Maternar los vínculos


Lucila Cordoneda y Rosario Angeloni -madre e hija respectivamente- trabajan en su emprendimiento lado a lado. En esta nota nos cuentan cómo es ser socias formales siendo también familia.

Textos: Revista Nosotros. Fotos: Julián Reynoso.

“Nuestro proyecto fue la forma que encontramos de habitar un vínculo madre e hija desde otro lugar y en otro momento de nuestras vidas. Un vínculo que en sí mismo contiene y preserva modos, mandatos, vínculos amorosos conservados y enriquecidos de generación en generación”, arranca Lucila.


“Vivimos Batahola como un acto de amor. Un forma de maternar propia, nuestra, que mientras acuna y protege, sueña, proyecta y trabaja. Este emprendimiento resume esa fuerza poderosa, ese flujo de energía maravillosa que cada ‘tribu’ tiene y que trasciende las generaciones”, amplía.


Los vínculos van modificándose, resignificándose e incluso reconstruyéndose a lo largo de la vida.


“El ‘modo socias’ además de permitirnos un vínculo diferente, a mí me develó un ‘otro’ diferente. Me ubicó frente a una mujer. Uno siente, muchas veces orgullo de sus hijos, el reencontrarnos en este momento de la vida y en una nueva forma de relación, lo que sentimos también es diferente. Es un orgullo que tiene más que ver con lo que ellos fueron capaces de superar y lograr que con aquello que nosotros tuvimos que ver en ese proceso. Es como el orgullo de haber mantenido viva una promesa”, describe Lucila.


Ese deber casi cumplido de criar y educar amorosamente, las encuentra a ambas ahora como iguales y con un prospecto compartido.


“Respecto de la construcción del vínculo, cuando se trabaja en un proyecto conjunto es la parte más difícil, porque el vínculo sigue siendo el de madre e hija. Entonces, cuando emprendés otra tarea, cuando te encontrás en otra situación, como en este caso que somos socias, hay construir un diálogo no desde cero, pero casi. Porque es una relación de iguales. No es lo mismo con la asimetría que tiene esto de ser madre e hija. Acá somos iguales, con tareas, funciones y saberes distintos, esto se torna diferente. Y es clave el respeto, más que nunca una tiene que echar mano a todo lo que aprendió o dijo saber en relación con la construcción de una relación saludable, de un vínculo amoroso con respeto. Por eso es fundamental saber cuál es el rol que cada una tiene desde este lugar.

Para mí fue un hallazgo y un real aprendizaje porque uno tiene matrices muy fuertes con que es el adulto el que sabe o es el que se erige en el lugar del saber. Y en este nuevo vínculo, que comienza desde la igualdad, la simetría, a mí fue a la que más me costó correrme del lugar previo, de quien da la indicación o da la orden de lo que se tiene que hacer. Me ubicó en un lugar completamente distinto, de un gran aprendizaje y de un total respeto a Rosario, en primer lugar como persona, como una mujer joven y ya no como una niña. Y además ver el saber, que en este caso, yo no tengo. Porque es ella quien está formada académicamente en esta empresa que tenemos juntas, que es el diseño. Ella es quien tiene el saber”, resume Lucila, con orgullo.


En este nuevo ámbito ambas se reconocen, se descubren una en la otra.
“Yo encontré de mí un montón de cosas en Rosario”, afirma Lucíla.
“Yo encontré las obsesiones”, dice categórica Rosario y ambas se ríen en coro. “El estar en los detalles, la capacidad de trabajo”- le sopla Lucila y vuelven a reir juntas-. “La paciencia…”, completa su hija.


“Ella tal vez no se da cuenta, pero para mí fue un descubrimiento, porque uno siempre al hijo lo ve como hijo, toda la vida. Y uno como padre siente la necesidad de ser quien se ocupe del sustento, entonces cuesta ver al hijo en el lugar del que trabaja. Para mí esto fue maravilloso, fue un descubrimiento, un reencuentro con Rosario desde otro lugar. Yo trabajé desde muy chica, viví todo un proceso de trabajo y estudio, entonces siento que se me escaparon algunas cosas de su crianza. Este proyecto se transforma en otra oportunidad, una posibilidad de reencontrarnos y descubrirnos a otras edades. Yo me perdí en una adolescente y me reencontré con una mujer que asume muchas responsabilidades”, dice Lucila.


“Creo que los vínculos, en distintos momentos de la vida se pueden construir, reconstruir, resignificar, se puede trabajar con una hija… Ahora dirá Rosario si se puede trabajar con una madre”- más risas. Rosario tercia: “es difícil, pero sí”. “Dale, Ro ampliá”, anima Lucila.


Y ella retoma: “Es difícil, un poco más que con otro socio, porque la sinceridad está sobre la mesa constantemente. Pero eso mismo también es lo bueno, no es lo mismo cuando con tu socio no tenés tanta confianza como cuando tu socia es tu mamá. Es más simple llegar a un acuerdo. Peleamos, discutimos y demás, pero generalmente llegamos a un acuerdo, por esto de tener ideas similares y gustos. Por compartir con la otra persona una forma de trabajo”.


“Cuando discutimos, discutimos como madre e hija”, explica Lucila. “No cuidamos la forma, nada. Ahora, cuando acordamos, también los hacemos dentro de nuestro roles, pero ahí es donde logramos el crecimiento. En el acuerdo sabemos que la discusión se da porque pretendemos mejorar el trabajo. Entonces, si bien discutimos visceralmente, sabemos que peleamos por cuestiones laborales, pero de manera familiar. Las dos siempre buscamos lo mejor y tirando para el mismo lado. Y aparece la cuestión generacional, por supuesto. Hay cosas que para mí son importantes y para Rosario no, o hay otras cosas, como por ejemplo, el uso de las redes… Este emprendimiento me acercó al uso de las redes, era algo que no estaba en mi mundo… De hecho, por eso también surgió Mal Aprendida. Pero yo llegué a este universo de la mano de Rosario. Ella me hizo ver el peso de las redes en esta sociedad”.


“En cambio en el ambiente de trabajo y en tratar de cuidar los detalles, le doy la razón a mamá”, afirma Rosario. “No es lo mismo llegar a un lugar que esté ordenado, que huela rico… esto fue gracias al vínculo y a la herencia medio obse, porque son cosas a las que antes no le daba mucha bolilla. Me di cuenta que mi mamá tenía razón en cosas fundamentales, desde el orden hasta respetar horarios”.


“En los roles en sí, yo estoy más ocupada con los temas de diseño, pero al momento de diseñar, el apoyo de mi mamá es fundamental. En las pruebas las dos vamos tomando decisiones sobre qué arreglar o ajustar… nos probamos las dos la prenda, las dos opinamos… Y después colabora mi papá con la parte de finanzas y números, que es la parte que más nos cuesta”, prosigue.


Después, en cuanto a la imagen de la marca en las redes, también se complementan como equipo: Rosario cuida la imagen, las fotos, la vidriera y Lucila transcribe en palabras. Y generalmente ceba mates también.


“¡Y a veces nos tomamos un Aperol!”, cierra Lucila y vuelven las risas.

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