Están las mañanas y las mañanas de otoño


Por Lucila Cordoneda

Hay mañanas en las que mi soledad huele a glicinas y sabe a sandías, acuna siestas y algunos sueños… balance entre los que animé y nostalgia por los que ni siquiera ensayé.

Y si lo intento… puede también que en esa mañana sepa encontrar una mirada tierna, rasguñe un cielo chiquito donde aliviar las penas.

Esas mañanas, pienso, me amigan con la vida, con lo sencillo, lo necesario.

Hay otras mañanas, las de otoño.

Amo el otoño, esto no es novedad cuando vivís en una ciudad en la que en verano la sensación térmica supera los cincuenta grados, el invierno es ferozmente húmedo y la primavera con sus romantiqueadas pegajosas, te invade de mosquitos y alergias variadas.

Lo amo a pesar de su aparente muerte lenta, de su «mientras tanto el Sol se muere», de su despojo cansino, de no ser «ni lo uno ni lo otro», un indefinido, un híbrido.

Lo amo porque si, porque quizás creo que en el fondo se me presenta como una fotografía de la propia vida. Esa vida que transcurre entre los nudos narrativos, esos momentos entre paréntesis un poco «chuios», como decía mi abuela. Esos ratos que, previos al gran momento, saben a indefinido, poco salerosos, mientras esperamos el sustancioso plato principal.

Pero… ¿saben qué?

Esos momentos de apariencia provisoria, terminan siendo más persistentes que algunos que se anuncian con bombos y platillos, se prolongan más tiempo del deseado y resulta que son los más abundantes y casi permanentes.

Terminan siendo la constante, la vida real.

Entonces, creo que amo la transitoriedad de este tiempo porque, a pesar de no tener un jefe de campaña demasiado laborioso ni copado, su «mientras tanto», su «mientras espero que venga lo mejor» me representa el transcurrir de mis días y mi vida

Y… ¿ saben qué?

Creo, solo creo, que ahí está la clave, otoñales malaprendidas.

En ese pasaje lento que no conlleva ni la furia del verano, ni la desnudez del invierno… dijo alguien por ahí.

En intentar de ese intervalo marrón dorado un «a ver q pasa», copado, calentito, acogedor, sin cambios bruscos de temperatura ni temperamentos, un solcito tibio, un vientito leve y una bicicleteada a la siesta.

Y así como hay mañanas y hay mañanas de otoño, hay mañanas de otoño en las vísperas de Pascuas.

Y esas si, amiguísimas son de las preferidas mías del mundo mundial.

A nadie escapa mi devoción por los recuerdos infantiles.

Y esto no es capricho, no. Es subsistencia. Es soplo de vida.

Y entre esos devenires de mocosa, y no tanto, aparecen las más maravillosas escenas de estos tiempos santos.

Estas serán, sin duda alguna unas Pascuas distintas.

Serán a más no poder un verdadero «paso», un salto, un nuevo inicio.

Estas Pascuas, más que nunca, nos devolverán distintos.

Con reflexiones ganadas, con amores reelegidos, otros recuperados y otros decididamente olvidados.

Estas Pascuas nos abrazarán mansos, sin la vorágine de preparar un encuentro familiar y la carrera tras las miniaturas de chocolate para los más bajitos.

Nos atraparán desprovistos de abrazos, sin besos de cacao y sin los rituales esperados.

Estas Pascuas, sin embargo, no serán para el olvido.

El otoño con su estar sin estridencias, con su pasaje acogedor y sin violencias será el sendero, el colchoncito blando y el dulzor sin empalago.

Porque en definitiva los grandes acontecimientos de nuestra vida se dan de tanto en tanto, entre veranos y veranos y es el otoño el que nos sostiene en la jornada, en la diaria trinchera.

Es su escenario nada rimbombante el que se planta y nos planta en la existencia. El que nos chamuya sin enredos de la vida.

Porque la vida, quién te dice, no se trate de eso.

Solo de eso, de vivirla en cada día, en cada instante, en cada sol, como una celebración. Porque… ¿sabes qué?

Ese día, ese instante y ese sol, no volverán a suceder.

Lo prometo.

Entonces…

Vamos por el otoño caramba, por el «cada día» y dejemos que lo fenomenal nos sorprenda y nos encuentre, en un ordinario vivido extraordinario.

Felices y otoñales mañanas.

Previo La oficina en casa
Siguiente Feminismo Fashion