No todo el oro brilla


Por Lucila Cordoneda

Son tiempos raros, difíciles, con jornadas que se parecen más a episodios de Relatos Salvajes que a los de algún culebrón romántico.


Y en este berenjenal toman el protagónico, como me habrán leído ya varias veces, gurúes del buen vivir que vienen a asegurarnos que, “si nos lo proponemos lo logramos”, “que nos aceptemos como somos, nos valoremos y queramos”, que “salgamos de nuestra zona de confort y nos lancemos al infinito y más allá”, que “soltemos no sé qué cosas y agarremos no sé qué otras”, porque allá, justo allá (no sabemos muy bien dónde) está el secreto del elixir de la vida.


Veamos, ¿está mal todo esto? No, pienso que todo lo que nos pueda ayudar, nos haga sentir mejor, nos alimente espiritualmente etc, no puede estar mal. Pero a veces, puede ser peligroso.


Un mirada en exceso romántica del trabajo ideal y súper cool, la vida, la pareja, el cuerpo, los looks, la casa, la deco, la crianza de nuestros hijos y hasta la forma en que debemos relacionarnos con todo eso y con cada uno de los que nos acompañan en este derrotero, también puede ser muy peligrosa… y frustrante.


Si bien he dicho y sigo diciendo que a la esperanza hay que ayudarla, hay que trazar un plan para salir de donde estamos si esto no nos hace feliz, también digo… no necesariamente tiene que ser una cosa u otra.


La clave mal aprendida mía sería algo así como lograr un mix saludable y reconfortante entre mi presente real y vivible y la visión que tengo de mí y de mi vida como “ideal”.


¿Fácil? Para , pero posible.


Hay excepciones, obvio, hay presentes que pueden ser más desoladores o asfixiantes que otros, pero difícilmente todo esté patas para arriba en él. Siempre hay algo a lo que uno puede aferrarse, ¿el amor está flojo? El trabajo, quien te dice, está un poco más estable… ¿el espacio de trabajo no ayuda? ¡Oh casualidad! Tenemos una vida propia, plena y llena de proyectos. Hay momentos en que todo parece que viene de nalga, lo se, pero siempre, siempre, hay un mojón donde pararse, contemplarse y refugiarse.


No todo el oro brilla, ni todo lo que vale la pena se presenta con tanta fanfarria, no todo lo que sucede en nuestras vidas es “de revista” y por ahí nada lo sea, según los standards sugeridos ¡¡¡y está bien que así sea!!!


A veces siento que “la felicidad” está sobrevaluada. Todo a nuestro alrededor pretende hacernos creer eso. Tips, consejos, sugerencias por doquier intentando convencernos que de esa superficialidad inmediata e instantánea dependerá nuestra digna existencia.


La vida, sin embargo, se empeña en meterse en nuestro camino, y demostrarnos lo contrario.


¿Cuántos de nosotros hemos crecido al arrullo de historias de lucha, de trabajo y perseverancia, contadas por nuestros abuelos y padres? Historias que nada tenían de “instagrameables” y cuyos únicos tips tenían que ver con ser dignos, ser honestos, y campear cuanta tempestad se nos presentara.


No estoy diciendo con esto que todo tiempo pasado fue mejor, que los jóvenes de ahora no sé qué… ¡no! Todo lo contrario, lo que digo es, cuidémonos más, seamos más criteriosas, elijamos bien qué batallas queremos dar, tengamos la mente clara y fresca para pasar por la zaranda, para quedarnos con lo que realmente tiene que ver con nosotros, con nuestra vida y nuestros deseos reales y profundos. Elaboremos nuestros propios tips, más de acuerdo a nuestra esencia y no a la que nos dicta el deber ser de las redes, los medios y nuestro propio entorno.


El camino de la autoaceptación (que no es resignación) es largo, y a veces (muchas) doloroso, pero necesario hasta la médula, lleva tiempo y ayuda (entendamos esto también).


Paremos un poco con tanta brillantina y saquemos más brillo a aquello que hemos dejado envejecer pero que nunca “pasa de moda”, solo es vintage y eso, mal aprendidas mías, también puede ser muy cool, solo basta con descubrir qué es lo que queremos hacer brillar realmente.

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