La hora de los recuerdos


Organizar fotografías y objetos que nos traen a la memoria bellos momentos es un desafío que pone en juego nuestras emociones y sentimientos más queridos.

Textos. Nadia Novillo.

 

Hay una amplia variedad de cosas y objetos que acostumbramos a guardar a lo largo de nuestras vidas en carácter de “recuerdos”. Es típico encontrar en la mayoría de los hogares alguna caja con este rótulo, así como también suelen aparecer otros objetos que se pueden agrupar dentro de esta categoría pero que se hallan dispersos por distintos cajones y muebles.

Lo ideal sería lograr juntar todos esos recuerdos, ver qué importancia tienen, qué sentimiento nos generan, y si aún tenemos interés e intención en seguir conservándolos. De ser así, tenemos que ver de qué manera podemos organizarlos, ordenarlos y presentarlos. Si por el contrario, descubrimos que no tiene sentido seguir guardándolos, podemos decidir deshacernos de ellos sin culpa ni remordimientos.

Muchos de estos recuerdos se suelen conservar porque nos da pena o lástima tirarlos, o porque sentimos que vamos a ofender o despreciar a algún familiar o amigo. Esto ocurre con las estampitas de bautismo o comunión; invitaciones de bodas y cumples; souvenirs de todo tipo de acontecimientos; señaladores e imanes con alguna imagen que suelen obsequiar en los festejos de cumples infantiles; programas de actos en los que actúan los niños en el colegio, escuelas de bailes, fiestas de fin de año; trofeos y medallas de competencias deportivas; diplomas de algún curso realizado; adornitos y dibujos realizados por los niños en la etapa escolar… Y así podríamos seguir…

Luego tenemos otros tipos de recuerdos que refieren a los momentos vividos, quienes los juntan y conservan pareciera que quieren inmortalizar esa vivencia a través de un determinado objeto.

 

Guardan desde la entrada a un concierto, obra de teatro, cine, la servilleta de un bar, un pasaje, un boleto, una postal, una tarjeta, el envoltorio de un chocolate, una credencial de acceso, las tarjetas de ingreso a la habitación de un hotel, la cajita de fósforos con el nombre de un restó, el lápiz con el nombre de un museo, sobrecitos de azúcar, posavasos del bodegón donde tomaron una cerveza, biromes, hojas y sobres con el membrete del hotel en el que se alojaron, etc.

Quienes tienen este perfil de acumuladores suelen acrecentar el volumen de sus “recuerdos” con cada salida o viaje que realizan, ya que permanentemente guardan desde el paragüita que le colocaron en el trago o el individual de papel sobre el que comieron, hasta el voucher del viaje que hicieron, pasando por los tickets que le colocaron en la maleta, tarjetas de embarque, pulseras y vales de todas las excursiones realizadas en destino y todo folleto con el que se hayan cruzado a su paso.

Para ellos, esta serie de cosas es un tesoro o trofeo de la experiencia vivida; sienten que si lo tiran olvidarán lo que vivieron. Pero déjenme decirles que el mejor recuerdo por excelencia que podemos conservar es nada más y nada menos que la famosa y conocida fotografía.

 

La foto logra capturar y perpetuar un momento único y el recuerdo es para siempre, en ella se pueden apreciar gestos, miradas, sensaciones, actitudes; pueden transmitirnos la alegría, tristeza, melancolía, el estado de ánimo de quienes se encuentran en esa imagen.

 

Las fotografías cuentan una historia y tienen el poder y la magia de permitirnos revivir momentos y acontecimientos de tiempos pasados y ayudarnos a mantener vivos esos recuerdos. Nos generan sentimientos y despiertan emociones.

 

Dicho todo esto, me atrevo a sugerir, afirmar y asegurar que los únicos recuerdos que deberíamos conservar como un tesoro son las fotografías.

Una organizadora de ninguna manera puede imponer a un cliente tirar algo pero si puede inducirlo a que se de cuenta que el recuerdo del bautismo o casamiento de un hijo, sobrino o nieto no está en una estampita, invitación o souvenir y si, en cambio, en una fotografía de aquel acontecimiento importante vivido.

