Del «picoteo» diario a la pérdida de la mesa familiar y de aquella comida de las abuelas


Una nutricionista reflexiona sobre cómo comemos hoy. Advierte por una «hiperalimentación», el protagonismo de las harinas, el ritual caído de la mesa en familia y del legado culinario de anteriores generaciones. «La improvisación alimentaria hace que nos enfermemos y que gastemos más plata», dice.

TEXTOS. Luciano Andreychuk.

¿Cómo nos alimentamos hoy los argentinos? ¿Qué costumbres y rituales sociales y culinarios cambiaron en las últimas cuatro décadas? La era del delivery, ¿cooptó nuestras prácticas alimentarias, nos alejó de cocinar nuestros propios alimentos? ¿Qué gravitación tiene en la modernidad el marketing publicitario de los alimentos light, ésos que aseveran desde las góndolas que tienen «tanto por ciento menos de grasas»?

La nutricionista Virginia Yódice (Mat. N° 619) tiene algunas respuestas y aportes para estos interrogantes. Primero, considera que existe un «paquete simbólico» que incide y atraviesa a todas las capas de la sociedad: «Muchas personas compran productos light pensando que son mejores, pero en realidad no necesariamente es así. Cuando apareció el marketing, llenamos las alacenas de productos llenos de colores, pero pobres de nutrientes», da su definición, en diálogo con El Litoral.

Además aparece el problema de la «híper alimentación»: «En las clases de poder adquisitivo más alto, detectamos un estrés elevado, sedentarismo y un ‘picoteo’ continuo, fundamentalmente de galletitas y harinas en general. La gente dice: ‘No puedo parar de comer; picoteo todo el día’. Esto no es otra cosa que una manifestación de ansiedad», explica.

Ello tiene estrecha relación con la «sobre insulinización»: «Estamos comiendo de forma continua, lo cual genera que permanentemente el organismo secrete insulina y, paradójicamente, genera más hambre. De hecho, cuando la gente empieza a comer un poco menos, dice: ‘Tengo menos hambre’. Más harinas se comen, más hambre se tiene. Y esto no es un ataque hacia las harinas -aclara Yódice-, sino contra el protagonismo absoluto que cobraron. Lo mismo pasa con las gaseosas».

LA PLANIFICACIÓN

El ritmo de vida moderno lleva, independientemente de la clase social, a una «improvisación constante» de cómo se administran los recursos asignados a la comida que comemos. «Hay gente que quizás pide comida delivery cuatro veces por semana. Y esto no es recomendable. Si hubiera una planificación de cómo comemos, nos alimentaríamos mejor», añade. La era del delivery se consolidó, quizás, con la pandemia.

Para la nutricionista, elaborar nuestra propia comida no lleva más tiempo, «sino más planificación sobre qué comemos». Y como contrapartida, aparece la improvisación: «La improvisación alimentaria en la que está inmersa la sociedad actual en su generalidad hace que nos enfermemos y gastemos más plata. Hoy, mucha gente come improvisando», sentencia.

RITUALES QUE SE PIERDEN

Pero además, respecto de cómo nos alimentamos en pleno siglo XXI, se está perdiendo el ritual de la mesa familiar. «Y con ello se pierde el saber culinario. Cuando hay a veces disponibilidad de dinero, no se compra en consecuencia porque no se sabe cocinar. Esto atraviesa a todas las clases sociales, y demuestra esa pérdida del saber culinario», advierte la especialista.

Y ante esto, ¿qué hacer? Bueno pues: volver a recuperar esas formas de cocinar que fueron valiosas durante generaciones, como aquella comida rica, sana y sustanciosa que preparaban nuestras abuelas. «Hay que volver a las fuentes, al origen, esto es muy importante. Mi slogan es: ‘Menos paquetes y más cáscaras de frutas y verduras’. Y también, reducir el consumo de azúcar», enfatiza Yódice.

CAMBIOS DE PATRONES

Si se evalúan los últimos 30 años -fase histórica donde «explotó» la aparición de las enfermedades crónicas-, el patrón social de cocinar comida casera se perdió. «Antes un chico desayunaba, iba a la escuela, llegaba a su casa, tomaba la leche a la tarde, y a la noche cenaba temprano con su familia», dice la nutricionista.

¿Y cuál es el patrón moderno ahora? «Veamos: los chicos se levantan, se van a la escuela sin desayunar y terminan comiendo algún alfajor en la escuela (o la copa de leche). Almuerzan muchas veces solos, y muchas veces tarta (de jamón y queso). A la tarde, ‘picotean’ galletitas. Y a la noche, estos chicos perdieron la noción de los horarios, y se quedan hasta las 3 ó 4 de la mañana con el celular y Tik Tok», compara.

Hay otra interesante observación que hace la especialista: «Este nuevo patrón alimentario actual es lo que veo en la generalidad (hay familias y familias), e incluso atraviesa todas las clases sociales. En el consultorio tengo pacientes de 16 años con diabetes tipo 2. Y el Estado provee mercadería, pero no cultura alimentaria. No nos enseña a cocinar».

Independientemente del estrato socioeconómico, «la gente come galletitas de harina, pan, arroz, tarta, fiambres en sándwiches. Nadie enfermará porque un día se coma un sándwich: el problema es la frecuencia, la continua exposición a harinas blancas y azúcares», advierte Virginia Yódice.

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