No te transformes en lo que dolió


por Lucila Cordoneda

Transitar el dolor requiere valor. Un valor muchas veces imperceptible, un valor que, en general, desconocemos poseer.


Y esto, claramente, no puede ser en vano.


No hay posibilidad de que semejante esfuerzo solo valga el instante.


Cada nuevo dolor va haciendo las veces de GPS, nos reubica, nos reposiciona y nos vuelve a direccionar. Las metas cambian, los objetivos que otrora parecían imprescindibles se van desdibujando hasta desaparecer y van dando permiso a otros, nuevos y urgentes.


Cada nuevo dolor va clausurando y habilitando, va suturando y lacerando, va mostrándonos que la única alternativa posible de sobrevivir es lograr hilvanar magistralmente cada uno de estos retazos y que, cada parte tiene un sentido, una razón de ser.


Cada nuevo dolor, aunque inaugural en apariencia, contiene en sí la esencia singular de los dolores a priori y se va conformando medularmente, de los infortunios pasados.


Cada nuevo dolor, en su génesis, nos arranca la palabra, nos deja mudos, indecibles. Es impronunciable al comienzo pero se vuelve verbo, simiente.


Creo que la vida es eso que se va tejiendo entre dolor y dolor.


No hay chance querida Mal Aprendida… el dolor enseña o mata.


Nos ahoga en el sufrimiento, nos instala en esa deleznable posición para expulsarnos más valientes y curiosos a sus causas.


Hacerle sitio no necesariamente es aferrarnos a él.


Transitarlo sin detenernos, aun clavadas en un arenal que nos devora.
Porque el dolor, inevitable y existencialmente, tiene fecha de vencimiento. Pasa.


Porque no podemos decidir que duela o no, pero sí podemos elegir qué sufrimiento batallar.


El dolor vivido nos constituye, nos atraviesa, pero no nos determina. Somos más que eso que tanto nos lastimó, y somos más, mucho más que aquellos que pudieron causarnos algún padecer. No somos ese dolor.


Nada puede transformarnos, ni en dolor, ni en aquello o aquel que lo causó.

“Un dolor así, dolor del alma, no se quita con remedios, terapia o vacaciones; un dolor así se sufre simplemente a fondo, sin atenuantes, como debe ser”.

— Isabel Allende, El cuaderno de Maya
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