Esos lugares y su empeño por desaparecer


Por Lucila Cordoneda

Algunos lugares no deberían desaparecer jamás. No tanto por su belleza, claramente, sino por lo que vienen a representar y lo que pretenden representarnos. En general, son lugares poco ambiciosos, desprovistos de ínfulas turísticas o de atractivos luminosos.

Son, sin embargo, pedacitos de cielo.


Esos patios de infancia, las veredas anchas, los cordones hasta la madrugada, el almacén y su almacenera, la libreta de los mandados. Las galletiterías… ¿se acuerdan cuando comprábamos un cuarto de galletitas? Amaba esas latas enormes con la ventana de vidrio.


La mesa repleta de primos, la galería de la iglesia el domingo y los amores cándidos, que duraban casi lo mismo que la campanadas.


El glorioso grito del heladero en las siestas bochornosas, el verdulero, el panadero… ambos con sus cargas frescas y deliciosas… manjares a domicilio. De haber sabido que desaparecerían de las calles, posiblemente mis rezongos por atenderlos hubieran desaparecido como ellos.


Los terraplenes, las cunetas y los tanques de agua transformados en piletas. Evidentemente en ese tiempo la contaminación del agua y sus efectos no eran tema que me ocupara.


El terraplén plagado de alguaciles y mariposas, las burbujas de brea en el asfalto y nuestras peripecias para explotarlas sin quemarnos… los pies descalzos, siempre.

La colección de “El Tesoro de la Juventud” y esa enciclopedia con ilustraciones de animales, que mi abuelo guardaba cual tesoro, también.

Algunos lugares no deberían desaparecen nunca. Esos que, hicieron la veces de testigos, esos que habitamos con existencia abúlica en la adolescencia, los que a veces despreciamos o ni siquiera registramos.


Esos, asaltan la memoria de tanto en tanto, resignificados de olores, sabores y amores a los que, pretendemos aferrarnos ya sin suerte.


¿Vieron cómo los gatos se restriegan en nuestras piernas? Bueno así me imagino yo restregándome en esa bolsa de recuerdos para empaparme, para impregnarme. Como si de ese modo lograra que sobrevivan un poco más…

Algunos objetos, a veces se transforman en lugares, tienen alma, dejan que hagamos de ellos un poblado desprolijo de añoranzas.


Puede ser que los recuerdos engañen, no se por que, o si, la mente se ocupa de acicalar algunos pedacitos de pasado. Lo cierto queridas Mal Aprendidas mías, lo cierto es que algunos lugares nunca, pero nunca deberían haberse tomado la ingrata tarea de desaparecer.

Algunas personas tampoco deberían hacerlo.

Esas que se transforman en moradas. Esas que vienen al mundo a hacerlo más vivible y a habitarnos. Esas personas deberían ser eternas, deberían quedarse así, quietitas en algún lugar sin tiempo y estar a mano para cuando lo insoportable nos silencie, el dolor nos de náuseas o para cuando, simplemente, el amor no sea suficiente.

A riesgo de una melancolía irrecuperable me arriesgo a afirmar que debería existir un lugar, una especie de museo interactivo al que uno pudiera volver de vez en cuando. Algo así como el “Cementerio de los libros olvidados” ese lugar al que iban a parar los libros que ya nadie recordaba o leía,aquellos que sobrevivían a las viejas librerías que cerraban sus puertas o los de las bibliotecas cuyos dueños ya no pertenecían a este plano e inexplicablemente nadie deseaba heredar.


Un lugar abarrotado de callecitas laberínticas colmadas de recuerdos, personas y palabras, atiborradas de lugares comunes y sencillos, de mundos hechizados e historias que huelen a limonero y magia.
Un lugar al que podamos volver cada vez que lo necesitemos pero que, como en la novela de Ruiz Zafón, a nadie podamos contar de él y sea solo nuestro santuario, repleto de historias que posean la contradictoria cualidad de hacernos creer que solo nos pertenecen a nosotros pero en realidad son de todos quienes deseen habitarlas.

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