Londres y Dublín


El autor nos invita a un recorrido por el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte. A través de sus palabras nos lleva a conocer hitos geográficos y culturales, pero también la realidad cotidiana de cada ciudad. Aquí, la primera entrega de esta travesía.

Ajusté el cinturón de mi asiento. En el horario previsto, el avión remontó vuelo. comenzaba así la aventura proyectada tiempo atrás. El interés por conocer a la “enemiga” de Argentina, según los tendenciosos relatos de nuestra historia nacional, era uno de los alicientes. Otro, el más profundo y real, era estar en uno de los epicentros de la cultura occidental por más de doscientos años.

La aventura planificada comenzaría por recalar en Londres, seguirla por Dublin (Irlanda), de ahí a Belfast (Irlanda del Norte); vía ferry hacia Glasgow, ya en Escocia, luego Edimburgo cerrando el circuito nuevamente en Londres. Fueron cuatro semanas que quedarán grabadas en mi memoria.

El tren fue el medio que me permitió tener una vista, por cierto general, de la ondulada campiña inglesa, entrever las costas del Mar del Norte, ver a tantos grupos a campo abierto practicando esa especie de deporte nacional que es el golf. Y un poco más allá, reducidos rebaños de ovejas contrastadas con el verde brillante de los campos cercados.

Eran comienzos de primavera en el hemisferio norte, para mi una fría estación allí en la cual ocasionalmente brillaba el sol, en realidad muy pocas veces. Entendí por qué a los ingleses se les adjudica la creación del paraguas.

Las vías, los “caminos de hierro”, esos que en nuestro país fueron abandonados al amparo de la desidia política ornamentada por tanto discurso “berreta”, allí me permitieron viajar con máxima comodidad y previsibilidad. Lo que entre nosotros se despilfarró, allí se mostraba con un nivel de excelencia que producía perplejidad. De esos trenes que en nuestro país fueron construidos, en su mayoría, por el capital inglés un siglo atrás, dando vida a tantas regiones, atravensando paisajes desolados, solo quedan gastados recuerdos y estaciones muertas. La “viveza criolla” que le dicen.

El enorme y trajinado aeropuerto de Heatrow me dejó pasmado. Ciento cincuenta vuelos diarios hacia los cuatro puntos cardinales del globo terráqueo y todo previsible, ordenado y limpio.

POR EL CURSO DEL TÁMESIS

Londres, enorme ciudad con avenidas, calles, callejuelas, distantes de cualquier retícula geométrica, se asemeja quizá a una telaraña con subdivisiones menores, cortada por el río Támesis. Así y todo, cuando me ordenaba mentalmente y prestaba real atención a las indicaciones, llegaba a destino sin conflicto alguno. La gentileza de la gente para conmigo ante cada dificultad, la multiculturalidad en sus calles y comercios, las bellas plazas y parques donde es imposible encontrar ni tan siquiera una colilla de cigarrillo en el césped, en las veredas, en los canteros.

Anduve a mi aire desde el hotel, caminando, mirando, preguntando aquí y allá hasta toparme una y otra vez con el mítico Támesis. Desde el puente de Waterloo hacia la rotonda de Trafalgar, plaza símbolo, en cuyo centro se yergue la altísima columna coronada por la estatua del Almte. Nelson, héroe nacional de esa batalla naval que liquidó el poderío de la Armada Española a comienzos de la Edad Moderna.

Enfrente, la National Gallery of Arts. Con el ingreso libre, como es de rigor por esos lados, recorrí sus salones despaciosamente. Volví otras veces admirando sus colecciones. Pinturas solo vistas en libros que alimentaron tantas veces mis sueños de supuesto artista plástico.

Desde Trafalgar, caminando sin apuro y ya provisto de una tradicional gorra, hacia el Pal Mall. Me iba acercando al Palacio de Buckingham. En los parques aledaños, decenas de personas recostadas en reposeras públicas, dispuestas a disfrutar del incipiente y mezquino sol. Muy cerca, multitudes de turistas, cámara en mano, esperando presenciar la ceremonia del “cambio de guardia”. Largo rato viendo ese espectáculo que en nuestro país tiene como protagonistas a los granaderos.

