Manzanas, peras y berenjenas en «La fuente de los deseos»


Textos. Graciela Audero.

En 2014, el Museo Provincial Rosa Galisteo de Rodríguez organizó una muestra individual de Nydia Andino: «La fuente de los deseos», exposición integrada por pinturas y objetos que la artista había recortado, pegado, pintado, modelado, impreso en papel y vinilo, trabajado con resina, fibrofácil y polifán; creaciones que se inscriben en las vanguardias artísticas.

Entre las obras, un tríptico pintado en acrílico sobre tela, titulado con el mismo nombre de la muestra, fue la insignia del evento. La escena, donde se encuentran dos amantes desnudos, representa un lugar idílico: clima caluroso y agradable, fuente en la que fluye agua del río Paraná, abundancia de frutas, algunos animales… Se trata de un espacio mítico, cargado de sensualidad y erotismo, en el cual un hombre y una mujer son libres de comer uvas, bananas, granadas, peras, manzanas, seducirse y amarse, olvidándose de la enfermedad y la muerte. Pero en la representación de semejante paraíso terrenal también hay una serpiente, un gato y un pájaro. La serpiente enrollándose en una manzana: ¿alude a la tentación irreprimible? ¿Simboliza el engaño amoroso o la fertilidad? ¿Evoca los pecados de gula y lujuria cometidos por Adán y Eva? Se sabe que, en todas las civilizaciones, la serpiente es portadora de un simbolismo polivalente. El gato, encarnación de la voluptuosidad, que mira fijo al espectador: ¿sugiere que debemos prevenirnos contra los peligros y trampas de la pasión amorosa y del placer? El pájaro volando: ¿es el mensajero de buenos augurios para la pareja protagonista de la obra?

La manzana es originaria de Asia Central y existen centenas de variedades, aunque el 90% de la producción mundial se concentra en una decena de ellas. Hoy se intenta recuperar antiguas variedades, puesto que muchas de estas poseen más antioxidantes que las comerciales de este tiempo, resultado de cruzamientos en los que el valor nutritivo no ha sido considerado.

La manzana más célebre de la mitología es la que se disputan Venus, Minerva y Juno y que el pastor Paris atribuye a la diosa del amor. Poco después, debido a elección de Paris, estalla la guerra de Troya. También en otra narración mitológica, la manzana tiene un papel importante, el de la victoria de Hipómenes en la carrera contra Atalanta: para ganar, el joven astuto echa en los caminos del bosque tres manzanas de oro que le había dado Venus. Y Atalanta, atraída por esas frutas, detiene su carrera para recogerlas perdiendo la competencia. En la tradición bíblica, la manzana es la fruta prohibida del jardín del paraíso que Eva, incitada por el demonio, recoge y ofrece a Adán; la manzana deviene entonces símbolo de la caída del hombre; aunque ni en el Génesis 3, 1–24, ni el Cantar de los Cantares 2, 3 y 8, 5 precisan cuál es el árbol prohibido. Pero la manzana en la mano del Niño Jesús o de la Virgen María tendrá un significado opuesto como símbolo de redención y de salvación, a la manera del óleo «La Virgen María y el Niño Jesús debajo de un manzano» (1530) de Lucas Cranach el Viejo.

El peral, originario de Asia Central, data de la era neolítica; su cultivo comenzó hace más de 4000 años a. C. en China. Los romanos de la Antigüedad, que sabían podar e injertar el árbol, desarrollaron sesenta variedades en Europa. La pera, conocida en Grecia y Roma antiguas, es consagrada a diosas importantes. Pausanias cuenta que, en Tirinto y Micenas, las estatuas de la diosa Hera se esculpen en madera de peral. Por la forma de la pera, que evoca el vientre femenino, se la asocia a la diosa Venus, mientras Plinio el Viejo cita la «pera de Venus» entre las variedades que enumera. Fruta de pulpa dulce, la pera es portadora de la felicidad del bienestar y figura en representaciones de la Iglesia católica, como «La Virgen de la pera» (1526) de Alberto Durero.

