El efecto espectador


Podemos observar casi a diario en muchas empresas que las personas observan que algo está mal (o muy mal) pero nadie hace nada al respecto. Cómo se explica este mecanismo y sus variables, en esta nota.

TEXTOS. Ps. Gustavo Giorgi. ILUSTRACIÓN. Soledad Grossi.

Estados Unidos. Fines de la década del 60.

Inicio de la era pop, la psicodelia, el descubrimiento de la pastilla anticonceptiva y un rol femenino que avanza e interpela.

Kitty Genovese, hija de inmigrantes italianos y expresión de época, regresaba del local de comidas rápidas en el que trabajaba todos los días sin saber que estaba siendo perseguida.

Desciende de su vehículo, escucha una puerta cerrarse y pasos veloces que se acercan…

De golpe, siente el frío de la cuchilla entrando por su espalda, dos veces…

Como puede, va arrastrándose hasta el estacionamiento de su edificio en donde su asesino volverá a completar su faena. De nuevo el filo desgarrando su carne y huesos y luego el silencio… que se tornará perpetuo, minutos después de ser subida a la ambulancia que la trasladaba a un centro médico.

La historia que acabás de leer es real y, en rigor de verdad, podría haberse inscripto en la numerosa lista de homicidios ocurridos en aquellos días. Pero no, algo particular la hizo sobresalir y despegarse de las demás… un hecho inquietante.

Cuenta el prestigioso diario Washington Post que numerosas personas escucharon lo que estaba pasando, transformándose en testigos del hecho, pero que ninguna hizo absolutamente nada a excepción de la última, que decidió finalmente llamar a la policía.

En su relevamiento, detectó que fueron 38 los sujetos en esa situación, lo que llevó a escribir en sus columnas la preocupante situación social del país, con la consecuente pérdida de solidaridad y crecimiento de la violencia.

Esta circunstancia animó a un grupo de psicólogos a investigar, por medio de un experimento, cómo reaccionamos las personas en un contexto de emergencia. Y sobre todo, si eso varía estando solo o acompañado.

En el laboratorio se ubicaba a dos personas, una era el sujeto experimental y el otro un actor. Este último simulaba lo que parecía ser un ataque cardíaco y los científicos medían el tiempo en que el otro tardaba en pedir auxilio.

Luego, se repetía la prueba pero con tres o más personas y el efecto variaba considerablemente: el tiempo de respuesta era mucho mayor que en el primer caso. A partir de lo observado se acuñó el concepto de «Efecto Espectador» para definir el fenómeno psicológico que establece la menor probabilidad de que las personas ofrezcan ayuda a una víctima cuando hay otras personas presentes.

¿Y qué tienen que ver las organizaciones con esto?

Debo a Gustavo Razzetti, CEO de «Fearless Culture», la articulación entre este efecto y lo que podemos observar casi a diario en muchas empresas: las personas observan que algo está mal (o muy mal) pero nadie hace nada al respecto. Es como si todo el mundo viese que el tacho de basura se va cargando de papeles hasta que rebalsa, de a poquito, sin pausa, hasta que revienta.

En sus antípodas, hallamos que en las compañías en las que esto no sucede, los colaboradores se sienten un poco dueños. Esta idea, expresada en el término anglosajón ownership no se limita a una propiedad física, sino que pienso tiene que ver con un sentirse dueño del propio trabajo. Es haberle encontrado un sentido al mismo, un propósito, un para qué y luego haber desarrollado la autonomía suficiente para llevarlo adelante.

Resulta interesante en este punto rescatar del baúl de los recuerdos el concepto de «sentido de pertenencia», que ya a estas alturas junta telarañas.

Y es atractivo en tanto nos posibilita ver la evolución de la percepción del trabajo en los últimos años. En los 2000 se valoraba que un trabajador tenga Sentido de Pertenencia, aludiendo a ser parte de una empresa. Hoy es más preciso decir lo contrario: son los colaboradores los que se adueñan de la misma. En el primer caso pensamos en sujetos pasivos, a los que se impone guiarlos como corderos y darles un caramelito cada vez que logran un objetivo. En el segundo caso, estamos en presencia de un colaborador creativo, dinámico, autónomo, automotivado por su propio deseo y que decide formar equipo con los demás. Déjenme decirles que este es el modelo de las empresas del futuro y el que estoy seguro que reconoce la verdadera e inigualable condición humana.

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