«¿En qué punto estamos?» La epidemia como política


En su nuevo libro el filósofo italiano Giorgio Agamben cuestiona la transformación de la salud en una obligación jurídica, y la imposición a la ciudadanía del sacrificio de las condiciones de vida y trabajo, las relaciones sociales, las amistades, las prácticas civiles y religiosas.

Por Enrique Butti.

En «¿En qué punto estamos?», el filósofo Giorgio Agamben (Roma, 1942) reúne los textos que fue escribiendo durante la emergencia sanitaria actual, estudiando específicamente la transformación de los paradigmas políticos que las medidas de excepción iban creando.

Agamben, desde luego, estudia el caso italiano, pero el caso es perfectamente trasladable a nuestro país. Es más, aunque las conclusiones sean idénticas, la extensión temporal, la rigidez, la hecatombe económica y el aprovechamiento político de las medidas en nuestro país superan ampliamente los ejemplos que el filósofo italiano trae a colación durante sus reflexiones.

La base de la que parte Agamben es demostrar que las medidas excepcionales significan la mera suspensión de las garantías constitucionales. Y que esas medidas excepcionales suelen dejar de ser excepcionales, de manera que la ciudadanía parece haberse familiarizado con ellas, convirtiéndolas en condición normal de existencia. Nos acostumbramos a vivir en un estado de crisis permanente, hasta reducir nuestra vida a una condición puramente biológica, perdiendo no sólo la dimensión política sino toda dimensión humana. «Una sociedad que vive en un estado de emergencia permanente no puede ser una sociedad libre. Vivimos hoy en una sociedad que ha sacrificado su libertad en nombre las así llamadas ‘razones de seguridad’ y, de este modo, se ha condenado a vivir en un estado de miedo e inseguridad permanente».

La salud se ha convertido en una obligación jurídica, y se impone a la ciudadanía el sacrificio de las condiciones de vida y trabajo, las relaciones sociales, las amistades, las prácticas civiles y religiosas. Acusa la aparición de dos vocablos infames, usados para desacreditar a quienes intentan alzar su voz para opinar distinto, como si advertir sobre la gravedad del avance despótico o reflexionar sobre la insensatez de algunas medidas implicara negar la existencia del coronavirus. Esos vocablos serían: «negacionistas» y «conspiracionismo» («complottismo en italiano»). Sobre el primero dice Agamben que lo subleva que «al poner irresponsablemente en un mismo plano el exterminio de los judíos y la epidemia, quien emplea este término muestra que participa de forma consciente o inconsciente de ese antisemitismo, aún tan extendido tanto en la derecha como en la izquierda de nuestra cultura». A propósito del segundo recuerda algunos momentos históricos (como el golpe de Napoleón en el 18 Brumario y la marcha fascista sobre Roma de 1922) para señalar antecedentes de aprovechamientos de situaciones excepcionales. Se acusa de conspiracionistas precisamente a los historiadores que intentan reconstruir las tramas y desarrollo de un proceso, más allá del papel que juega el azar, como en cualquier experiencia humana.

Finalmente, el filósofo italiano analiza el fenómeno del miedo en el marco de esta pandemia y en la imposición de las medidas tomadas por algunos gobiernos, ya que otros, como el sueco, han decidido que la mayoría de las limitaciones sean voluntarias y guiadas por el sentido común («y muchos han reaccionado con fuerza, llamando irresponsable a los líderes suecos, como si el único modo de mantener a las personas controladas fuese a través de decretos y movilizando a la policía»). Analiza los conceptos de miedo y de angustia en Heidegger (de quien fue alumno) y concluye: «Quien siente miedo busca protegerse de cualquier modo y con toda su perspicacia de la cosa que lo amenaza –por ejemplo, llevando una mascarilla o encerrándose en su casa–, pero esto no lo tranquiliza en absoluto, antes bien hace todavía más evidente y constante su impotencia para enfrentar la ‘cosa’. En este sentido, el miedo puede definirse como lo inverso a la voluntad de poder: el carácter esencial del miedo es una voluntad de impotencia, el querer-ser-impotente ante la cosa que da miedo».

Vivir en esta situación implica quedarse en casa, en lo posible, pero no dejarse dominar por el pánico impuesto. Y recordar que el otro ser humano no es sólo un contagiado y un potencial agente de contagio, sino antes bien nuestro prójimo, a quien debemos amor y ayuda. Permanecer en casa, dice Agamben, pero permanecer lúcidos y «preguntarnos si la emergencia militarizada que ha sido proclamada en el país no es, entre otras cosas, también un modo de descargar en los ciudadanos la gravísima responsabilidad que los gobiernos incumplieron al desmantelar el sistema sanitario». Publicó Adriana Hidalgo.

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