Gregorio Russin, el criminal que tras su arresto pidió ser entrevistado por El Litoral


Como en un film del lejano oeste, El Litoral viajó en un vagón del Ferrocarril Central Norte junto con el prófugo Gregorio Russin. En esas horas de viaje, el asesino narraba su sangriento episodio frente a un cronista que tomaba apuntes para publicarlo en la sección de policiales del año 1927.

TEXTOS. Mariano Rinaldi. FOTOS. Archivo El Litoral.

La historiadora Lila Caimari explica en sus investigaciones que durante las décadas de 1920 y 1930 el delito sufre una inflexión que lo modifica profundamente. Se acentúan los homicidios pasionales y los secuestros, ingresan en circulación las historias de delincuentes célebres y se repiten conflictos contra los inmigrantes, pero también los delitos callejeros y los engaños cotidianos. Mientras tanto la policía se configura como un sujeto social impotente, débil, sobrepasado por la velocidad que adquirieron las bandas delictivas. Sin embargo, con el tiempo, se trata de una policía que comienza a modernizarse con la adquisición de los primeros patrulleros y la comunicación vía radios.

En el verano de 1927, Serafín Pérez, uno de los trabajadores rurales en la propiedad de Galíndez, ingresó a la estancia «Salinas Chicas», en la localidad de Médanos (Bs. As) y lo primero que vio fueron manchas de sangre en las paredes. Inmediatamente fue a buscar a la policía que luego encontró, en tres pozos a metros de un galpón, una mano y una zapatilla que asomaban debajo de la tierra.

En esos pozos encontraron seis cuerpos, consecuencia de una masacre atroz. Uno de esos cuerpos era de Galíndez, dueño de la finca, que murió como consecuencia de un disparo en el cuello. Su esposa, Elena Molina, de 65, y sus hijos, Samuel e Irene, habían sido asesinados a hachazos y martillazos. Los otros cuerpos eran de personal que trabajaba en el lugar: una mucama llamada Emilia de García y el encargado de la estancia, Federico Winkler, que tenían su cráneo partido en dos por golpes de un machete. El hecho policial se vuelve masivo y popular, ocupando las páginas de todos los diarios nacionales y provinciales.

Los Galíndez eran una familia de hacendados con unas 50 mil hectáreas en la zona y, según algunas versiones, poco gentiles con sus empleados. Resultaron sospechosos los italianos Salvador Marino, de 24 años; Elvira Farulla, de 20; y los rusos Gregorio Russin y Jacobo Presberg; todos ellos trabajadores del campo. En un primer momento se manejó una hipótesis de una deuda, otra de la mafia y hasta se habló de malos tratos; pero a ciencia cierta, todavía hoy se desconoce qué motivó tan sangrienta masacre.

No pasó más de una semana para que la pareja italiana fuera encontrada mediante el uso de radiotransmisores. Elvira y Salvador cayeron en Cañada de Gómez, Santa Fe, mientras se desempeñaban en un campo. Su dueño, un tal Rosso, llevó sus sospechas a la comisaría local. Un operativo que incluyó a siete policías de civil los detuvo, aunque no les resultó fácil. El enfrentamiento fue un episodio delictivo más en esta historia.

Russin, el último de los prófugos, fue encontrado cuatro semanas después en San Cristóbal, también provincia de Santa Fe. Se había escapado desde Cañada de Gómez hacia Rafaela y desde allí a la localidad de Virginia para tomarse un tren directo a Moises Ville. El fugitivo sabía que allí podía conseguir alojamiento y trabajó con la administración de la «Jewis Colonizatión Association», oficina encargada de colocar a los inmigrantes rusos en distintos establecimientos rurales donde sus propietarios comparten la nacionalidad.

Su nuevo patrón, Miguel Bijman, le dio alojamiento y un bono extra por los trabajos muy bien realizados. En un momento le hizo un favor a «Julio Liberson» (nombre que usó Russin para engañarlo) y le llevó una carta al correo. Es aquí cuando el patrón sospecha de algunas actitudes y toma la decisión de abrir la carta. La misiva estaba dirigida a sus padres que vivían en Bahía Blanca. Como el caso había ganado páginas enteras en los diarios de la época, dio aviso a la policía, que lo detuvo.

Los periodistas de El Litoral subieron al vagón del tren que transportaba a Russin desde San Cristóbal y pasaba por nuestra ciudad. En el paraje «Villa Guadalupe», al norte de la ciudad y zona de quintas por esos años, el criminal solicitó que el diario le realice una nota periodística en donde se declaraba inocente y libre de culpa. Satisfecho y sorprendido por la fama y popularidad adquirida de villano, decía: «No soy un criminal, soy un juguete fatal del destino (…) ha sido El Litoral el que dio la exacta información sobre mi captura».

Compartimos desde el archivo del diario El Litoral las fotografías de Russin y los jefes policiales que acompañaban al recluso durante su viaje en tren hacia la Capital.

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