DOS LECTORES


Por Miguel Ángel Gavilán

El 5 de mayo de 1976 secuestraban de su domicilio en la ciudad de Buenos Aires al escritor argentino Haroldo Conti. Tras un interrogatorio de varias horas alcanzó a despedirse de su esposa antes de ser detenido. Nunca más lo volvieron a ver. Su compromiso con la literatura y con la vida le había dictado la permanencia en la trinchera. Varias veces le aconsejaron que se fuera del país, que lo iban a matar, pero Conti se quedó porque estaba convencido de que irse no servía, que denunciar de lejos, era lo mismo que no decir nada.

Había nacido en Chacabuco, provincia de Buenos Aires, el 25 de mayo de 1925. La curiosidad, la búsqueda por saber, el peregrinaje por distintos ámbitos, lo llevaron a ser seminarista, nadador, piloto de avión, guionista y narrador exquisito, docente, militante político y jurado de concursos en Cuba. El campo en el que mejor se movió fue en el relato corto. Innovó sobre la estructura del cuento clásico en la que el final sorprendente era casi una obligación repentista y planteó otra forma de la brevedad. Historias mínimas, despojadas de cualquier artificio narrativo, tan escuetas en su tratamiento que se volvían inquietantes.

Miguel Briante dice que en los cuentos de Conti encontramos a los verdaderos gringos de laburo. Esos que siguen adelante ya no por perseguir sueños sino por la razón pura de la pertenencia patria que los justifica. Tipos humanos que no ganaron guerras ni sustentaron desarraigos inmigratorios acopiando fortuna y propiedades. Los suyos son hombres que quedaron masticando resignaciones, no en la miseria, pero tampoco en la holgura. Uno de los relatos más bellos de Conti es «La balada del álamo carolina». Muchos de sus personajes son como esos álamos que prenden sin que nadie los siembre y que perduran a pesar del mal tiempo o las sequías, por el hecho de estar, sin mandato ni codicia.

Yo leí por primera vez a Conti en el taller literario de SADE que por los ’90 coordinaba César Dávila. En un primer abordaje no me gustó, me pareció lento, casi agobiante. Ya en la Facultad intenté una lectura más crítica de Conti y reconocí su nostalgia, el retrato de esos pueblitos cuyos habitantes se aferran a ceremonias donde la repetición no infiere monotonía sino supervivencia. Actos tan mecánicos como comer o dormir. No hay resistencia sino agradecimiento. «Los novios», un texto que recuerdo con admiración, centra la lente en esos esponsales arcaicos, que de tan largos constituían, por duración, una forma del matrimonio.

Pero años después leí «Cinegética», el cuento que me hizo admirarlo para siempre. La atmósfera de miedo, de irremediable traición matizada por pequeños trazos de candor o de amistad perdida, hacen del texto un gesto morboso de revisión militante. Hemos leído muchas ficciones sobre el golpe y la represión de los ’70. La llegada de la democracia habilitó la escritura del dolor, de las preguntas y de la condena. Pero este cuento, escrito por un hombre que sabía su final y lo aceptaba sin reparos, muestra de manera brutal y a la par poética, la pobreza de quien delata, la ocasional sinrazón de las pasiones y lo vulnerable de los vínculos ante el «apriete» y la tortura.

Recuerdo ese «No tardés» del perseguido que seguramente adivinó la muerte en el cigarrillo fumado con su compañero. Una frase maestra de la cuentística nacional porque a través de ella el que delata se vuelve presa en un acertado cambio de roles. 

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