Sencillo


Por Lucila Cordoneda

Una mañana cualquiera, la taza de café, el olor al pan tostado, la mecedora que mira al patio, idéntica vista cada día, diferente en cada amanecer. Las primeras brisas, algún río.

La vecina y sus hortensias, la barredora que inicia su trabajo cansino, las mismas bocinas, los mismos trinos callejeros, persianas en metálicos albores.

Los párpados pesados, el recuerdo de un sueño desdibujado, el milagro madrugando.

La vuelta a casa después de la faena, los abrazos por que sí, la bienvenida de mi perra.

La mesa que convoca y coincide, los compañeros de cada proyecto, la torta de naranjas, la radio, y cualquier cosa que tenga chocolate.

La ducha calentita, la cama tierna y nuestra.

Las chicharras, yo… descalza.

Los refranes, el helado y mis mayores.

Un sábado de otoño, aquellas sobremesas, algunas fotos viejas, los fracasos.

La risa de la prole, las peleas y los llantos repentinos.

Tanta cosa repetida, tanta suerte nueva, tanto olvido caprichoso, los niños.

Los libros, el mate, y mis dudas.

Tus dioses, nuestro montón de espejos rotos y mis dudas, siempre mis dudas.

Los fantasmas, el guiso de verduras, los cuentos de mi abuela, la rayuela.

El barrio, las amigas y las pascuas.

Lo bueno, lo chiquito, lo preciso.

Los duelos propios y los ajenos, el terraplén de mariposas.

El pan, las tentaciones, los males librados y las vocaciones.

Las estampillas, varias monedas y tu olor.

Así desmadejándose en nuevos collages, la vida.

Algunos rencores, los ancestros, la hoja en blanco, las tumbas.

El agua, tus dibujos y los besos.

Las heridas, su remera preferida y la añosa madreselva.

La vieja lata de colores, los fracasos y las sepulturas.

El dedal de mi abuela, los orgullos pequeños, mis oscuras golondrinas.

Viene de nuevo la vida.

Empeñada en seguir, desentendida de todo.

Cada día pare sus mañanas.

En cada cual sucumben y comulgan, lo nuevo, lo renovado, lo latente, el empuje vital de peregrinos impulsos.

Constantes e inertes los rituales, permanencias sin pretensiones, despabilan las ganas, avivan, avanzan y nos mantienen sujetas a la vida.

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