Dos Lectores


Por Miguel Gavilán.

Como toda construcción, la pose del escritor profesional también se aprende y se cimenta con los años. Miguel Ángel Correa, ese era el nombre detrás del seudónimo de «Mateo Booz», compuso esa imagen y le sacó provecho en un momento donde la literatura santafesina se encontraba en una instancia casi embrionaria. «Ser» o «parecer» el primero, fue el máximo aporte que dio Mateo Booz a las letras santafesinas.

No obstante, dos escritores tuvieron una influencia directa en la consolidación de esta imagen: Florencia Sánchez y Hugo Wast. Sánchez fue muy estricto con Booz mientras coincidieron en la redacción del diario «La República», en Rosario. Sobre todo, en lo que tenía que ver con la observación del entorno y de los tipos humanos. La temprana incursión como autor de teatro de Booz con la obra «Mecha» denuncia la influencia de Florencio Sánchez que ya era un consolidado escritor del género.

Con Hugo Wast es conocida la anécdota sobre las vacaciones que pasó Correa en Córdoba, en la estancia «El durazno» propiedad de Martínez Zuviría. Allí Wast lo sentó a escribir una cantidad de horas diarias y le exigió que no se levantara hasta terminar dos novelas: «La reparación» y «El agua de tu cisterna», actualmente inhallables. De esa rutina «a lo Wast» surge el seudónimo con que firmaría todos sus textos posteriores: «Mateo», por el profeta y «Booz», por el bisabuelo del rey David. Pero además esto le sirvió para familiarizarse con el oficio de la escritura. Wast lo convence de no pagar la edición de sus libros sino de insistir con las editoriales hasta que compren su obra, aunque cobre lo mínimo. La escritura era un trabajo y como tal debía dar rédito.

En «Santa Fe, mi país», su mejor libro, Booz traza una región muy propia, con límites, extensión, cartografía y hasta habitantes perfilados por un cronista que observa, desde lejos, con fingido disimulo, ese ambiente que sugiere una discreción irónica. Mateo Booz no denuncia, más bien espía, se asombra y cuenta. Dueño de una prosa impecable, la picardía de un escritor que sabe las flaquezas de su tierra, sobreabunda un anecdotario de patronas cuyos hijos preñan chinitas y esposas que sospechan pero que, por resguardo a la murmuración, callan. Hay pescadores que regresan a un barrio que no existe, juristas corruptos y pueblos separados por una vía tan absoluta como una frontera.

Siempre termino leyendo «Los regalos de Fred Devores» en clave gay. Es el único cuento del libro que está escrito en primera persona y su protagonista es una discreta, aunque «medio cuete» vecina de barrio sur. La anécdota es pequeña. Una mujer enviuda, tiene apuros económicos, le pide dinero a un yanqui amigo de su marido, éste se lo niega, pero en su lugar le manda cajas con bombones. Después nos enteramos que dentro de esas cajas, Devores le envía periódicamente billetes. Lo curioso, que hace del cuento uno de los mejores de Booz y un relato genial de la literatura santafesina, no es lo que se dice sino lo que sugieren los silencios o las erráticas interpretaciones de la protagonista sobre el yanqui.

Las rarezas de Devores son justificadas por la narradora echando mano a comentarios pueriles que, en lugar de aplacar el asombro, lo exaltan. Llaman su atención: la relación gestualmente amorosa entre su esposo y Fred, la frialdad primera mientras el esposo vive y después una comprensión ilimitada para con la viuda, la recurrencia de encuentros donde el hombre promete protección pero que llegado el momento se la niega, ese divorcio de Fred tan lejano, con una mujer que terminó siendo una «alocada» actriz de cinematógrafo y, sobre todo, la descripción de la estancia de Devores, decorada a lo Gloria Swanson, con caballeros fumando en las sombras o correteando con las muchachas en las canchas de tenis mientras los obreros tatinados los espían. La protagonista no arriesga adjetivos para lo que ve de ese amigo tan íntimo de su esposo, pero entiende que algo oculta, algo que es mejor callar, no tanto por ella sino por el mismo Fred y por el finado.

Entiende que las apariencias sustentan la paz de ese país tan especial y nuestro que es la Santa Fe de Booz.

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