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La lección de un maestro

En Cuentos con y sin pintores se verifica, una vez más, no sólo el, a menudo mencionado, carácter ecléctico de Enrique Butti sino, además, su versatilidad.  

TEXTOS. Fabricio Welschen.

Existen cuentistas que, además de su innegable talento, se caracterizan por su inscripción a una tendencia narrativa definida y reconocible para cualquier lector instruido. Así, podemos encontrar, por un lado, a escritores como Poe, Maupassant, Chesterton, O’Connor. Mientras que, por el otro, encontramos a Chéjov, Mansfield, Joyce, Hemingway. Hay otros autores, en tanto, que también se destacan por la maestría con la que cultivaron el cuento, pero que trascienden la adscripción a una determinada tendencia. Se tratan de autores como Henry James o Nabokov, que se distinguen por haber desplegado su excelencia compositiva en cuentos tan variados como creativos (baste con mencionar cuentos como «La vida privada» o «Las hermanas Vane»). 

Las características narrativas antes mencionadas resultan una excusa pertinente para dar lugar a una breve reflexión a propósito del último libro de Enrique Butti. Así como su solvencia como novelista ha quedado demostrada sobradamente en Aiaiay (1986), Indí (1998) –la última gran novela argentina del siglo pasado, con perdón de Fogwill, Barón Biza y Benesdra- o Araca corazón callate un poco (2020), en Cuentos con y sin pintores, publicado por la editorial Palabrava en los postreros días del 2022, se ratifica el dominio y la prestancia de Butti en el género cuento que ya habían sido evidenciados en el volumen La daga latente (2006). En aquella oportunidad, a través de una deliberada falsa unidad (el carácter cuasi policial) se resaltaba la variedad temática de sus cuentos. Ahora, a pesar de que no se cuenta con una unidad que sirva de contraste más que la que se anticipa en el título (el libro se divide en dos partes: la tematización de la expresión pictórica y una temática libre), esta diversidad no deja de estar presente. Así, se puede encontrar una narración picaresca como «Triángulo amoroso con perro», una de resolución fantástica como «Vanagloria» o un policial como «‘Las artes plásticas en los albores del siglo XXI'» (todas ellas pertenecientes a la parte «Cuentos con pintores»). Se verifica, una vez más, no sólo el, a menudo mencionado, carácter ecléctico de Butti sino, además, su versatilidad.  

Enrique Butti. Foto: Pablo Aguirre

En lo que refiere al aspecto creativo, bastará detenerse en dos cuentos que integran el volumen y que constituyen casos diametralmente opuestos debido al tipo de complejidad que presentan. Se trata del ya mencionado «‘Las artes plásticas…» (con el que se cierra la primera parte) y de «Misión clandestina» (con el que inicia la segunda parte). El primero constituye un verdadero tour de force en el que a partir del intrincado y a la vez lúdico enigma de unos cuadros intervenidos en una galería de arte se comienza a insinuar una trama macabra; en este caso, resulta clave la convergencia de dos líneas: la policial (que da lugar a la resolución de un misterio) y la metaficcional (que indaga en el estatuto del espectador/lector), las cuales terminan complementándose en el desenlace del cuento. «Misión clandestina» presenta una trama sencilla (un grupo de catequistas que van casa por casa buscando un pretendiente para una de sus desamparadas integrantes), pero en la que terminan revelándose las secretas intenciones de cada uno de ellos, especialmente del narrador (en sintonía con una impronta presente en la mayoría de los cuentos narrados en primera persona).  

En un tiempo en el que se busca imponer lo homogéneo como garantía de una firma autoral, no resulta ocioso celebrar en un libro la variedad y la inventiva como una feliz nota discordante.