Lo que la pandemia se llevó


En este nuevo espacio, nuestra experta analiza las repercusiones de la pandemia para las parejas.

Por Laila Tomas.

El 2020 fue para la mayoría de las personas, un año que jamás olvidaremos.

No hubo aspecto de nuestra vida que no se haya trastocado de alguna manera y esto sigue resultando así incluso en la actualidad, donde más de una arista de nuestra vida se encuentra digamos «sentida» aún a más de doce meses del comienzo de la pandemia.

Haciendo un repaso, si nos remitimos al marzo-abril de un año atrás, en la famosa época de aislamiento obligatorio, ¿No fue –y sigue siendo- curioso que en un momento dado, muchísimas personas de todo el mundo nos hemos encontramos gestionando relaciones tanto con familiares y/o parejas?.

Si bien las realidades individuales fueron muy variadas, aquellas medidas extremas que se introdujeron en nuestro país y se han extendido durante meses, impusieron a un porcentaje enorme de la población a coexistir bajo ciertas situaciones y dinámicas un tanto estereotipadas. Veamos juntos cuales fueron aquellas relacionadas a las parejas y las conexiones afectivas.

De golpe y sin elegirlo, pasamos a convivir permanentemente con otro bajo el mismo techo sin chance de airearse. Por el contrario, también, las disposiciones instalaron un espacio físico infranqueable entre los participantes de cierto vínculo. Así, por cuestiones de mayores o menores distancias y contextos, más de una relación afectiva resultó confinada a una fría lejanía o un pegote sofocante, resintiéndose en el proceso de organización social.

Fue al no poder verse, tocarse, encontrarse, compartir un mate o por la antípoda, de repente pasar el tiempo con otros sin demasiada posibilidad de elección en un espacio limitado y aislado, pudo ser (como lo es toda la crisis) una oportunidad para los vínculos, o por el contrario, la debacle misma de ellos.

En este sentido, haciendo referencia a los matrimonios y parejas, Xi´an -una ciudad china que albergó un confinamiento absoluto por un período de tiempo largo- emitió un dato muy curioso al pensar las dinámicas y vicisitudes de los apegos: ni bien retomaron sus actividades las oficinas civiles, hubo récord histórico de solicitudes de divorcio. Pero, más curioso aún fue el señalamiento de los funcionarios al comentar que en medio de que las peticiones hayan llegado a colapsar la capacidad de proceder aquellas separaciones, muchas de las decisiones se debieron a poco o mal manejo de los impulsos, echándose atrás arrepentidos a último momento mientras se encontraban firmando el trámite. Otras personas incluso, se volvieron a casar días después de hacer concretado dicha desunión legal.

Este relato sobre divorcios, impulsos y arrepentimientos nos puede servir para reflexionar y analizar la montaña rusa emocional que el curso precipitado de esta emergencia desató en nosotros, en los vínculos que ella reforzó y aquellos que se cobró con su impacto e intensidad.

Es que, pandemia e imposiciones han sido aristas que se han tocado permanentemente a lo largo de esta etapa que nos tocó y nos toca transitar. Y esto, por más que intentemos dibujarlo para que tenga el menor componente de peligro, no es algo fácil de sortear en lo que a relaciones humanas refiere.

Desde siempre, la instalación armónica de vínculos fue de todo, menos sencilla. Cuando dos personas comienzan una relación y forman una pareja, elegir y considerar pasar una cantidad indefinida de momentos compartidos se trama como un proceso paulatino que se da en el tiempo, al ir desplegándose el consenso sobre cuestiones importantes, donde se ceden como también se negocian pequeñas y grandes concesiones que hacen a la percepción de un triunfo doble. Todo esto, mantenido y retroalimentado por el deseo unánime de permanecer juntos, ejerciéndolo con una libertad celebrada y disfrutada sin percibir el peligro exterior como amenazante para la continuidad del lazo.

Lo cierto es que, obligado o decidido, convivir durante la cuarentena pudo impresionar como emocionante y divertido inicialmente, pero -siempre hay un pero- es importante comunicar sobre las partes no tan entretenidas de pasar una cantidad enorme de tiempo con la misma persona, primero, porque todo sirve para capitalizar experiencias, y segundo, porque en la medida que se endurezcan disposiciones de distanciamiento social en medio de esta tan famosa «Segunda Ola», sería interesante deliberar sobre lo que queremos y no queremos –si es que podemos- repetir para cuidarnos y cuidar nuestras apuestas amorosas que tanto bien nos hacen.

¿Podemos reflexionar para no colapsar nuevamente ciertos vínculos?

¿Podemos repasar lo vivido para elegir qué hacer –y que no- en caso de nuevas limitaciones?

¿Podemos analizar lo transitado y darnos cuenta lo que construimos?

¿Podemos encontrar otras formas y seguir algunas recomendaciones para desplegar una mayor comunicación y una mejor convivencia?

¿Podemos llegar a valorar lo que definitivamente ha salido fortalecido de este tiempo tumultuoso vivido?

La respuesta en un rotundo Sí. Entonces, sigamos en este camino.

