La ética de lo incomprobable


En las empresas, afirmar con pasión lo que resulta incomprobable nos hace volubles, volátiles y presa de manipulaciones.

Textos. Ps. Gustavo Giorgi. Ilustración. Soledad Grossi.

Me asusta cuando las empresas viajan hacia la ética de lo incomprobable. O más aún cuando ya están instaladas allí.

Entiendo por ética a las ideas y prácticas habituales que conforman una «manera de ser» organizacional.

No me gusta empalmarla con la moral, como algunos libros enseñan. De verdad no sé si algunas acciones son buenas o malas. Sabemos de su existencia y también de que su no observancia o incumplimiento llevaría al repudio de los otros.

Ejemplifiquemos: forma parte de la ética de la empresa X que sus empleados eviten hablar de sus salarios. Tabú o no (lo ignoramos) se verifica tanto en espacios comunes dentro del trabajo como fuera de sus fronteras, en reuniones sociales. Así, tenemos que a través del tiempo se forjó el hábito en los colaboradores y si alguien osaría trasvasarlo un día, sería visto como un outsider, un disruptivo o directamente un terrorista que atenta contra la estabilidad del equipo.

Desconocemos también el origen de estas cuestiones pero lo intuimos a través de mitos originales que van delineándose en conversaciones posteriores. Imaginamos un grupo pequeño de personas, en los albores de la compañía, poniéndose de acuerdo y reglando lo que hacer y lo que no. Las prohibiciones, limitaciones y permisos. De este modo vamos entreviendo que la ética es más un asunto de convencionalismo que de realidades. Detrás de las reglas no hay nada más que un acuerdo simbólico entre partes. Esa especie de pacto primigenio es hoy visible a través de sus efectos: nadie sabe el porqué, pero se atiene a sus lineamientos.

Las directrices permiten tomar decisiones, determinar rápidamente un criterio para accionar, saber qué cosas son valoradas y otras no, etc. Como asimismo marcan limitantes, tanto de conductas como de ideas, lo que puede resultar, tal como se ve, preocupante si esos bordes se tornasen demasiado estrechos.

Pero no quiero hablar hoy de paradigmas, ni de innovación. Tampoco de obstáculos a la creatividad o de cómo pensar fuera de la caja. Mi propósito es describir cómo una parte de la ética se nos presenta actualmente, considerándola una muestra de estos tiempos.

La ética de lo incomprobable consiste en otorgar un estatus de certeza absoluta a aquello que no lo posee.

No se trata de una afirmación loca/psicótica, o de un emberretinamiento propio de mentes poco ilustradas. Tampoco es la obcecación del binario sino que este concepto adquiere mayor profundidad, obligándonos a adentrarnos en sus dominios en el intento de delimitar sus alcances y formas.

Por ejemplo, alguien podría identificar a las llamadas fake news como una de sus manifestaciones, a lo que yo estaría de acuerdo. Pero, y aquí estriba el nudo, la ética de lo incomprobable otorga seguridad en materias de las que no solo tenemos la más remota idea sino que además no podremos (por lo menos a la brevedad) establecer su veracidad.

Esta ética nos lleva a defender con vehemencia causas como la ineficacia de las vacunas, la guerra de Medio Oriente, los envenenamientos de líderes rusos, el ibuprofeno inhalado y cosas así… En el ámbito de las empresas, podemos verla cuando decimos que por tener el servicio del futuro nos aseguramos vida eterna. O que nuestra competencia jamás nos alcanzará dada su lentitud y poco esmero.

Diría el lingüista Tzvetan Todorov que en definitiva se trata de una cuestión de verosimilitud, no de verdad: «Un día, en el siglo V a. C., en Sicilia, dos individuos discuten y se produce un accidente. Al día siguiente aparecen ante las autoridades, que deben decidir cuál de los dos es culpable. Pero ¿cómo elegir? La disputa no se ha producido ante los ojos de los jueces, quienes no han podido observar y constatar la verdad, los sentidos son impotentes, sólo queda un medio: escuchar los relatos de los querellantes. Con este hecho, la posición de estos últimos se ve modificada; ya no se trata de establecer una verdad (lo que es imposible) sino de aproximársele, de dar la impresión de ella, y esta impresión será tanto más fuerte cuanto más hábil sea el relato. Para ganar el proceso importa menos haber obrado bien que hablar bien. Platón escribirá amargamente: ‘En los tribunales, en efecto, la gente no se inquieta lo más mínimo por decir la verdad, sino por persuadir, y la persuasión depende de la verosimilitud’. Pero por ello mismo, el relato, el discurso, deja de ser en la conciencia de los que hablan un sumiso reflejo de las cosas, para adquirir un valor independiente. Las palabras no son pues, simplemente, los nombres transparentes de las cosas, sino que constituyen una entidad autónoma, regida por sus propias leyes y que se puede juzgar por sí misma. Su importancia supera la de las cosas que se suponía que reflejaban. Ese día asistió al nacimiento simultáneo de la conciencia del lenguaje, de una ciencia que formula las leyes del lenguaje –la retórica-, y de un concepto: lo verosímil, que viene a llenar el vacío abierto entre esas leyes y lo que se creía que era la propiedad constitutiva del lenguaje: su referencia a lo real». (1)

Si queremos ahondar en esta perspectiva, digamos que una cosa son las cosas y otras son las palabras sobre las cosas. Ojo que no es un simple juego de palabras sino que el supuesto subyacente aquí es que lo dicho sobre la realidad crea un sentido diferente a los hechos en sí mismos.

Es probable. Sin embargo… Abogo por otra cosa…

Se trata del intento cuasi heroico en estos días de frenar la rueda del relativismo permanente. Necesitamos alguna verdad de tanto en tanto para dejar de vagar en el lago oscuro de la ignorancia. En primer lugar, como necesidad subjetiva e individual, pero al mismo tiempo para evitar caer en manipulaciones colectivas, donde la instalación de pseudoverdades nos conduce como ovejas.

Seamos tan consecuentes y vehementes para buscar datos que confirman aquello que nos simpatiza como también de lo que nos cae pesado. Analicemos cifras, estudios y fuentes confiables así estén en otra dimensión política.

En las empresas, afirmar con pasión lo que resulta incomprobable nos hace volubles, volátiles y presa de manipulaciones. Pensemos lo que decimos. Animémonos a buscar la verdad por más dolorosa o incómoda que nos resulte. No nos quedemos solo en lo verosímil como condición de certeza. Es peligroso.

Debemos tener cuidado de tomar posiciones antes de analizar los datos. He visto personas fanatizadas que niegan el valor de los hechos, asumiendo que hasta la realidad en sí podría estar siendo manipulada… Empleados y líderes que niegan de forma rotunda el desafiante presente y el futuro de la Inteligencia Artificial. O el avance a paso firme del trabajo colaborativo como modo habitual de gestión. Gente que prefiere inclinarse en su estrechez de miras y no se anima a afrontar el devenir con honestidad emocional… Los extremos no colaboran, muchachos.

Otro camino sería volver a ese elogio de la duda mentado por Sócrates en su famoso «Solo sé que no sé nada», comprendiéndolo como un modo apasionado de acceso a la verdad antes que a la especulación vacía y carente de propósito.

Dudar. No saber. No estar seguro es mil veces preferible a repetir como loros aquello que excede ampliamente nuestro alcance intelectual.

No fogoneemos la ética de lo incomprobable porque no vaya a ser que un día… nos trague a nosotros mismos.

(1). Todorov, Tzvetan. «Lo verosímil que no se podría evitar». Colección «Comunicaciones». Ed. Tiempo Contemporáneo. 1970.

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