Mudarte cada finde


Por Eugenia Román

Siempre que hablo de mi trabajo cuento de todo lo lindo que me parece, de lo genial que es poder hacer esto que tanto nos gusta. Comento de lo hermoso y divertido que es poder decorar y transformar diferentes lugares, incluso fuera de la ciudad y hasta en otras provincias. Llegamos a rincones de Chaco, Entre Ríos, Buenos Aires, Mendoza, Corrientes y toda Santa Fe.


Genera adrenalina entrar a un galpón desolado y en el transcurrir de las horas verlo convertirse en eso que planeamos mentalmente. Viajamos con camiones, camionetas; nos alojamos en casas, hoteles, departamentos, hostels, cabañas y hasta moteles en una ocasión en que el rincón al que fuimos no tenía otro tipo de hospedaje.


Pero -porque todo tiene un pero- cuando los demás nos preguntan sobre lo que implica nuestro trabajo en temporada la mejor pregunta-respuesta que puedo hacerles es: ¿Alguna vez hiciste una mudanza? Y ahí la mayoría responde que sí, al menos una vez en su vida hicieron o participaron de una. Y ahí vuelvo a preguntar: ¿Y te gustó hacerla…? Casualmente, la gran mayoría coincide en que no fue lo más lindo que le pasó en la vida.
Ahora bien, imaginen mudarse cada fin de semana. Y no hablo de un bolsito con ropa y la almohada bajo el brazo, hablo de mudanza completa.


Imaginen que nosotros embalamos objetos pequeños, frágiles, los trasladamos en cajas con cuidado, cargamos y trasladamos muebles, los limpiamos y colocamos en orden armónico en un nuevo espacio. A veces incluso llevamos más cosas de las que se lleva a una casa tipo, cuando hay que sentar a más de 100 personas en livings, ponemos mantas, almohadones, alfombras, farolas, grandes lámparas y artefactos de iluminación, instalaciones eléctricas para iluminar jardines…

Ultimamos detalles como velitas, jarrones, platos, espejos, cortinas en una gran y nueva casa que esta dispuesta a recibir muchos invitados ese día.


Ahora, imaginen que esas personas solo vivirán y disfrutarán de cada rincón de esa casa por un máximo de 12 horas. ¡Y no solo eso! Imaginen que durante ese festejo y la casa quedó -como bien se dice- “patas para arriba”… Ahí volvemos nosotros, para guardar nuevamente, embalar, desconectar y descolgar cada cosa colocada.

Para cargar nuevamente todo en el transporte y emprender otro viaje de regreso… Y esperar tan solo unos días, o a veces unas pocas horas, para volver a emprender la vorágine de una nueva mudanza. Y así, cada fin de semana.


Pero como siempre me encanta ver el medio vaso lleno, les cuento que esas pocas horas vividas y disfrutadas valen la pena y el esfuerzo ¡más que nada!

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