Miguel Ángel Gavilán: artesano de las letras


Escritor, docente, conductor de Los Fantasmas de la Colmena y de Dos Lectores, micro que se emite por la señal Veo Santo Tomé, apasionado por la literatura y por la difusión de los autores locales, se define como un trabajador de las letras. Y leonino. En esta nota, nos cuenta un poco de cómo su vida transcurre entre textos y actividades.

Textos. Romina Santopietro. Fotos. Pablo Aguirre.

Estos tiempos de pandemia han afectado la forma de trabajar y relacionarse. Esta nota se hizo como un híbrido entre mails, mensajes de WhatsApp y llamadas. Pero incluso a la distancia y por medio de soportes digitales, Miguel Ángel contagia su entusiasmo y amor por la literatura en general, y sobre todo, de nuestra zona.

Es integrante de la comisión de ASDE, la Asociación Santafesina de Escritores, desde donde surge también como ámbito de difusión el programa radial Los Fantasmas de la Colmena. «Comenzamos hace dos años en la radio 96.3 y ahora estamos en la Sol, aunque este año por la pandemia, decidimos interrumpir las emisiones hasta que esto pase. Empezamos con 40 minutos de aire, después nos extendimos a una hora y media, y luego a dos horas. Se les abrió la puerta a todos los escritores locales, para dar a conocer las publicaciones y las actividades que estaban llevando a cabo. Creo que los espacios de difusión de los escritores y creadores locales son muy necesarios» comenta, haciendo un brevísimo resumen.

«Yo me formé en un lugar donde todo se hace a pulmón en las letras. Por eso considero que generar espacios para difundir lo que se hace en mi región es algo útil, además de necesario», explica.

Arranquemos con una mini-bio. ¿Sos santafesino? ¿Dónde te formaste?

Soy santafesino. Nací y me crié en esta ciudad a la que me une un amor entrañable. Soy muy crítico con Santa Fe, pero la quiero mucho. Acá estudié, acá trabajo y acá soy feliz. No sabría vivir en otra ciudad. Yo lo atribuyo a la cercanía con el río. El fluir del agua, la costa, el olor del litoral me asimilan a un paisaje con el que me siento familia. No podría vivir en una ciudad seca.

Estudié Letras en la UNL cuando todavía estaba en calle 9 de Julio. Soy la última promoción en esa casa. Después la facultad se mudó a Paraje el Pozo. Fueron tiempos creativos. Yo venía de un Colegio muy competitivo y la Facultad fue un oasis. Al terminar el profesorado viví un tiempo en Rosario, pero después volví a Santa Fe y ya me quedé. Ejercí la docencia y guardo muy buenos recuerdos de esa actividad. Todavía hay alumnos, ya hombres y mujeres, que me cruzan por la calle y se acuerdan con alegría de mis clases.

¿Cuándo empezaste a escribir?

Desde siempre. Me acuerdo que en la primaria una maestra la llamó a mi mamá para felicitarla por una redacción mía sobre una semilla que germinaba. Calculo que a los 15 ó 16 años me picó el bicho del oficio y fue ahí que empecé con talleres literarios. En aquella época no había tantos lugares para ‘aprender a escribir’ así que empecé a contactar gente para que me dieran herramientas. Dí con buena gente que me cuidó. Por eso, de hecho, seguí.

¿Quiénes son tus referentes literarios?

Muchos. Tendría que hacer una lista tipo guía telefónica. Hubo autores que me deslumbraron y que con el tiempo, perdieron brillo. Otros me dejaron frío en un primer momento y años más tarde se me volvieron verdaderos faros. Nombrar a uno o dos es injusto. Nombrar a todos, imposible. Los poetas argentinos del ’40 me conmueven. Algunos españoles como Lorca, Miguel Hernández, Antonio Machado. En narrativa, Puig, Onetti, Faulkner, Mateo Booz… ¿Ves? siempre es injusto. Quedan muchos afuera, pero están en mí.

¿Qué te inspira?

Yo no creo mucho en la inspiración. pero tampoco ando al rastreo de temas para escribir algo. Me parece que escribir es un trabajo. Un trabajo artístico y, como todo trabajo, lo esencial es sentarse y hacerlo, sino no avanzás. Hay, sí, hechos que llegan y detonan la escritura, pero eso no pasa siempre. Las emociones tienen su maduración. Cuando están preparadas, se vuelven textos.

¿Tenés algún ritual para comenzar a escribir?

No. Me pongo y escribo. Si pasó mucho desde la última vez que terminé algo, me cuesta un par de días ponerme en carrera. Una vez que esto ocurre, todo fluye.

Contame sobre tus libros.

Tengo algunos libros publicados. Hace unos años, en 2017 gané con «Escorzo» el premio Municipal. Esa novela había sido preseleccionada en 2011 para el Premio Emecé y es un texto al que quiero mucho porque, amén de darme satisfacciones, marca el inicio de una serie de recurrencias temáticas que, sin quererlo yo, fueron replicando en mi producción posterior. Es mi novela sobre la maternidad. Esa nena que sale del cuadro pintado por Murillo en el 1600, pasa por distintas épocas y provoca situaciones, algunas risueñas, otras, terribles, buscando una madre ausente, traza la circularidad de un útero perpetuo.

