San Telmo: el barrio que “esquiva” la alienación porteña con algo simple: la nostalgia


Un periodista de El Litoral se propuso reconstruir el presente de ese barrio histórico de Buenos Aires. Parque Lezama, las casas de siglos pasados, los conventillos reconvertidos, el tiempo detenido fuera del ruido de Buenos Aires y el tango como himno colectivo.
Textos. Luciano Andreychuk. Fotos. Agencia EFE.

“Gardelito”. Un hombre posa en el mercado dominical de San Telmo.

 

Algo así como una clepsidra, aquel reloj de agua usado por los antiguos egipcios para calcular las horas, que se rompió y se detuvo. San Telmo, uno de los barrios del casco fundacional de Buenos Aires, encuentra quizá en la clepsidra su mejor metáfora: es que allí el tiempo pareciera haber quedado adormecido y ajeno al discurrir frenético de la historia.

 

En San Telmo perviven los adoquines que se maridan con las inapelables líneas de fierro por donde pasaban los tranvías del ‘30. A un joven Borges le gustaba perderse por el Parque Lezama, de madrugada, ensimismado en sus pensamientos; otro joven Sábato escribirá Sobre Héroes y Tumbas, novela central de la literatura argentina, y usará como escenario a ese parque mítico.

 

Suena el tango del ‘40 y del ‘50 a toda hora en San Telmo, pero también el tango nuevo. La estética urbana es de casas aristocráticas de los siglos XVIII y XIX: claro, allí vivían “familias bien”, pero llegó la epidemia de fiebre amarilla en 1871 y éstas se mudaron al norte de la capital. Pero las casas quedaron, hoy reconvertidas en tanguerías, en espacios de arte y atelliers, en bodegones, en bares tradicionales o modernos, en negocios inmobiliarios.

 

Los conventillos de principios de siglo XX también fueron aggiornados. Unos, como lugares de ventas de chucherías o antigüedades donde se puede encontrar de todo; otros, como los nuevos “aguantaderos humanos” de la modernidad, viejas casonas tipo chorizo donde sobreviven como pueden los nuevos herederos de las sucesivas crisis del país desde fines de los ‘80.

 

San Telmo es sobre todo nostalgia y melancolía, y con eso le esquiva a la alienación urbana de Buenos Aires. Ocurre que basta con caminar unas 20 ó 25 cuadras hasta la zona de Casa Rosada, Plaza de Mayo y Cabildo, y allí están el ruido infernal de autos que taladra los tímpanos, los “arbolitos” que chillan “¡Cambio! ¡Change!”, la gente que se choca entre sí, la pandemia de la locura. La alienación porteña que describió Juan J. Sebreli hace 50 años.

El histórico cafetín Británico, frente a Parque Lezama.

 

Dos bares y el Lezama

 

La esquina de Brasil y Defensa es un epicentro donde empieza todo: los bares Hipopótamo y Británico, enfrentados, compiten por el bronce de la historia. Están las viejas publicidades de bebidas espirituosas que no volverán, y de otras que perviven como la Espiridina; las mesas y sillas de madera oscura, los parroquianos de siempre y los nuevos, o sea los extranjeros con sus cámaras última generación; los matutinos porteños sobre la barra y el olor al expresso recién brotado de la máquina.

 

En un rincón sobre la pared una foto del “Mudo” Gardel, algo así como un Santo Patrono por esos lares, y de “Pichuco” Troilo y de Mafalda, es decir de mitos porteños y acaso universales. Parque Lezama después, cruzando la esquina adoquinada.
Lezama es como un panóptico desde donde puede verse todo lo bello de otros tiempos, o imaginar algún escritor atormentado por un soneto de amor que no llega, o un letrista de tango garabateando un verso que pasará a la inmortalidad pero cuyo autor nunca se enterará de eso.

 

O bien, dependiendo del ajuste del prisma del ojo del visitante, Parque Lezama puede ser un simple laberinto de paseos: se ven un hombre de rasgos asiáticos haciendo su meditación oriental, una señora en chancletas paseando su perro, unos flacos en guitarreada a la sombra, las estatuas de dioses grecoromanos, de Rómulo y Remo y de Luperca, la loba que los amamantó, un poco más allá.

