteca. En el Renacimiento, los príncipes recogieron sus más queridas pinturas en una pinacoteca que tenía lugar en el refugio personal donde retirarse a leer o meditar. Ese salón se llamaba «studiolo», y así se titula el último libro del heteróclito filósofo Giorgio Agamben. Así como en «El final del poema» se había ocupado brillantemente de subrayar la importancia del encabalgamiento en la poesía, en «Studiolo» se dedica a comentar 21 obras de arte que se supone adornan (aunque sea virtualmente o con reproducciones) su reducto más íntimo e inspirador.

Se trata de obras de todos los tiempos, desde una estatuilla de mármol esculpida en Cerdeña entre el V y el IV milenio antes de Cristo, a varias pinturas e instalaciones contemporáneas, aunque los capítulos más interesantes corresponden a la gran pinacoteca figurativa europea occidental clásica: «Santa Bárbara», de Jan van Eyck; «Alegoría de la pintura», del círculo de Artemisa Gentieschi; «El desollamiento de Marsia» y «Ninfa con pastor», de Tiziano; «La fábula de Aracne», de Velázquez; «Liebre muerta», de Jean-Baptiste Chardin y «Autorretrato cerca del Gólgota», de Paul Gaugin, entre otros.

Detengámonos, a modo de ilustración, en el capítulo en el cual Agamben, a partir de los zuecos tirados en un rincón del «Retrato de Giovanni Arnolfini y su esposa», de Jan van Eyck, se dedica a estudiar la importancia que los historiadores del arte comenzaron a otorgar a ciertos detalles en determinadas pinturas. En el pasado solía considerarse a los particulares como manchas o desviaciones que deshacían y descontextualizaban el conjunto de una obra. Así sucedió con el caracol que se arrastra en un primer plano de la «Anunciación», de Francesco del Cossa, o la mosca en la «Virgen con Niño», de Crivelli. El estudioso de arte se imponía como bombero cuya función era «apagar el detalle» e impedir distracciones y dispersión.

Claro que el interés centrado en los «particulares» de una obra de arte está históricamente fijado. Esta nueva mirada fue posible gracias a la invención de la fotografía. Las reproducciones, las ampliaciones, los recortes permitieron esa otra forma de dirigir la atención. Agamben recuerda la «destrucción del aura» que Benjamin estudió en el vertiginoso acercamiento que permitió la fotografía, y de cómo esa pérdida «del aura de una lejanía» se compensaba satisfaciendo la necesidad de acercar las cosas para dominarlas y examinarlas mejor. Recuerda también la admiración de Heidegger por los zapatos de campesinos o «Zapatos viejos» pintados por Van Gogh, donde un detalle es en verdad elevado a una dignidad tal que le permite ocupar todo el cuadro.

Y recuerda a Spinoza y a la supuesta forma con que «ve» Dios: «sub quadam aeternitatis specie» (refiriéndose a que el espíritu filosófico ve las cosas no en sus fenómenos engañosos y variados, sino como la única y infinita sustancia eterna), deduciendo de esto que el gesto «que arranca la cosa de su morada divina para acercarla promiscuamente a la mirada y que se exhibe sin comunicarse es obscena». La pornografía sería entonces un paradigma del acercamiento que muestra con toda sus particularidades lo que se consideraba no debía desplegarse ante la mirada. Aunque también, concluye Agamben, puede imaginarse la posibilidad de revertir en santidad ese remedo de la visión divina al detenerse en los detalles: «Para pintar los zuecos de Giovanni Arnolfini, Van Eyck debió acercarlos, observar en sus mínimos detalles las manchas oscuras en la superficie de la madera, la pequeña hebilla de la tira de cuero, la sombra que reflejan en el suelo. Pero esto no los separó de Dios. Descansan silenciosos en el cuadro: si los sacamos de allí, lo hacemos por nuestra cuenta y riesgo. Aunque se trata de un riesgo que puede valer la pena correr».

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