Las veces que sean necesarias, volver a aprender…


Por Lucila Cordoneda

Más de una vez me han preguntado el por qué de Mal Aprendida, estoy refiriéndome puntualmente al nombre.


Como en otras oportunidades, y suponiendo que el público se renueva, vuelvo a explayarme al respecto.


Mal Aprendida era un modo que mi abuela gustaba usar cuando un comportamiento mío o de alguna de mis primas no respondía a lo enseñado. Entonces, a modo de aclaración y de ¿quite de responsabilidad?, decía: “no eres mal enseñada, eres mal aprendida, porque te hemos enseñado bien”.


Así las cosas, luego de unos cuantos años encima y, por qué no, de varios malos aprendizajes adquiridos, puedo decir que sí, que somos y seremos siempre irremediable y felizmente Mal Aprendidas.


Cada día la vida y quienes la transitan junto a nosotros, por presencia o ausencia, porque claramente hay quienes tienen una ausencia absoluta y drásticamente presente, se ocupan de dejarnos bien claro qué es lo que corresponde hacer y qué no en cada circunstancia.


La teoría parece estar presta a ser utilizada pero también, muy bien fundamentada y explicitada. Insuficiente e intrascendente, cuando estamos dispuestas a ensayar nuestras propias experiencias, aún a fuerza de varias frustraciones y algunos coscorrones, por qué no.


A pesar de esto nos empeñamos en Mal aprender una y otra vez…


Sin embargo, claro está, no todo lo enseñado, goza de buena prensa.

Mandatos otrora, duros e intransigentes, hoy se presentan endebles e insostenibles. Estructuras que de tan rígidas sólo les ha quedado el resquebrajarse e implosionar cayendo irremediablemete.


Aprendido, mal aprendido, mal enseñado, da igual… desaprender es la que va.


Reconocernos Mal Aprendidas es la instancia necesaria para desaprender y volver a aprender, una y otra vez. Las veces que sean necesarias hasta entender que:


No existe una única forma de amar y que, por tanto nadie puede decirnos cómo hacerlo y, mucho menos, a quién.


Que cada vez que logramos sostener en público lo que decimos y pensamos en privado, somos un poquito más libres.


Que no hay un único discurso y que quién intenta hacernos creer lo contrario solo está hablando de sus inseguridades y miserias.


Que el otro vale por lo que es, por lo que es capaz generar, no por lo que posee o puede darnos. Porque al final lo que cuenta es lo que dejamos en el corazón de los demás.


Que nadie es superior a nadie. Estamos hechos de lo mismo y es posible que el ego nos haga llegar lejos, pero es seguro que nos va a dejar ahí… lejos y solo.


Que nuestras mejores obras y las perdurables, por lo general, son intangibles.


Que cuando hacemos las cosas con amor y sin esperar nada a cambio, es difícil perder.


Que podemos decir mucho, pero lo verdaderamente importante es lo que hacemos, eso es irrefutable.


Que los prejuicios nos dejan afuera. Que la normalidad no califica para las personas y que nadie tiene derecho a juzgar a nadie.


Que no necesitamos sentir mariposas sino serenidad.


Que somos verdaderamente fuertes cuando aprendemos a no dañar a los demás. “Nadie merece que lo hagas sufrir, no te transformes en el verdugo de nadie”.


Que para crecer es necesario cambiar, no adaptarse.


Que lo que crees es solo eso y no necesariamente lo que verdaderamente es.


Y que siempre pero siempre estás a tiempo de pedir perdón, de reconocer los yerros, de volver a mirar y de desaprender, pero que cuanto antes empieces va a ser mejor para todos.
En fin… ahí vamos y ahí seguiremos.


Hagamos el intento queridas Mal Aprendidas mías, que de aprender se trata pues y de animarnos, sin vergüenza, a desaprender lo mal aprendido y volver a empezar.

Nota de la autora: El uso del femenino responde claramente al nombre de mi espacio, pero tanto este como todos los escritos que de esta pluma nacen, no distinguen género.

Previo Cómo cuidar plantas de interior
Siguiente Divide y reinarás