 

Alguien leyendo en un banco con sus pies descalzos sobre el césped generoso; gentes haciendo yoga y así, cada uno en su universo íntimo, pero compartido geográficamente por el Parque.
Hay una calesita antigua y los pibes se desesperan por subirse, dos canchas de bochas algo descuidadas donde se batieron épicas competencias al grito de “chanta al chico”, y a lo lejos la feria de pulgas donde se venden o se trocan ropas usadas, chucherías de todo tipo y de extraña procedencia, algo de artesanías.

 

Es que la nostalgia, que aquí se plantea como una variante de belleza romántica, no es sólo eso. La nostalgia debe convivir con la dura realidad, la necesidad de hacer la moneda. Hay que comer, hay que sobrevivir. Los feriantes se ayudan mutuamente de los manoteos, de carteristas y manolargas ventajeros del descuido.

 

Ferias de antigüedades

 

Salís del parque por Defensa, lo de siempre, en la calle y en vos: la feria de antigüedades, es decir la famosa Feria de San Pedro Telmo. Desde temprano, como todo los domingos desde tiempos inmemoriales, los anticuaristas muestran en sus puestos joyas de otros tiempos, desde aquellos teléfonos con ese fono largo hasta vinilos en celofán original de Julio Sosa, de Pugliese; porcelanas y cubiertos de plata finos, muñequitas chinas que valen lo incomprable.

 

Los fileteadores profesionales, por la demanda, ya industrializan sus productos. Venden mayormente fileteos sellados pero que son copias en pintura de originales. Es un oficio de antaño que repunta con los turistas. Transcurre la mañana y la feria se va atiborrando de gente, se vuelve una Babel: se escuchan el alemán, italiano, el acento yanqui y el del británico se diferencian a la legua. Va abriendo el tradicional Mercado de San Telmo.

 

Por la tarde, la feria pierde su fisonomía matinal: es un hormiguero. Se suman los manteros, los puesteros informales, algún grupo de tango que improvisa un acorde conocido. Hay personas que limosnean, y otras -se ven en las transversales de Defensa- que viven en situación de calle. La recesión pegó duro. En San Telmo también se ve, dolorosamente, más allá de la belleza nostalgiosa.

El humorista gráfico Quino, durante en la inauguración de la escultura oficial de Mafalda, en 2014.

 

El arte, Mafalda, tango

 

En el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires (Mamba) hay un retrospectiva de Pablo Picasso. Sí, Picasso, nada menos. Son dibujos, bocetos que llegaron desde el Musée National Picasso-París. Es un Picasso joven que va del cubismo al surrealismo y vuelve, que retrata la condición humana y su devoción por las mujeres. También hay una muestra de Antonio Berni y los contemporáneos: Alberto Greco, Renart, Iommi. Todo eso sale apenas 20 pesos.

 

También por Defensa en su intersección con Chile están en un banco Mafalda, Susanita y Manolito, los personajes de Joaquín Salvador Lavado (Quino). Cientos de personas por día paran a sacarse una foto ahí. Aunque las pequeñas estatuas no sean gran cosa evocan una lectura generacional, un modo epocal de tratar de entender el mundo desde los ojos de una niña de historieta.

 

A un par de cuadras, en Balcarce e Independencia, está una de las mecas del tango: El Viejo Almacén, creado por el cantor Edmundo Rivero, o don Leonel, “el Feo que canta lindo”, que le decían. Allí cantaron los grandes, Alberto Marino, el Polaco Goyeneche. Cortando en Defensa por Pasaje Giuffra se llega hasta la casa donde Lucio Demare y Homero Manzi compusieron el tango “Malena”.

 

Caminando dos cuadras, el Monumento “Canto al Trabajo” (de Roberto Yrurtia), que de canto no tiene nada: son mujeres, niños, hombres de bronce, todos famélicos cinchando una enorme piedra. Parece una alegoría del sometimiento.

 

Perderse a propósito

 

Lo mejor es perderse por las callecitas adoquinadas de San Telmo, por sus veredas angostas que dan a viejas casonas de paredes graffiteadas y llenas de esténciles. Terminar en el Bar de los Poetas, o en Seddon, en El Federal o en algún otro viejo bodegón.
Pero perderse intencionalmente, pues de una cuadra a la otra uno parece gambetearle a la línea arbitraria tiempo, y así escapar por un momento de la realidad alienante de Buenos Aires y de las tribulaciones de la existencia propia.

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