Si hubo algo -más- a lo que forzó el año que pasó en quienes convivían es a conocerse de otro modo. El exterior como forma de evitar al otro o como distancia y ventilación, ya no fue una posibilidad permanente y espontánea, y se necesitaron nuevos mecanismos de afrontamiento para ciertas situaciones. Animándome a decir algo controversial, quizá para aquellas parejas que no cohabitaban anteriormente, no fue aquella reclusión obligatoria el mejor momento para comenzar ya que podrían haber tomando la decisión no por un proceso de maduración sino forzados por circunstancias externas limitantes. Todo esto, sumado a que no fuimos ni sentimos en aquel período de encierro como en otros momentos, dada la atipicidad reinante, condimentaron demasiado algunas relaciones transformándolas en verdaderas bombas de tiempo. Algunas estallaron, dejando las ruinas de lo que alguna vez fue una bella dupla. Otros encontraron la forma de desactivarlas, logrando evadir el peligro, saliendo ilesos y hasta fortalecidos de tantos estresores diarios.

Ahora bien, ¿Todas las parejas se separaron o resintieron pandemia mediante?

Por supuesto que no. En el medio habitan los grises, esos escenarios variados que contaron con un mayor abanico de posibilidades. Aquellas parejas que han tenido sus días buenos, no tan buenos y malos, aquellas que han surfeado olas de hastío, estrés, preocupaciones. Y aquellas mismas que han nadado en aguas más calmas, con días más soleados. Tiempos en los que, al pegar el calorcito en la cara, no caratulaba demasiado hostil el ambiente.

Esos famosos matices tan primos de la armonía conquistada. Esos que ameritaron no detenerse a pensar cómo impactó semejante hecho histórico vivido, porque no hubo amenaza que lo requiera.

A la vez, más cerca del polo del hastío y de la rutina insidiosa se encontraron aquellos que siguen juntos, y ahí están, siguiendo a flote en medio de mares que no muestran banderas de peligro, pero tampoco de paraísos, claro está.

Desde una óptica que arroja balances con números en rojo, sea cual haya sido la fórmula y el resultado, más de un integrante de esas convivencias conseguidas bajo tiempos de encierro relató con pesar en el consultorio, que la apuesta no resultó como lo esperaban. A partir lo que ellos exponían, y en tren de querer encontrar futuras sugerencias o conclusiones surgen preguntas como ¿La mudanza fue decidida por ambos?, ¿El motivo pasó por el deseo y las ganas, o por el contrario se relacionó más con la conveniencia y/o el miedo?, ¿Conocían a su pareja en profundidad antes de habitar techos compartidos?, ¿Hacía un tiempo considerable que estaban juntos? (ese que da lugar a la integración de defectos y virtudes, y a la reafirmación del deseo de elegirse), ¿Hay respeto y tolerancia por lo que no me gusta del otro?, ¿Hubo aspectos de la vida individual de alguno de los convivientes que afectó la estadía?, ¿Logré encontrar espacios de disfrute y unión compartida?, ¿Colaboré en la creación de espacios pacíficos?

Si bien más de una respuesta no será agradable de desmenuzar, todas servirán para generar esa cuota de aprendizaje desde la experiencia, que hace un poco más fácil el entendimiento y la adaptación a lo que vivimos, además de comenzar a resignar lo que no se ha dado, a partir de la elaboración de duelos productos de separaciones y distanciamientos, y conduciendo el proceso hacia el cambio y la asimilación necesarios.

Ahora, saliendo del plano de las hipótesis para albergar la practicidad, y para aquellos que desafían la continuidad del sistema amoroso poniendo lo mejor de sí mismos en la convivencia o la espera de ella, van estas sugerencias que pueden implementarse y tenerse en cuenta ante un posible recrudecimiento de las medidas de distanciamiento.

Repasarlas siempre será bueno para dotar el ambiente compartido de salud integral. Y son las siguientes:

Encarar y mantener procesos acompañados posee como premisa ideal el tener conversaciones serias sobre aspectos que, de no hacerlo, pueden generar rispideces y conflictos graves. Temáticas como gastos, intimidad, tiempo a solas, horarios y rutinas -más si ambos hacen home office y si hay hijos en la casa-, esparcimiento, ocio, etc., no deberían dejarse a una suposición para un justo manejo de ambas partes. Además de clarificarlo, generar cierta estructura ante tanto caos, nos dará algo de orden y colaborará con una actitud mas positiva y productiva en tiempos de desconocimiento e incertidumbres exteriores.

La comunicación, como siempre en las relaciones saludables, es clave en todas las circunstancias. No tomarse todo personal, respetar hobbies y manías del otro, anteponer la empatía en momentos crispantes, serán los grandes desafíos de este tiempo.

En aquellas que aguardan distanciados que esto se termine, poder aumentar las llamadas y videollamadas, compartir los días a través de lo digital, visitarse cuando se pueda, nos dará la tranquilidad que el vínculo sigue vivo, fuerte, es espera ferviente del encuentro presencial.

Nadie podría vaticinar cómo será la evolución exacta de la pandemia durante este tiempo tan controversial, ni mucho menos de las parejas en medio de la pandemia. Lo que sí es posible, es pronosticar que saldrán a la superficie conflictos que permanecían escondidos dada la sobreexposición de tiempos que compartimos, así como también será viable fortalecer el lazo, confirmar elecciones y disfrutar de la compañía. Al fin y al cabo, no será tan distinto a lo que venía gestándose con antelación y seguramente muestre el fondo, de la figura cotidiana.

¿Podríamos decir así, que quienes venían en crisis, la aumentarán, quienes venían mal, podrían terminar, y quienes vienen bien, seguirían así? En líneas generales, y salvando excepciones, sí.

Para cerrar, resalto que solos, acompañados, a gusto o no, es importante saber que el ser humano es un ser social y necesita de otros para sobrevivir. Desde esa perspectiva, hacer frente al aislamiento junto a otros hace al sostén emocional y afectivo que necesitamos.

Ustedes decidirán si bajo el mismo techo, o por redes sociales.

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