No sabemos ¿entonces? tememos


Por Lucila Cordoneda.

Aterra comprobar que aquello que tanta seguridad nos otorgaba con su solo enunciado, hoy sea puesto en jaque una y otra vez.

¡¡¡Ahí van señoras y señores, mis certezas!!! De boca en boca vapuleadas y menospreciadas como los más falaces argumentos.

Ahí van mis precisiones, mis juicios y sentencias, tan firmes, tan evidentes, tan, tan, tan elocuentes.

Ahí van intentando aferrarse con uñas y dientes al poco poder que les cabe. Ese que se alimenta de negaciones, desinformación y presunciones tan egoístas como necias, tan presumidas como obcecadas.

Hace poco, como parte de un juego, me tocó esconderme en un lugar que desconocía. La única luz presente, literal, era la poca que proyectaba la luna.

En un momento determinado sentí que no podía moverme más.

Estaba paralizada, inmóvil, desbordada por esa quietud demencial que provoca lo desconocido.

¿Y todo por qué? Porque no tenia la más pálida idea de lo que había más allá. De cuáles eran las paredes que me contenían, de cómo era el suelo que me mantenía en pie, de quién más respiraba el aire que me sostenía viva y alerta.

No sabemos ¿entonces? tememos.

Cuánto más conocemos acerca de algo menos lugar le resta al Miedo.

Creo que todos coincidimos en esto ¿no?

La información, sin embargo, parece fluir vertiginosamente.

Nos arrastra, nos sumerge en infinitos remolinos de conceptos, ideas, imágenes, juicios.

Nos zambulle una y otra vez en un lodazal de contenidos y sentidos que, en cada impresión que dejan no hacen más que recordarnos lo incontinente y el sinsentido de todo eso.

Todo (o nada) es solo una ilusión.

Creemos comunicarnos cuando en realidad estamos muriendo de incomunicación en un mundillo que, huele a datos más allá de los datos.

¿Será que nuestras relaciones han devenido simplemente en eso?

¿Será que nosotros nos hemos transformado solo en eso?

Datos.

No lo sé, querida Mal Aprendida mía, de verdad que no lo sé.

En esta carrera desenfrenada por ostentar la espada de la Justicia, cada uno va vociferando sus verdades a costa de todo cuanto se cruce por su camino.

A veces aceptamos la realidad tan mansamente como un niño acepta ser acunado o alimentado.

Creemos, consumimos, deglutimos noticias y novedades casi como una necesidad fisiológica y natural.

A modo de alivio preferimos creer que nada ha cambiado.

Otras, nos enfrentamos desmesuradamente a cualquier intento de juicio acabado, de imposición de verdad renovada o certeza resignificada.

En fin amigas mías, para ser coherente con el hilo de este texto un tanto desprolijo en su derrotero y sin intenciones de un enunciado brillante solo me queda decir que, de tanto ir tras la verdad, de tanto intentar mantenernos erguidos sobre el Olimpo mostrando los dientes e inflados de ego, hemos perdido de vista, quizás lo más valioso de todo este berenjenal, el deseo del saber, la capacidad de escuchar.

Últimamente nos anda erotizando más despedazar al adversario (muchas veces la pobre y agónica verdad) que disfrutar la contienda, saborear los entredichos, fundamentar los argumentos.

Digo, de pronto, me parece dijo el Muñeco.

Enfréntalo.

Averigua investiga.

Tiempo de cambios de paradigmas.

Nos atormenta, nos da tanto miedo que preferimos hacer de cuentas que nada ha cambiado.

Y ahí justo ahí es si de metemos la pata hasta el fondo.

En tiempos de sobreinformación andamos desinformados.

Sabemos de todo y nada.

Todo es nada decía mi profesor de Filosofía.

1Morimos de desinformación.

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