Dos Lectores


Por Miguel Ángel Gavilán

En este 2020 se cumplen sesenta años de la aparición de «Los premios» de Julio Cortázar. Pensando en que «Dos lectores» le debía una charla y un recuerdo, volví a los momentos que me conmovieron del autor de «Rayuela» o «Todos los fuegos el fuego». A Cortázar, generalmente, se lo descubre en la adolescencia. Después la vida serena las lecturas y llegan otros nombres a los que se recorre con más paciencia y menos asombro. Cortázar, al menos por mi experiencia con su obra, deslumbra. La irrupción de lo fantástico en lo cotidiano, esas historias que son un pellizco de tiempos paralelos, el sueño atravesado por ensueños y desbordes, la muerte como segunda parte de los encuentros, si entendemos a la vida como la primera, París y Buenos Aires, la infancia llena de juegos y de amenazantes maduraciones, y la enumeración sería infinita, son manifestaciones de un solo tema perpetuo: un exilio voluntario.

Versión vernácula de lo que se llamó «Boom latinoamericano», quizás sea esta pertenencia cronológica y estética del autor, lo que marca su consagración a la par que anuncia su olvido. Ser el único en movidas tan políticas recoge como contracara la posibilidad de caer en lo modélico y, por eso mismo, en lo fugaz. Perteneció a un canon literario del que ahora se reniega y fundó una narrativa que en la actualidad es inconcebible.

Sin embargo Cortázar fue un maestro del cuento. Es cierto que a veces sus experimentaciones en las formas breves lo hicieron derrapar al confrontar exceso con formalidad, pero es por su cuentística, indudablemente, por la que su nombre está más afirmado en la historia de la literatura.

Descubrí a Cortázar a través de «Bestiario» (1951) y de allí no pude abandonarlo. Recuerdo que busqué sus otros libros de cuentos y los devoraba tirado de panza en la cama, apoyado sobre los codos, disfrutándolo como quien descubre un tesoro. Lo admiré, lo copié y en mis primeros gestos narrativos, intenté, con ojos de principiante, aproximarme a su aparente sencillez, hasta que aprendí que detrás de esa prosa impecable y loca había mucho talento, del que yo carecía, pero también mucha lectura y mucho trabajo.

Retrató como nadie a la burguesía argentina antiperonista que veía cambiar el país sin renunciar a sus rutinas. Los «otros» eran germen de un pasmo que, sin embargo, no alteraba tareas ni costumbres. La adaptación a cada insulto componía una rebeldía melancólica ante el ultraje de una emergencia morocha que invadía lugares seguros y hasta ese momento, amados. Recuerdo el matrimonio de hermanos presente en «Casa tomada», que se ve despedido del lugar donde vive y que, sin dar pelea, va liberando el camino a lo que desconoce como si fuera un designio sabido pero que recién asume cuando los ruidos de la casa lo dejan afuera.

Pero es en «Después del almuerzo», cuento que pertenece a «Final de juego» (1956) donde la resignación se vuelve tópico. Los personajes de Cortázar, presos en repeticiones y ceremonias, observan con horror pero sin arriesgar contradicciones, la destrucción de un orden moral, del que no conocen ni el origen ni la razón del respeto, pero al que se aferran casi yendo en contra de la dignidad misma.

En este cuento, un chico tiene que sacar a pasear «algo» después del almuerzo. No sabemos si es un animal, un enfermo, un monstruo. Sólo sabemos que hay una obligación de paseo y una presión ética que lo asfixia. Todo el recorrido que hace el protagonista, desde que sale de su casa hasta que regresa, es un pasaje por un afuera vulgar que se contrapone a un adentro (casa, familia, cultura) que acoge. Desobligarse del paseo excluiría al protagonista de la calidez del hogar y no le serviría tampoco para asimilarse a un afuera furioso que lo avergüenza. En esa inercia entre culpa y mandato se construye el escape como solución posible.

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