Entre la nueva normalidad y los viejos nuevos comienzos


Por Lucila Cordoneda

Hace un tiempo estamos escuchando hablar de nueva normalidad.

De cómo será, qué debemos hacer para adaptarnos a ella, qué características tendrá y demás…

Nueva normalidad, nuevas normas.

Nuevos modos de saludar, de transitar, de festejar y hasta de amar.

Nos han dicho que debemos hacer todo, o casi todo.

Y esto no parece terminar acá, no señor, recién está comenzando.

Porque está claro que cuando todo esto pase, nada volverá a ser igual.

Pero eso distinto pasar a ser lo común, lo cotidiano, lo ordinario.

Y me pregunto…

¿Cuántas veces nos hemos visto en esta situación en nuestras vidas?

En una cómo está, tal cual, nunca.

Pero cuántas veces hemos tenido que volver a empezar.

Hemos sentido la angustia que se siente cuando todo lo que parecía seguro se desvanecía en una abrir y cerrar de ojos.

Cuántas veces hemos visto desaparecer el amor y en su lugar enseñorearse a la desilusión.

Cuántas veces lo querido, lo deseado, aquello por lo que tanto luchamos, una vez logrado perdió valor o simplemente se mostró tal cual era.

Cuántas veces sentimos que ningún lugar era el nuestro, que no encajábamos, que queríamos salir disparadas a cualquier parte que nos alivianara un poco tanta carga.

Cuántas veces nos sentimos absolutamente perdidas y abrumadas ante una situación que nos dejaba desnudas y sin fuerzas .

¿Y qué pasó? ¿Qué pasó queridas Mal Aprendidas mías?

Pasó que volvimos a empezar.

Pasó que nos levantamos.

Que después de lamernos las heridas, empezamos a sanar.

Y fundamentalmente pasó, que no nos dimos por vencidas. Que aún lastimadas, heridas de muerte, ensombrecidas y asqueadas de tanto dolor, logramos cambiar las reglas y jugar el juego a nuestro favor.

Pasó que las normas de esa nueva normalidad no lograron encasillarnos ni aplastarnos.

Pasó que esa normalidad no pudo impedir que volvamos a sentir, de a ratitos al menos, que tenemos el control.

Que venga esa nueva normalidad entonces, que venga. Mientras seguimos encontrando nuevas fórmulas para volver a clases, mientras pavos reales y delfines se adueñan de paisajes otrora transitados y atiborrados de suciedad y alienación y patos silvestres se bañan en las fuentes de Roma, nosotros también nos vamos a ir sintiendo a gusto.

Tanto que mientras todo esto sucede, mientras el mundo vaya levantando de a poco las barreras, nosotras, cada una, en su casa, en su vida, con los suyos, irá reinventando viejas normas, acordando otras y procurando no volver a otras tantas.

Porque aunque esto de una nueva normalidad, sea en si misma una contradicción, dado que aquí señoras no hubo tiempo, ni construcción social alguna que impusiera normalidades. O mejor dicho, la historia compartida desde que todo esto comenzó fue escandalosamente voraz y veloz, aquí parece haber un nuevo orden.

Todo indicaría que si todo sigue así habitaremos un mundo con más miedos y controles. Un mundo con menos abrazos y más miradas desconfiadas.

Todo indicaría que esta vez, más que nunca y cómo nunca antes, lo que conocíamos, nos daba cierta tranquilidad y seguridad ya no será y que tendremos que acomodarnos y acompañarnos para que el nuevo escenario sea lo más parecido a lo planeado antes de que todo esto se desencadenara.

De modo que, mientras nos vayamos habituando al nuevo escenario, enojémonos, resistámonos y poco a poco abrámonos paso entre lo negativo y obturante para poder aceptar y acoplarnos a esta situación que nos viene dada.

Y demos por seguro que todo esto pasará, porque todo pasa cara mía y volveremos a abrazarnos, a llenar los bares, a besarnos sin barbijos.

Y ojalá, cuando aquella vieja normalidad vuelva, no encuentre un poco menos soberbios, más empáticos y, sobre todo, nos recuerde que podemos perderla y volver a empezar más veces de las que somos capaces de imaginar.

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