Dos lectores


Por Miguel Ángel Gavilán

Juego, infancia, niños malvados, casas, viajes, autobiografías, espejos. La lista podría volverse interminable para nombrar los conceptos que sintetizan la obra de Silvina Ocampo.

El cuento y la poesía fueron los territorios formales en los que se movió esta escritora nacida en Buenos Aires en 1903, en el seno de una de las familias más poderosas de la Argentina. Hermana menor de Victoria, cuenta Mariana Enríquez (1), que acostumbraba pasar las siestas trepada a los árboles de la casa de San Isidro y desde allí, espiar la vida de los otros. Sentía atracción por los mendigos, los linyeras, las pedigüeñas, a los que les pedía con morbosa delectación que le mostraran sus llagas y heridas. Esas imágenes por momentos inocentes, por otros, despiadadas, aparecerán en toda su producción. La niña cruel que curiosea la crueldad.

Mientras su hermana Victoria se impuso como mecenas en un país que necesitaba de alguien que invirtiera en la cultura y exportara voces argentinas al mundo, función que cumplió impecablemente desde la revista Sur, Silvina eligió las sombras. Eludió casi al extremo las reuniones públicas y cultivó a lo largo de su carrera, y de su vida, un perfil mucho más bajo que el de su hermana. En 1940 se casa con el escritor Adolfo Bioy Casares y en 1945 escriben juntos una novela excelente «Los que aman, odian». La monolítica amistad entre Bioy y Borges tampoco la incluyó. Ella permanecía al margen de las conversaciones entre los dos amigos sin entender ni las risas ni las ironías de los hombres. «De qué se ríen estos idiotas», decía.

Su primer libro de cuentos «Viaje olvidado» (1937) desconcertó a Victoria, quien comentó el texto para Sur sin entenderlo del todo, criticando para mal los detalles que ahora presentan la obra de Silvina como verdaderamente de avanzada para su tiempo. En primer lugar, esos «textos con tortícolis», como los describió Victoria, fueron escritos originariamente en francés y luego traducidos al castellano. Este procedimiento, muy habitual entre escritores que tenían como primera lengua el inglés o el francés, según imponía la pertenencia de clase en la época, dejó como huella en la prosa de Silvina una musicalidad abrupta que, con el tiempo, se trasformará en su marca característica: frases ásperas, diálogos tajantes, alejados de toda imaginería poética.

Pero además lo que vuelve inquietante la obra de esta autora es la idea de que sus cuentos no están del todo terminados. Siempre hay en ellos algo que sobra o algo que falta para consolidar la narración. Un giro, una vuelta más a fin de que esos niños que ven morir a otros, o esos vecinos que se reducen a sombras cruzando una ventana opaca, alcancen la sorpresa.

Los cuentos de Silvina describen el reverso de una vida acomodada. No trovan la miseria, sino más bien las costuras, los remiendos de una clase social que tapaba con dinero y poder las carencias afectivas de sus integrantes. Sus personajes temen cruzar una calle pero no dudan en matar por una molestia mínima; prefieren no comprar casas que hayan tenido dueño, pero miran arrobados la sangre cayendo por las rendijas de una claraboya. La estructura tradicional del cuento clásico resultaba un molde chico para juntar tantos rencores.

Recomiendo «Viaje olvidado», para mí su mejor obra. Pero también «La furia» (1959) donde está el cuento «La casa de azúcar», un ejemplo maestro de su talento.

(1) Enríquez, Mariana, «La hermana menor. Un retrato de Silvina Ocampo» Anagrama. Biblioteca de la memoria. 2018.

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