Por las calles que recorrían el Golem, Kafka y Hrabal


“Síndrome Praga” es el diario que un joven porteño escriba a partir de su arribo a esta “ciudad mágica” que poco a poco termina dibujando el nítido mapa de su vaticinado destino.
Textos. Enrique Butti.

El porteño protagonista de la novela “Síndrome Praga”, de Juan Pablo Bertazza, conoce casualmente a una checoslovaca y por primera vez oye mencionar a Praga. Se informa en Google y ahí se engancha en una publicidad que busca guías y promotores de turismo de habla española para trabajar en la ciudad a la que poco después llega con apenas el nombre de un hotel, su calle y numeración. Sus aventuras personales y laborales coincidirán con un singular fenómeno que sobreviene en el lugar: en la frente de algunos ciudadanos pueden verse, bajo ciertas condiciones lumínicas, cuatro cifras que indican el día y el mes de su cercana muerte.


La novela en cuestión es el diario que alguien aconseja al joven que escriba desde su arribo a Praga. Y con la ignorancia y torpeza de este argentino que no sabe una palabra de checo entramos a recorrer la ciudad que no en vano lleva la delantera en la lista de “ciudades mágicas” del mundo. El protagonista parece no saberlo (no ha leído siquiera algo de Kafka), pero el autor de esta novela que acaba de publicar Adriana Hidalgo evidentemente sí: tal como, gracias a Borges, Buenos Aires (o gracias a Joyce, Dublín) pulsean por un sitial destacado como “ciudad mágica”, la capital checa lo es por ese escritor que en otra lengua, el alemán, supo radiografiarla. Pero no solo por Kafka (como Borges no le bastaría a Buenos Aires, si no estuvieran también el tango, y la rara conjunción de alta metafísica y barbarie, y el vértigo horizontal del suburbio que entra en el campo, y Hernández y Sarmiento, y una nueva forma de la lengua española para amordazar sus ampulosidades) sino también por una tradición riquísima de escritores que supieron vivir sus calles, de Meyrink a Hrabal y Kundera, y sobre todo por una enorme tradición de leyendas.


De esas leyendas que pueblan a Praga descuella la que Borges contó y cantó varias veces, la historia del Golem, ese muñeco que el rabí Löw moldeó con barro del río Moldava y que, para que defendiera a su pueblo, le infundió vida grabando algunas cifras en su frente. Cifras o letras: “emet” (verdad) a la que bastó borrarle la primera (“met”: muerte) cuando fue necesario destruir a la criatura.


Sobre este rabí que creó al Golem corre otra leyenda, que sin entrar en detalles diremos que algo tiene que ver con la buena novela que nos ocupa, y que se refiere a la muerte singular del propio Löw. Un día el rabí sorprendió a un hombre alto y demacrado sosteniendo en sus manos una larga lista. Entendió que ese hombre era la Muerte, le arrebató el papel con los nombres de quienes debían morir en fecha próxima y lo hizo pedazos. Sabía que la Muerte buscaría vengarse y se construyó una especie de reloj que supiera avisarle cada vez que la parca se acercara para de esa manera escapar de sus garras.

Pasaron muchos años y en ocasión de un cumpleaños se presentaron para festejarlo discípulos y parientes. El emocionado talmudista se aprestó a recibir a sus visitantes olvidando su artilugio en otro cuarto. La menor de sus nietas le entregó el último regalo: una rosa. En el otro cuarto el prodigioso reloj tintineaba, inútilmente, sin lograr atravesar las paredes. El rabí se inclinó para aspirar el perfume de la hermosa flor y cayó muerto, porque en una gota de rocío sobre un pétalo se había escondido la Muerte.


Bertazza escribió una novela en la que su narrador (desprovisto de especiales luces y perspicacia, como los entrañables protagonistas buenazos que supo inventarnos Adolfo Bioy Casares) comienza internándonos por las calles y maravillas de Praga, y poco a poco, sin atisbarlo tampoco el lector, termina dibujándonos el nítido mapa de su vaticinado destino. Las contingencias de su peregrinaje se revelan señales que construyen una trama de efectiva precisión. Así como para los chicos abandonados en un bosque, o para quien entra a vivir en una ciudad desconocida, también para todos el azar, los accidentes y los sobresaltos son el pan de cada día, sin siquiera sospechar el mapa o constelación que nos guían desde las estrellas o desde la palma de nuestra mano, pero de una novela siempre esperamos descubrir al final una figura reveladora que la trama haya completado; la de “Síndrome de Praga” cumple generosamente esa expectativa.

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