Las peligrosas aventuras del gran «Pibe» Correa


En «El desquite de Renard» y «El anatema del oro» José Luis Pagés consigue con destreza fusionar la extrañeza y el asombro de sus cuentos fantásticos y las tramas de sus historias policiales.

Textos. Enrique Butti.

Tras «La piojera», José Luis Pagés acaba de publicar otras dos novelas de tinte policial: «El desquite de Renard» y «El anatema del oro», ambas con el narrador y principal protagonista Justo Henriquez Correa, a quien llaman «el Pibe» y que sobrevive vendiendo libros a domicilio. Recurrentes son también otros personajes, como el siniestro Farfán, o Mauricio Renard, que alguna vez supo formar parte de «una gran orquesta», pero dado que desafinaba mucho ahora se las rebusca como «solista», es decir, formó parte alguna vez del cuerpo policial y ahora es detective privado.

«El desquite de Renard» gira en torno de un personaje aborrecible, el tal Farfán, que integra una secta delictiva en estrecha relación con las esferas del poder, «cualquiera que fuera el signo político dominante del momento». Farfán es el directo responsable del asesinato de una anciana terrateniente y del posterior asesinato del joven que contrató para ejecutar el crimen. La novia de ese sicario sabía de tales andanzas y Farfán la ha raptado. En ese momento entra en acción Renard, arrastrando en su afán de justicia al vendedor de libros como acólito. Desenmascaran finalmente a Farfán, pero con un golpe maestro y el auxilio de algunos secuaces, el canalla no solo logra salvarse sino que (con la estratagema tan usual en cierto círculo político actual) imputa sus delitos a nuestros héroes, que ahora pasan a ser los perseguidos por la Justicia, y cuyas aventuras llevan al «Pibe» a dejar de serlo, cargando a su pesar con dos muertes.

Es sobre todo en «El anatema de oro» donde Pagés consigue con destreza fusionar la extrañeza y el asombro de sus cuentos fantásticos y las tramas de sus historias policiales, combinadas para crear una obra de singular tensión. La novela se abre con el narrador que despierta no sabe dónde, llegado ahí no sabe cómo, con una mujer que lo mima y lo llama socio. Tan desconcertados como el narrador los lectores conoceremos a los otros recluidos en esa casa perdida en la nada; entre otros especímenes: a la «viuda negra» que lo atrajo al lugar drogándolo; a su madre; a una tal La Sonámbula, que «puede mostrarte en un vaso de agua la cara de tu peor enemigo y te marca a ese que te va a traicionar porque nació para hundirte el puñal en la espalda»; al jefe de la banda, ese Víctor Brand que ya aparecía en «La piojera», y entre ellos descubrirá al amigo Renard, también él mantenido en una extraña situación de rehén voluntario, sin decidirse a escapar.

El narrador trastabilla sin entender dónde ha caído. Se mira en torno y no se le ocurre otra cosa que decir: «Qué lugar tan frío, en esta casa hace falta un gato». Comienzan a contarse historias que poco a poco, para el narrador (y para los lectores) van develando el plan de la pandilla, la razón por la cual han reclutado con una, digamos, obligada persuasión, tanto al narrador como a Renard. Y el motivo es nada menos que recuperar el oro de la corona robada a la santafesina Virgen de Guadalupe en 1980. En el momento crucial, el jefe les impedirá comer un solo bocado en el desayuno, y explica: «Aunque nosotros tenemos el firme propósito de no disparar un solo tiro, no sabemos qué podemos esperar de parte de esa gente… Y ya se sabe que los tiros en ayunas son menos indigestos».

Se conforma así una novela tan onírica como policial, tan estremecedora como desopilante. Porque como en sus cuentos fantásticos, acá irrumpe a menudo lo asombroso y el humor, tan originales como el resto de los ingredientes de la literatura de Pagés. Incluidas las reflexiones de todo tipo, como el siguiente diálogo, mientras el narrador está instruyéndose con recortes periodísticos sobre la situación caótica en la que se produjo el robo de la corona y el sospechoso fin que hicieron muchas donaciones del Fondo Patriótico Malvinas en 1982. Alguien le pregunta si está haciendo los deberes. «Sí –confirmé-, pero para mí esto es un despelote. No alcanzo a entender qué tengo que sacar en limpio de este revoltijo de noticias. ¿Qué tienen en común? La violencia. Eso salta a la vista, como el fanatismo de las partes involucradas y el daño irreparable que todo esto nos dejó» «¿Nada más», le pregunta el interlocutor. «Que nada es gratis en esta vida, que mucha de esta locura la estamos pagando todavía porque parece que nunca nos vamos a poner de acuerdo y cuando debajo de las cenizas hay brasas todavía sobran los boludos, de un lado y del otro, que soplan para avivar el fuego. Ni los viejos que hacen eso, ni los pendejos que los siguen, tienen el perdón de Dios».

Sin estridencias, con trazos certeros, Pagés ambienta estas historias en la ciudad y los pueblos de Santa Fe, retratando más adentro y hondo que el paisajismo vernáculo tan celebrado hoy por la academia, sin detenerse ante sus peores miserias ni idealizar las virtudes de quienes se juegan la vida en enfrentarlas. Es aquí también, en la tierra situada y en el realismo descarnado, donde hay siempre un espacio no menor para la intervención de lo arcano. Como en la historia de la bella desquiciada que tiene lugar en «El desquite de Renard», una empleada de un Ministerio que un día se desespera por la desaparición de su amado compañero de trabajo, que aunque solo existe en su imaginación tiene un sello y figuran expedientes firmados con su nombre. La pobre mujer, con licencia psiquiátrica en su trabajo, cree reconocer en Farfán a su enamorado, y el monstruo se enriquece prostituyéndola, aparentemente apegado a ella, aunque no dudará en usarla como escudo humano en los momentos de peligro. En un pasaje del libro se la describe así: «La chica seguía parada ahí, con esa mirada ausente y misteriosa que tienen los gatos cuando andan esos fantasmas que solo ellos pueden ver».

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