Oblonga y carnosa, de color negro–violáceo, blanca o blanca con estrías violeta, de distintos tamaños, la berenjena tiene un origen misterioso; algunos afirman que es nativa de China, otros que nació en la India. Es un fruto de la familia de las solanáceas como el tomate y la papa. Se la conoce hace más de 4000 años, y tanto el cultivo como los cruzamientos permitieron mejorar su sabor amargo a través de los siglos. Recorrió largas rutas deteniéndose en Medio Oriente y, luego, en el mundo mediterráneo. Viajera incansable, la berenjena acompañó a los árabes hasta Andalucía, donde de Granada a Córdoba fue adoptada por las cocinas palaciegas, las casas humildes y las tabernas; era la «época de las berenjenas», dicen aún los historiadores para designar la España musulmana. El «Anónimo andaluz» del mismo período propone la receta de la boronía o alboronía, una preparación semejante a la ratatouille y a la caponata. En la estela de los españoles, llegó a América. El escritor colombiano Gabriel García Márquez canta su gloria en «El amor en tiempos del cólera». Las berenjenas son populares en la costa del Caribe colombiano y uno de los platos típicos del lugar es la boronía, que obtiene su nacionalidad sudamericana por agregar plátanos maduros a los ingredientes de la fórmula andaluza.

«Deseo de más», nombre de otro trabajo plástico de la muestra «La fuente de los deseos», es una gallinácea azul brillante, moldeada en polifán, tela, cola vinílica, pintura acrílica, marmolina y purpurina. Y junto al ave, dos huevos blancos, uno en el nido rosado en forma de flor y otro, en el suelo, compuestos con polifán, tela, cola vinílica y pintura acrílica. El título sugestivo de los tres objetos escultóricos interpelan: ¿deseos de la gallina de empollar y dar nacimiento? ¿Deseos de la autora de creer, como el poeta griego Eurípides, que las aves voladoras son «mensajeras de los dioses»? ¿Deseos de los espectadores de observar los vuelos cortos de las gallinas y, como los augures de Roma antigua, interpretar el destino? O quizás, simplemente, los huevos despiertan en los espectadores deseos de prepararse una tortilla o de saborear unos huevos revueltos.

El huevo tiene algo de fascinante y misterioso. Su núcleo cremoso y amarillo, envuelto en la clara translúcida, contenidos en la cáscara de un ovalo perfecto, es un alimento nutritivo y delicioso. De él nace un ave pequeña después de haber sido incubado por su madre, un milagro que ocurre sobre todo en primavera cuando se acrecienta la sensualidad de hombres y mujeres y se despiertan todos los deseos. Por eso, el huevo ha inspirado las mitologías y las religiones como símbolo de amor, de nacimiento y de renacimiento.

Para los Incas, el dios Huiracocha viendo el mundo sin hombres, pidió a su padre, el Sol, que poblase la tierra. El Sol le envió tres huevos: uno de oro, otro de plata y un tercero de cobre. Del huevo de oro salieron los caciques y los hombres; del de plata, las mujeres; del de cobre, el pueblo vulnerable. El taoísmo chino y el sintoísmo japonés aseguran que las deidades primordiales tenían el aspecto de un huevo de gallina partido en dos partes: la tierra y el cielo. En África, el huevo está relacionado con la dualidad masculino–femenino. En sociedades del Congo, la yema evoca los humores femeninos y la clara, el esperma. En otras sociedades, vecinas de las congoleñas, se prohíbe a las mujeres comer huevos por el riesgo de volverse estériles; y embarazadas, si no respetan la prohibición arriesgan dar a luz hijos calvos o sordos.

Las civilizaciones del Mediterráneo construyeron también varios mitos a partir del huevo, como el de Leda que al unirse a Zeus se transforma en cisne. De los huevos de Leda–cisne nacen los gemelos Cástor y Pólux, así como Helena de Troya. Entre los cristianos, el huevo está asociado a la fiesta de Pascua, símbolo de la resurrección de Cristo, del triunfo de la vida sobre la muerte, de la luz sobre la oscuridad. En el mundo ortodoxo, los huevos pintados de Pascua fueron y son un arte. El orfebre Peter Fabergé creó 50 huevos para los zares entre 1885 y 1916, verdaderas joyas fabricadas con oro y piedras preciosas. Los católicos festejamos la Pascua regalando y comiendo huevos de chocolate decorados, con pequeñas golosinas adentro.

RECETA DE LA BORONIA

Ingredientes: 500 g de calabaza, 500 g de pimientos, 1 kg de berenjenas, 1 kg de tomates, 2 membrillos, 2 cebollas, 2 cucharadas de vinagre y 10 cucharadas de aceite de oliva, sal y pimienta.

Pelar y cortar en trozos la calabaza, las berenjenas y los membrillos. Cocinar en agua salada, colar y reservar. Rehogar en aceite los pimientos y tomates (pelados, sin semillas y cortados) y la cebolla picada. Dejar reducir. Mezclar las dos preparaciones, agregar el vinagre, sal y pimienta y cocinar algunos minutos. Servir fría como entrada o caliente como acompañamiento de carnes.

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