Escribir mirando, oyendo y sintiendo a los demás: “Cuentos completos” de Hebe Uhart


Por Enrique Butti


“Había una vez una mujer que se llamaba Angelina, pero la gente del pueblo le decía ‘vieja’ y los chicos ‘vieja loca’, porque una vez en la feria le pegó con un palo al feriero”, comienza uno de los primeros cuentos de Hebe Uhart. En esa frase ya se presentan muchas de sus características: el eco de los relatos populares, la transcripción del habla de los personajes, el rápido y efectivo despliegue de una escenografía, capaz de plantarnos en un suburbio o en un pueblo perdido, y enseguida en un círculo de sofisticados intelectuales porteños o en un congreso de escritores en Alemania. Y sobre todo ahí está la voz de la narradora, la voz de alguien que mira y oye siempre estupefacta, con el asombro de una filósofa alienígena que promoviera una loca psuedoantropología.


Aquellos primeros cuentos de Hebe Uhart se empezaron a publicar en 1962, y uno de los primeros en darse cuenta de su genio fue Haroldo Conti, quien en 1972 escribió en la introducción de “La gente de la casa rosa”: “Frente a una literatura preocupada y transformada por las experiencias de lenguaje, Hebe Uhart recorre exactamente el camino opuesto. Su escritura es tan simple que por momentos parece infantil. Pero de simpleza en simpleza uno penetra en honduras y laberintos donde sólo puede avanzar si se participa de la magia de ese nuevo mundo. Y uno participa porque esa también es otra capacidad del creador”. En Santa Fe, hacia la misma época, quien supo descubrirla fue Ricardo Ahumada.


Tras una carrera aislada y casi secreta, de autora de culto (un culto del que participó activamente nuestra ciudad, recibiéndola muchas veces, como ella recuerda en varias de sus crónicas), en los últimos años de su vida (falleció en octubre del año pasado) comenzó a ser reconocida con justicia por la crítica y las editoriales, que recopilaron su obra y dieron a conocer sus crónicas de viaje, otorgándole un lugar destacado en el panorama de la literatura argentina contemporánea. En ese sentido, sus “Cuentos completos” que acaba de editar Adriana Hidalgo son una oportunidad única para comprobar la excelencia que recorre toda su obra.

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A la manera de su admirado Felisberto Hernández, ella también intentó alguna vez una “breve explicación” de sus cuentos: “A la hora de pensar un cuento, nunca sé bien qué es lo que le da origen. A veces, la ideas surgen de un personaje de la realidad, de gente que está a mi alrededor. Puede también surgir de un vivencia interna. Otras veces, de cosas que me cuentan. De eso tomo solo lo que interesa, que muchas veces puede ser apenas una frase. [à] Pero lo que más me cuesta es el final. Un final es decisivo en un cuento, porque puede llegar a levantarlo y elevarlo o bajarlo terriblemente y dejarlo indefinido. El final es la despedida del cuento. Es el momento en que deja de pertenecerme, en el que se despega de mí para convertirse en algo más objetivo. Cuando el texto comienza a circular, dejó de interesarme. Pasó a ser un bien de los otros y ya no es tanto mío. Pocas veces vuelvo a leer uno de mis cuentos, pero si llego a releer alguno es porque me encontré con alguien que me dijo: ‘Me gusta mucho tal cosa’, y por curiosidad busco aquello que lo atrapó. Y ahí también me percato de que los efectos de lo que uno escribe son muy fortuitos y no hay forma de medirlos. Directamente no se sabe”.
Decía también: “Yo no soy una experimentadora, soy una persona que mira; no experimento en el sentido de introducir yo misma novedades. Los cambios importantes son inconscientes. Por eso corrijo poco. Lo que no sirve, lo tiro. Algo así como cortar un vestido. Si se tiene la idea y se lo corta bien, sale bien”.


Su voz singular no impide de todos modos afiliarla a una (yo diría, la mejor) tradición literaria nacional, la que ya viene de la gauchesca, de Fray Mocho o Mateo Booz, de algunos textos de Borges y Cortázar y que consolidaron escritores tan dispares como Marco Denevi, Silvina Ocampo, Copi, Adolfo Bioy Casares y Manuel Puig, con una elaboración muy creativa del habla argentino y del humor, y con una apasionante inventiva en las narraciones, capaces de seducir a los lectores genuinos y ofrecerles distintos registros de fruición.

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