En 1965, los santafesinos alzaron a viva voz: «Esto es folklore»


Un evento de singulares características, en donde la música popular, de la mano de referentes del cancionero argentino, supo conquistar los corazones de los santafesinos en la década del sesenta.

TEXTOS. Mariano Rinaldi. FOTOS. Archivo El Litoral.

Los Chalchaleros, Jorge Cafrune y Ariel Ramírez fueron los más representativos. Hoy en día, todos ellos son referentes indiscutidos de nuestra música. Sin embargo, por aquellos años, se encontraban en su etapa de formación, despuntando lo mejor de su arte musical y dando origen a esa larga trayectoria artística que hoy todos reconocemos.

En 1960 se organizó en el Primer Congreso Internacional de Folklore, al año siguiente se realizó el primer Festival de Folklore de Cosquín y en 1963 fue reconocido por ley nacional mediante la institución de la Semana Nacional del Folklore.

Para comienzos de 1965, Jorge Antonio Cafrune Herrera, cantautor de las cosas nuestras, dio un breve paso por nuestra ciudad, al haber actuado en el Festival Folclórico del Litoral, organizado por la Obra Social del Sindicato de Prensa de Santa Fe. Compañero de fiestas familiares con su «Luna Cautiva», protagonista de los actos escolares con su «Zamba de mi esperanza», de nuestra historia nacional con «La Cautiva» y la protesta social con su «Orejano». El 4 de enero de 1965, pasaba por la redacción de El Litoral y decía: «Hablando y mirando a la gente se aprende mucho». Cafrune, jujeño de nacimiento, de la localidad de Perico, fue además de músico, un difusor de la cultura nacional. En sus inicios, con Las voces de Huaira, fue apadrinado por el compositor santafesino Ariel Ramírez, quien lo llevó de gira por la costa atlántica.

Para mediados de 1965, con la dirección de Ramírez, que durante ese año presentaba su célebre «Misa Criolla», se llevó adelante un espectáculo de danza y música nativa, con gran éxito y resonancia popular en nuestra ciudad, este evento se denominó: «Esto es folklore». Fueron seis sucesivas funciones en el término de dos días, en medio de los festejos por el día de la bandera y en nuestro coliseo cultural el Teatro Municipal sobre calle San Martín.

Se alternaba con gran dinamismo diversos segmentos que responden a las regiones que representaban con su danza y música característica. Los títulos de los distintos momentos que integraban el espectáculo se llamaban: «Gauchos en la pampa», «Sobre el río Paraná», «La zamba y el gato», «Indios en las ruinas de América», «Una Voz y una guitarra», «Danzas del norte», «Salta canta», «Malambo y folklore en Buenos Aires». Detrás de cada segmento se buscaba consolidar la identidad argentina reforzando la heterogeneidad cultural como valor prístino de nuestras raíces. Si bien la tradición es resultado de una construcción social de una sociedad determinada, el énfasis puesto en la diversidad cultural busca dar cuenta de nuestro origen y la riqueza de nuestro pasado mediante las distintas voces que la recorren con sus cantos heredados.

Allí estos populares artistas junto a otros como el acordeonista Raúl Barboza, el cantante Juan Peregrino, el guitarrista José Medina y el charanguista Cipriano Tarquino, representaron las músicas de las diversas regiones de nuestro país. El cuerpo de baile estaba integrado por excepcionales bailarines como Gladis Asas, Elsa Batista, Alicia Capdevielle, Inés Cuello, Hugo Burgos, Carlos Caraballo, Jacinto Cesario y Juan Carlos Torres.

Si bien desde principios del siglo XX hubo en ciertos sectores de la intelectualidad argentina un marcado interés por las manifestaciones folklóricas de las regiones del interior del país, la década de los sesenta constituyó el período cumbre de la difusión y adopción del folklore. Según la investigadora Irene López, las nociones de «tradición», «autenticidad» y «esencia nacional» jugaron un papel central en la conformación del campo del folklore moderno en Argentina y en sus prácticas. En ese escenario, una de las formas privilegiadas de construcción de identificaciones y representaciones identitarias se configuró desde la apelación a un espacio rural y a un pasado compartido como instancias a rescatar, resguardar y mantener, operaciones en las que se evidencia el funcionamiento, en forma altamente consensuada, de una idea de tradición con tinte esencialista enunciada desde la convicción de una continuidad con el pasado como modo de legitimación y garantía de «autenticidad». Aunque también debemos destacar que en muchos casos, existió un lazo definido entre la creciente politización de la canción en consonancia con el discurso latinoamericanista a nivel continental y el surgimiento del movimiento del nuevo cancionero nacional.

Previo Nueva arquitectura: la cocina como punto de partida
Siguiente Pollo relleno al horno