El secreto del liderazgo


Textos. Psic. Gustavo Giorgi.

 

– «¿Y cuál pensás que es el secreto de tu éxito?”, le pregunta la periodista mientras lo mira con cara de seria… “La periodista” aclaremos, cumplió ayer quince años y lucía algo… como decirlo… distraída… Evidentemente pensaba más en su fiesta que en terminar el reportaje para el diario escolar.
– “Mirá, si de algo me enorgullezco es de haber formado un grupo de gente con mucho entusiasmo para el trabajo. Y no solo eso, sino que también los vi entrar a la empresa cuando no sabían ni para qué estaban y ahora miralos, son todos unos profesionales en lo que hacen”.

 

Entre pregunta y pregunta se fue pasando el tiempo, Mica volvió con sus amigas a su casa, a desgrabar la entrevista y pasarla en limpio para mandar al diario. Tenía la cabeza más revuelta que no se qué, y no solo del lado de afuera con todo el pelito enredado, sino también por dentro: Quince no se cumplen todos los días, viejo…

 

Ricardo fue a buscar su auto, chiflando como hacía siempre un tema de The Cranberries (un grupo irlandés cuya cantante le encantaba) y en el camino recordaba lo que había dicho durante la entrevista. “¡Al final, esa piba me hizo pensar!”, le dijo al guardia de seguridad cuando le abría el portón.

 

No era el dueño de empresa del clisé. Ese que parece ser un explotador, o que goza como chancho mientras cuenta plata encerrado en su despacho mientras sus empleados sudan la gota gorda junto a las máquinas. Era una persona como cualquiera, que había logrado la combinación ideal entre aptitudes/conocimientos; muchas ganas y ciertas condiciones económicas del país que lo catapultaron rápidamente de la nada al mucho. Y en esa vía, carrera de distintos tiempos que a veces se aceleraba y otras veces se hacía lenta, no había demasiado espacio como para mirar para atrás. “Yo no miro el retrovisor ni cuando estaciono” había dicho en un pos almuerzo de enero en el que el calor hacía caer los gorriones de los árboles al piso sin escalas.

 

Sin embargo ese día en el que las compañeras de escuela de su hija vinieron a conocer su fábrica y le hicieron tremenda pregunta, lo tomó mucho más en serio de lo que había supuesto y comprobó que es cierto eso de que los cincuenta lo agarran a uno más reflexivo.
Jamás se hubiera definido como un tipo exitoso. En todo caso, como un laburante al que le fue bien. Pero no mucho más de ahí. Sin embargo, a partir de ese día cayó en la cuenta de que efectivamente lo era. Ahora, el asunto era definir justamente eso: ¿Qué significa el éxito como líder?

 

 

ADN DEL LIDERAZGO

Entre tantas metas que los libros obligan a aquellos que les toca o eligen tener personas a cargo, pienso que, al igual que Ricardo, hay un objetivo que sobresale claramente por sobre los demás y es el atinente a la formación de los miembros del equipo. Formación que tiene dos ejes centrales: el primero, con relación a la transmisión de conocimientos y el segundo, vinculado a cuestiones actitudinales.
Respecto del primero, hay que marcar claramente la necesidad de enseñar a otros lo que uno sabe, pero también aquello que desconoce, permitiendo así lograr tres cuestiones fundamentales para la salud organizacional:

 

1. Que el saber no dependa de una persona indispensable y además, lograr por medio de una mayor democratización que la gente se involucre con sus tareas.

2. Hace crecer y madurar a los colaboradores, ya que portar más saber eleva al mismo tiempo la responsabilidad por las acciones y decisiones que se tomen. En otros términos, ya no podrán achacar errores a la ignorancia.

3. Determinar, por medio de una división clara entre decisiones estratégicas y operativas, que los Mandos Medios ocupen su tiempo para pensar en las primeras, que son las que en definitiva aportan valor a la empresa.

 

Finalmente, para que todo esto ocurra una condición es necesaria: Que se transmitan las experiencias de forma integral, lo que equivale a decir en palabras barriales “Que el líder no cuente solo las ganadas”. Es decir, que comente a sus subordinados los obstáculos y dificultades que se encontró en situaciones similares, no importando si pudo o no resolverlos.

 

Por otra parte, que asuma y se anime a pensar que quien reciba ese conocimiento no será un enemigo en potencia que solo querrá serrucharle el piso, sino que se transformará de ahí en adelante en un empleado más activo y autónomo.

 

 

La cuestión actitudinal aludida más arriba, tiene que ver con la imperiosa necesidad de obrar con el ejemplo. La mejor forma de poner en acto la remanida coherencia empresarial es hacer coincidir lo que se dice con lo que se hace. En ese sentido, pienso que existen pocas cosas más frustrantes para un personal que escuchar a sus jefes decir cosas tales como: “En esta empresa lo primero son los clientes” y luego ver con sus propios ojos cómo se los estafa sistemáticamente, prometiendo ventajas del producto que jamás podrán ser realizadas.

 

Por último, el compromiso. No conozco ni jefes ni dueños de empresa que en algún momento no hayan pedido esto a su gente. Sin embargo, la mayoría confunde su real sentido. Estar comprometido no significa, como me dijo un empleado una vez, “dar la vida por mi empresa”. Lejos de eso, se trata de tener presente las razones fundamentales por las que cada uno permanece dentro de una organización, y actuar en consecuencia. Concretamente, pienso que el compromiso consiste en privilegiar estas razones primarias por sobre nuestros impulsos. Entender que es más importante lograr estabilidad en el trabajo que reaccionar como un chico ante situaciones desestabilizadoras.

 

En resumen, yo no sé si Ricardo había leído algún libro de management o de liderazgo en su vida. Lo que sí puedo afirmar es que a partir de ese ingenuo reportaje de aquel día gris, cayó en la cuenta de que un par de cosas había hecho bien. Y lo más importante: también comprendió exactamente lo que quedaba por hacer…

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