La Samaritaine, aquella prestigiosa casa comercial de rango internacional


Se trataba de una firma comercial conocida por sus bajos precios, resultado de la ausencia de intermediarios en su dinámica de negocio tanto en la compra de productos importados como en la producción de muchos calzados. 

TEXTOS. Mariano Rinaldi. FOTOS. Archivo El Litoral.

El primero de marzo de 1924 se inauguraba la tienda comercial «La Samaritaine» en la esquina de San Martín y Primera Junta de nuestra ciudad. Con su nombre rendía tributo al famoso almacén e histórica tienda parisina junto al río Sena.

Sus dueños, Antonio y Bernardino Fernández, eran propietarios de diferentes casas comerciales en la provincia de Santa Fe y Córdoba (Villa María, Rafaela y Gálvez) y además contaban con oficinas de compra en las ciudades más importantes de Europa (Milán, Barcelona, París y Hamburgo).

Antonio Fernández vivía en España, en la ciudad de Vigo, y desde allí administraba sus oficinas europeas que importaban sus telas, vestimentas y vestidos hacia Argentina, donde su socio Bernardino Fernández dirigía los locales en el interior de nuestro país. Además, en Santa Fe existía, dentro del mismo local comercial, un taller de calzado en donde muchos de sus productos de diseños locales fueron muy populares en Santa Fe y Buenos Aires.

Era una firma comercial conocida por sus bajos precios, al lograr evitar intermediarios tanto en la compra de productos importados como en la producción de muchos calzados. Otra cualidad en términos de gestión es que con el tiempo fueron adquiriendo mayor «cintura» para comprar grandes volúmenes y variada mercadería.

Las secciones que integraban la tienda en nuestra ciudad eran diversas: bonetería, sastrería, zapatería, camisería, adornos, bazar y confecciones exclusivas para mujeres y niños. El staff de empleados para atender esas secciones superaba las 100 personas, incluidas las del taller de zapatos. Por otro lado, contaba con un taller de costura y confecciones con 15 obreras y la firma comercial tenía como socio a una fábrica de camisas.

Al situarnos bajo un contexto histórico, podemos decir que Argentina atravesó un período de crecimiento económico entre los años 1880 y 1930, que en parte fue producto del consenso existente en la clase dirigente conservadora del país sobre la modalidad del desarrollo económico a emprender y que se ve «truncado» con la crisis mundial de 1929. 

En 1914, la Argentina era un país urbanizado, más del 50% de la población vivía en centros de más de 2000 habitantes. En la crónica que el diario El Litoral realizó, en una visita a la tienda en el año 1925, el gerente, Miguel Heras Puerta, afirmó que la caja registradora diariamente sumaba 10.000 operaciones solo en la ciudad de Santa Fe, un verdadero récord de ventas teniendo en cuenta que por esos años la población de la ciudad era de 62.000 habitantes. Lo que indica que para la década del veinte la ciudad de Santa Fe y alrededores era una importante plaza comercial.

Volviendo nuestra mirada al contexto histórico, a fines del siglo XIX, muchos inmigrantes europeos llegaron en busca de un mejor destino, que les era esquivo en el viejo continente; los suelos fértiles de la pampa pronto se vieron surcados por líneas férreas que trasladaban su producción hacia el puerto de Buenos Aires para su exportación a Europa. La ciudad de Buenos Aires se transformó rápidamente en una inmensa metrópolis, la capital cultural del mundo de habla hispana. Grandes edificios crecían y recordaban fuertemente a París, meca cultural de la élite política argentina. La ciudad de Santa Fe no fue esquiva a este desarrollo urbano, aunque en distintas proporciones,. Tiendas como «La Samaritaine» nos hablan de un desarrollo comercial, de una iniciativa privada en gestación y un mercado de consumo dispuesto a saciar sus necesidades de manera local y vinculada con el resto de país y del mundo. 

Para entonces había aparecido un actor que resultaría crucial e ineludible para comprender este período: la clase trabajadora, que con características propias y constituida por grandes colectividades obreras (los ferroviarios, los trabajadores de frigoríficos y los portuarios eran los grandes sindicatos de entonces) se fue conformando y diversificando al calor de la economía nacional. Los dos movimientos populares argentinos mantuvieron relaciones que marcaron el derrotero político de sus respectivos gobiernos. Por un lado, el radicalismo nunca pudo «conquistar» el favor de las organizaciones gremiales, en cambio, años más tarde, estas masas obreras constituirán uno de los principales apoyos para el peronismo.

De esta manera, entre 1880 y 1930, Argentina parece «esconder» en su estructura económica y productiva la raíz de algunas claves que se manifestaría años después y que marcaría la evolución económica y política a partir de la crisis de 1929. Una de esas claves escondidas es que su auge migratorio se dirigió mayoritariamente a las incipientes actividades industriales. Solamente un 25% de la fuerza migratoria se dirigió a las actividades agropecuarias. De este modo, las limitaciones de los inmigrantes en cuanto a capitales y a conocimientos influyen fuertemente en el perfil de la industrialización argentina. Finalmente, el mercado nacional que se consolidó en el país pronto mostraría su techo, la industria argentina creció rápidamente pero no pudo llegar a su madurez y concretar su desarrollo. 

Desde el archivo El Litoral, les compartimos fotografías de «LaSamaritaine» en nuestra ciudad y publicidad de la tienda en las páginas del diario.

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