La maternidad como verbo


por Lucila Cordoneda

Hace un tiempo viene resonando una idea que, además de exquisita, tiene la cualidad y la potencia de la acción: maternar.


Maternar, entiendo, trasciende el “ser madre”.


Maternar habla de un enlace vivo, de la posibilidad hecha acto.


Maternar es gestar deseo, es parir un vínculo amoroso con el objeto a maternar. El fruto de ese deseo, hijo, familia, proyecto o uno mismo incluso, cargará en su ADN la fuerza misma de esa génesis.


Cuando maternamos cuidamos, brindamos protección, alimento y futuro.


Maternamos, aun sin ser madres y nos han maternado, madres que no nos han parido.


Porque hemos sido amados, porque han transitado por nuestras vidas “otras madres”. Docentes, tías, amigas, han desempeñado ese rol, por ausencias, por presencias compartidas, por propia decisión y aun por obligación, ahí han estado… amando.


Maternar también es maternarnos. Habitan en nosotras diferentes mujeres, somos una y varias. Amar, sin amarnos, sin aceptarnos y perdonarnos es condenar nuestro amor de madres, al fracaso.


No existe una única maternidad, como tampoco un único modo de maternar.


Somos lo que hemos vivido, lo que nos han transmitido, lo heredado y lo escogido. Somos cuerpo que vibra, sufre y goza. Somos alma, espíritu y viento. Somos ser que anida, crea y cría. Somos cuidado, educación e historia. Relato, alimento y hambre. Somos madre, hija, amiga, hermana o cuna… da igual porque, sencilla y sustancialmente, somos vida.


Elegimos maternar, elegimos mirar, estar para otro que espera nutrirse, espera sostén y continente.


Y ahí vamos, juntando lo que somos, lo que fuimos.


Ahí vamos, soñando y habitando sueños de otros, con otros. Verdadero acto de coraje el nuestro, poder amar sin asfixiar, sin permitirnos caer, aun cuando el dolor nos coloque al borde del abismo. O permitiéndonos morir y sobreviviendo en cada amanecer.


Ahí vamos descubriendo fortalezas que no sabíamos poseer y miedos que no considerábamos que existieran.


Ahí vamos, queridas Mal Aprendidas mías, sosteniendo esperanzas, levantando pedazos de proyectos malogrados, prometiendo futuros y augurando amores.


Porque somos verbo, somos acto, palabra hecha simiente y vida. Somos una y miles maternando.


Valga este homenaje para todas las mujeres que habitaron cada uno de nuestros espacios vividos. Aquellas que nos enseñaron que para “ser madre” basta con amar, con bien amar y que no hay vínculo más noble, más sencillo y humano que aquel que se construye eligiéndose como madre e hijo.

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