Volví luego de un rato hacia Trafalgar. Me acomodé en un espacioso bar para tomar un chocolate -sin churros, por supuesto-. Muy cerca escuché el sonido de nuestra lengua, tópico que mucho extraño en mis viajes. Cordobeses ellos, intercambiando comentarios. Eran turistas como yo.

Al retirarse, noté que la dama guardaba subrepticiamente en un bolso de mano los cubiertos de su desayuno. Un souvenir ¡de plástico! La picardía criolla, esa que tantas veces nos etiqueta, tan vista en otros lados y que es motivo de la pésima fama que todos los argentinos nos ligamos “de rebote” en nuestros andares por el mundo.

“Para nosotros los europeos, los argentinos son mentirosos y ladrones”. Me lo dijeron hace muchos años en Madrid, cuestión que se sostenía con estupideces como la observada en esa cafetería. Por la calle Holborn hacia la Catedral de Saint Paul, enorme, magnífica, que me dejó alelado. Cumplí con mi ritual personal en ese lugar y salí con rumbo hacia la Tate Modern Gallery. Las colecciones a la vista me parecieron, salvo algunas especiales obras al ingreso, de una petulante trivialidad, siempre acompañadas por textos en los muros que explicaban “qué había que mirar y apreciar”.

En una sala, un cerco muy grande delimitaba el espacio que exhibía una pila de bolsas de papas y muchos otros tubérculos desparramados. Una “instalación”. La gente pasaba sin prestar real atención, codeándose. Pregunté a un custodio femenino de la sala. Resultó ser una española quien, ante mis preguntas, respondió de modo rotundo: “Pues, esto es una m… A nadie le interesa ni importa”.

Harto de ver tan vacía presunción salí con rumbo al Támesis. A lo lejos, la Torre del Big Ben y más allá la Torre de Londres. Viví el placer indescriptible de escuchar el concierto de carrillones del mediodía. La abadía de Westminster se recortaba contra el cielo como una estampa intemporal.

Perdí momentáneamente la orientación en esas calles que se cortaban, abriéndose en cinco esquinas diferentes. Algo así como el barrio en que vivo. Me topé con un vehículo que repartía comida caliente para los “homeless”. Una veintena de hombres esperaban su ración. Conversé con un desocupado; resultó ser un boliviano, sin trabajo en su país, emigrado a Londres donde seguía siendo un desocupado en un país extraño. Un mendigo con sus petates, acomodándose para pasar la noche en un portal. A su lado, un vasito para recaudar alguna limosna, con un cartel al lado que explicaba su situación. Vi a muchos, tanto en Londres como en otros lugares. No interpelaban a nadie. Solo estaban ahí en silencio y a la espera.

 

EN IRLANDA

Mi próximo destino fue Dublin, bella ciudad relativamente pequeña en comparación con Londres. La capital de Irlanda del Sur celebraba el centenario de su independencia del reino de Inglaterra. Celebraciones aquí y allá. Presencié espectáculos de real interés para mi, un ignorante del tema que para los lugareños era fundante.

Caminé junto a las riberas del río Liffey que corta la ciudad en dos. Cada cien metros, un puente que une las dos partes. Visité colecciones y lugares simbólicos. La esquina con el Bar de los Poetas al final de la peatonal O’Conell.
Un poco más allá, la estatua en bronce del mítico escritor James Joyce y muchos otros monumentos simbólicos de referencia nacional e internacionaL.

Llamó mi atención la estatua homenaje a Molly Malone, la vendedora callejera de pescados que oficiaba de correo clandestino en tiempos de los enfrentamientos de la Guerra de los Ingleses. Muy cerca, “la fuente de Remembranzas” con sus jardines y bancos para sentarse y reflexionar. Un lugar conmovedor. En una esquina cercana, una plazoleta con un jardín cercado. Estatuas en homenajes a los niños caídos, muertos en la guerra antes señalada.

Llegué en mi deambular hasta la Crist Church – Catedral católica, deslumbrante exponente de la arquitectura gótico-inglesa del medioevo. El interior, literalmente deslumbrante. Pude acceder a los subsuelos, a la construcción de base, y apreciar sus colecciones maravillosas.

Salí con rumbo a la cercana Catedral de Saint Patrick, maravillosa construcción medieval refulgente en su esplendor. Asistí a una ceremonia. No podré olvidarla seguramente.

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