Este año salió otra novela «Viaje al fin de la sangre» (Voria Stefanovsky Editores) que no pude presentar por la pandemia pero que ya está en librerías. Mi editor leyó «Escorzo» y me preguntó si tenía algo para publicar. Le di «Viaje…» y le encantó así que cerramos trato para darla a conocer. «Viaje…» es una novela muy santafesina. La historia se mueve en torno a un grupo de mujeres que asisten a un taller literario y entablan, de diversa manera, relaciones con el coordinador, un poeta viejo y confundido. Hay una hija que busca un padre, un padre que no quiere ser encontrado, un hijo que es una hija, una madre que abandona y otra que miente, en fin: hay vidas.

Y hace unos días recibí la hermosa noticia de que, en México, en una convocatoria de Editores Mexicanos Unidos, habían seleccionado para publicar una novela para adolescentes titulada «La sombra del roble». A grandes rasgos este texto trata la relación de dos chicos, en un pueblo, donde uno de ellos tiene dos papás. Fijate qué sabia y qué justa que es la vida. Yo escribí este texto ni bien salió la ley del matrimonio igualitario, uno de los logros más importantes que tuvimos en la Argentina. Cuando la dí a leer, hubo gente que la criticó mucho, que no la entendió. Sin embargo, dos personas, una escritora de Rosario y un lector de editorial Haique me aconsejaron que no la publique en ese momento porque iba a pasar por un texto oportunista y no lo era. Y es verdad. Lo dejé avanzar solito y ahora llega a la publicación y con premio.

También este año, viene recargado mi 2020, salió un libro de sonetos «Historias del encierro» (Cuadernos «Luzazul»). Tampoco lo presenté, pero es un hermoso reencuentro con la poesía a la que había años había postergado.

Ahora hablemos sobre el programa: ¿nace con afán divulgador, o como homenaje a los escritores?

Cuando dejé la docencia me quedé muy vacío. Más que nada porque desde que me recibí supe que la función de un profesor de letras es la de difundir la palabra ajena. Amo la literatura Argentina porque es buena, porque con el poco tiempo de desarrollo que tiene (apenas dos siglos y chirolitas), es diversa, está bien escrita. Y hay mucha literatura nacional que no está descubierta por el lector común. Ni hablar de la obra de nuestros escritores santafesinos. Así que un día me contacté con la productora y les dije que quería hacer un micro donde un escritor vivo hablara de un escritor fallecido. Los chicos de Genkidama, Juanpi y Clemar, se engancharon y le dimos forma a un sueño. Empezamos este año grabando desde El Carmen y después, gracias a Don Covid, a grabar desde casa. Para mí es una alegría enorme hacer «Dos lectores» porque siento que se está privilegiando la conversación, la vivencia de la lectura, la conmoción ante lo bello. Pero además no hay programas donde escritores hablen de escritores, donde muestren lo que hacen y sean reconocidos. Me gusta la gestión cultural, me gusta ayudar a que se los visibilice la literatura de mi ciudad.

¿Qué te hace feliz?

Generar espacios para otros.

¿Cuáles son tus miedos?

La dejadez, la quietud mal entendida. Ese hacer lo mismo por años hasta que ya no tiene más sentido ni valor.

¿Cómo te autodefinís?

Leonino, jaja. Libre, afortunadamente libre.

El rol docente

«En 2002 comencé a dar clases mientras trabajaba en una oficina pública, mantenía dos trabajos. A mis alumnos les llevaba mucho cine, y del bueno… Recuerdo que mirando ‘Todo sobre mi madre’, trabajando sobre género y pluriculturalidad, los chicos me dijeron ‘profe, nosotros con el único que vemos estas películas es con usted’. Sentí que les estaba dando acceso a eso que faltaba, ese pequeño saltito cultural, esa cosa de la elección de poder ver otra cosa. Una parejita de alumnos me dijeron yo estudié letras por usted. La docencia se hace de pequeños momentos donde tocás corazones y no te das cuenta… Esos momentos son los que construyen la vida», define, y la emoción se trasluce en su voz.

«Los chicos aprenden por mirar el entorno, por la copia. Yo les decía que tengan aunque sea un estante del ropero, o de la cocina, donde sea, tengan el espacio para libros que ustedes recuerdan queridos. El gusto por la literatura comienza así. No se genera obligando a leer los clásicos a un niño. Si no se ve el ejemplo, no se genera la curiosidad en el niño para asomarse a la lectura. En mi familia, mis padres y mis primas y mis tías leían mucho. Ellas leían novelas largas y yo quería también leer novelas largas… También tuve la suerte de tener profesoras que me incentivaron a la lectura. Pero además, la literatura no llega solo por los libros. El cine y el teatro intrigan y llevan a buscar los originales», reflexiona.

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