Dos Lectores


Por Miguel Ángel Gavilán.  

Si tuviéramos que revisar la enorme biblioteca que recoge textos de escritores olvidados, sin duda alguna las obras de Eduardo Mallea llenarían uno de sus anaqueles. Indiscutible representante de la narrativa argentina surgida del grupo Sur, narrador incansable, ensayista inteligente, su presencia se fue opacando hasta casi desaparecer de las librerías. En 1982, año de su fallecimiento, sale su última novela «La mancha en el mármol». Había perdido vigor. Era un escritor de los años ’40 que a duras penas logró sobrevivir a los ’60 de Manuel Puig y sucumbió a los ’70 de Saer y Conti, por nombrar dos escritores emblemáticos de esos años.

Eduardo Mallea nació el 14 de agosto de 1903 en Bahía Blanca. Su padre, descendiente de Sarmiento, era un médico con cierta sensibilidad literaria que fomentará en su hijo. En 1916 la familia se traslada a Buenos Aires y ahí Mallea comienza estudios de abogacía que abandona para emplearse en el diario La Nación como periodista. En 1946 gana el Gran Premio de Honor de SADE.

Yo descubrí tarde a Mallea y mal porque fui directamente a sus cuentos y no es lo mejor de su obra. Mallea es un escritor de novelas y en especial de un tipo de novela-ensayo, herencia directa de Camus y del existencialismo francés, donde la ficción es reflexión sobre el hombre, su soledad, su desprotección ante los propios sentimientos. La desorientación ante la vida («Chaves»), la imposibilidad de tomarla sin comprometerse («La sala de espera»), la incomunicación del intelectual («La bahía del silencio») y sobre todo, las apariencias que no solo envuelven al que aparenta, sino que arrastran a todo el entorno falso que lo rodea («Fiesta en noviembre», «La barca de hielo»), son algunos de sus recurrencias. Pero también hay en Mallea una observación aguda de la ciudad junto al río inmóvil que tanto lo obsesionaba, no como el Goliat de Marechal sino como ese Buenos Aires que se debate entre ser pueblo y ser capital cultural de la modernidad argentina.

Dicen que el texto de la madurez Malleana es «Chaves» la historia de un hombre que no tiene palabras y que cuando las descubre, no le alcanzan para decir lo que su silencio dice mejor. Sin embargo, a mí me conmueven otros textos de este autor. En «Todo verdor perecerá», Ágata, su protagonista, una suerte de Madame Bovary criolla, es la personificación del inconformismo que la arrastra a un viaje de autodestrucción meditada. En «La sala de espera» un grupo de esperpentos aguarda un tren que los lleve a un lugar mejor, donde no cometan los errores que los hundieron. No es la disculpa sino la espera lo que los mantiene alertas y esperanzados. Y finalmente «Fiesta en noviembre» donde una familia porteña esconde, resaltando prosapias, sus más oscuros secretos.

Maestro de la frase, algunas te dejan sin reacción. Recuerdo un pasaje de «La barca de hielo», una de sus últimas novelas. El texto describe a una mujer que descubre que su marido tuvo una amante. Se separan con tal despecho que ella manda amurar el lado de la casa que corresponde al esposo. Levanta un muro que corta las habitaciones, tapia ventanas, cierra jardines. Y entonces la voz narradora dice: «a su manera se construyó una paz».

Por todo esto vale la pena reencontrarlos con Mallea.

En la foto: EDUARDO MALLEA, SILVINA OCAMPO, ADOLFO BIOY CASARES Y HELENA MUÑOZ LARRETA.

Previo Torta de coco sin harina
Siguiente Los cuidados del cutis seco