Lo mismo ocurre con un viaje o actividad realizada, el recuerdo no se encuentra en el comprobante de ascenso a la Torre Eiffel, o al mirador del Empire State Building, el ticket a la excursión a la Grotta Azzurra, o el folleto de una visita guiada para subir a la Acrópolis a conocer el Partenón, sino en la Imagen que se tomó en aquel lugar.

De todas maneras, para quienes aún así deseen conservar algunas cosas, la sugerencia es hacer una selección e intentar quedarnos con lo menos posible -lo de mayor relevancia- para darle un valor de verdadero recuerdo y unificarlos. Pueden organizarse en un álbum junto con las fotografías del correspondiente al acontecimiento o viaje.

Así, por ejemplo, nos quedará un álbum de fotos donde aparezca la estampita del bautismo y luego las imágenes de aquel día. Lo mismo ocurrirá con el álbum de un viaje donde aparecerá el comprobante del ascenso a la Torre Eiffel y luego las fotografías.

LAS FOTOGRAFÍAS

En cuanto a las fotos, debemos tomarnos el tiempo para organizarlas. Es muy común encontrarlas mezcladas o sueltas, en álbumes incompletos porque algunas fueron sacadas para colocar en portarretratos o porque se perdieron, porque las pidieron del colegio, etc.

Las fotografías pueden organizase en álbumes por fechas (pueden ser por año), por temas (Navidad, Fin de Año, Vacaciones, Fiesta de Disfraces, etc.), por integrante de la familia (Torneo Maty, Cumple 15 Cele, Baile de Danza Lolita, Fiesta Egresado Benja, Nacimiento Tino, etc.). Podemos rotular y etiquetar cada álbum con un título o enumerarlos, incluso hay algunos álbumes que nos dan la posibilidad de hacer una breve reseña o referencia debajo o al costado de cada imagen.

De igual modo podemos organizar las imágenes digitales, dependiendo del dispositivo armaremos álbumes, archivos, carpetas y subcarpetas. Tendremos la posibilidad también de generar más categorías, por ejemplo, se pueden seleccionar algunas fotos preferidas o diferenciar entre copias originales y copias editadas. En cuestiones de seguridad, la mejor opción será guardarlas en la nube.

En la actualidad es muy común tomar muchas fotos de un mismo momento hasta lograr la mejor toma o la imagen deseada, podemos sumar cientos de fotos en un día, lo que nos obliga a hacer una limpieza digital con frecuencia e ir eliminando y depurando. Nada de esto ocurría cuando estábamos limitados por la capacidad del rollo de la cámara fotográfica y debíamos esperar a revelarlas para verlas.

Una vez concluida la tarea de organizar las fotografías, podemos ubicar los álbumes en algún lugar de nuestro hogar de fácil acceso, puede ser en algún mueble del living o biblioteca. Busquemos un lugar donde queden a la vista, que al verlos nos inviten a tomarlos y a revivir aquellos recuerdos.

Los portarretratos, ya sean los comunes o los digitales en los que van pasando un sin fin de imágenes, son grandes aliados para mostrar y tener presente un lindo recuerdo. Estos nunca pasan de moda, siempre son un detalle deco y bonito que aporta calidez a un ambiente y personaliza el hogar.

El hall de ingreso o recibidor, play room, estudio o living suelen ser los espacios elegidos para ubicar lindas fotos actuales donde se ve a todos los integrantes de la familia juntos, plenos y felices.

 

¿Qué fotografías debemos conservar?

– Todas las que nos agraden, nos den placer y felicidad ver y recordar; las que nos despierten sentimientos lindos y positivos; las que nos trasladan a un momento o lugar que nos reconforta y gratifica revivir.

¿Qué fotografías debemos descartar?

– Todas las que nos generen un recuerdo negativo, feo, que deseamos olvidar.
– Las que no nos gustan.
– Aquellas en las que no nos veamos favorecidos.
– Las borrosas, movidas, fuera de foco, que no tienen nitidez.
– Las que tenemos repetidas.
– En las que aparecen personas que no sabemos quiénes son.
– En las que aparecen personas con las que ya no tenemos relación.

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