Stand up: cuando hacer reír se toma en serio


El stand up comienza a abrirse paso en la escena santafesina. Nosotros charlamos con Tati Pérez y María Jesús Temperini, dos mujeres exponentes de este género que busca conseguir carcajadas en el público, desde vivencias propias.
Textos. Romina Santopietro. Fotos: Pablo Aguirre y Flavio Raina.

El stand up nació en los ambientes nocturnos de los Estados Unidos a finales de la Segunda Guerra.
El stand up es un estilo de humor donde el comediante se dirige directamente al público presente, a diferencia del teatro clásico donde se supone que existe una “cuarta pared”.


Los comediantes se desnudan sobre el escenario. No literalmente, claro. Desnudan sus penas, sus inseguridades y sus pensamientos en clave de humor. Hablan de sus vivencias cotidianas: de la lucha diaria, de sí mismos, de su propia vida. Los actores de stand up no son contadores de chistes seriales. El tema que desarrolla el standarista o standapero durante su intervención se denomina “rutina”.


De esta manera se establecen pequeños diálogos entre el comediante y el público, generando un clima de diversión, donde los espectadores participan más activamente y se sienten parte del espectáculo. El público se ríe con el standapero y no de él.


En la Argentina siempre existió el genero del Café Concert, con referentes como Antonio Gasalla y Carlos Perciavalle, y monologuistas como Enrique Pinti y Tato Bores.


Tati Perez: vivir en modo stand up


Viviana Tati Perez es pionera del stand up en la ciudad y su referente ineludible, aunque confiesa haber arrancado “por accidente”. Se propuso difundir el género y, así como en el escenario le pone el cuerpo a sus rutinas, desde hace varios años también hizo carne esta patriada de lograr que Santa Fe se enamore del stand up.


Siempre le gustó mucho escribir, y para educar el talento hizo un taller de dramaturgia y guión que provocó un cambio en su vidal. En 2014 escuchó por primera vez, durante un taller de rutinas de humor, dos palabras que marcarían su nuevo rumbo: stand up. Siguió buscando dónde capacitarse, desembocó en Rosario y Buenos Aires hasta que tomó el compromiso de formar humoristas en la ciudad.


Actualmente escribe, dirige y produce sus unipersonales -en los cuales actúa- y también las presentaciones que realiza con sus alumnos. En febrero realizó su show número 200.


Tati es también la fundadora de Sarasa Company, el primer grupo de stand up santafesino.


Se animó a proponer un primer espectáculo en lo que es hoy el templo del stand up en nuestro medio, la sala Uh la la, y más adelante, con sus talleres ya en marcha, comenzó a foguear a sus alumnos en presentaciones compartidas.


Su periplo como formadora de humor nace en el Centro Cultural Provincial. Da clases en el Centro, en el Teatro de la Abadía y es la representante de la Escuela Argentina de Stand Up, sede Santa Fe, que se ubica en su casa.


“El stand up es un género humorístico que tiene determinadas características. Fundamentalmente se basa en dos cosas puntuales: es humor autorreferencial y de observación. La gente que se sube a hacer stand up cuenta cosas de su vida cotidiana, pero lo hace utilizando una estructura y herramientas que lo hacen gracioso. Surge de la observación de cosas que pueden ser consideradas tontas, pero que seguramente a alguien más le pasaron. El standapero es quien se anima a decirlo en voz alta. Lo ideal es que busque la identificación del público con eso que está contando. Lo importante es cómo lo cuenta, más que la anécdota en sí”, explica Tati.


“Uno habla de la familia, del trabajo, de la escuela, de los hijos, de la vida en general, y la gente se identifica con lo que está pasando”, continúa. “Creo que es un género precioso. La gente con todo lo que está ocurriendo necesita reir, necesita distenderse. Ir a ver stand up es una manera de desenchufarse un rato”.


“Al momento de crear una rutina la observación es fundamental. Hacia uno mismo y hacia lo que te rodea. En los talleres muchas veces la gente empieza y se sorprende cuando les digo que tienen que escribir. No es que subís al escenario y decís lo primero que se te ocurre. No hay improvisación. Podés recurrir en algún momento de la rutina a la improvisación, pero eso es otra cosa. Pero en realidad, detrás del stand up hay mucho trabajo”, describe Tati.


“Lo que decimos desde el escenario debe ser convincente, coherente y universal. Y fundamentalmente que sea con un lenguaje cotidiano y accesible. En el stand up podés hablar de todo. Todo puede ser un tema. El primer proceso del stand up es escribir como loco. Cualquier cosa. Luego sigue el proceso crítico, donde se revisa y comenzás a editar el material”.


El standapero anda todo el tiempo con una libretita, papeles sueltos y hasta servilletas donde escribe como poseso las ideas que surgen. O graba notitas de voz en su celu.


“Si dejás escapar una idea, después es difícil que vuelva, si no la plasmaste, aunque sea como un bosquejo ¡te olvidás!”, dice con una gran sonrisa. “Generar un chiste que tenga un buen remate te puede llevar tres meses de laburo. En el stand up lo más importante no es lo que se dice, sino cómo se lo dice. Porque vos podés decir algo tonto, pero tu manera de decirlo es lo que cumple con el objetivo de que la gente se ría. Pero para mí, lo más importante es divertirse. Si yo cuando me subo al escenario no me divierto, no puedo pretender que alguien más se ría o la pase bien. Si uno disfruta, transmite esa alegría, esa energía, el público lo siente y te responde”, reflexiona.


Tati considera que no se puede impostar o fingir alegría en un show de stand up. En un espectáculo tan intimista, donde hay una cercanía física con el público, cuando no hay una rutina genuina, se siente.


“A veces uno sufre la rutina, sobre todo cuando es una rutina nueva. Entonces lo que yo recomiendo es blanquear los nervios. Si te olvidaste, decilo. Sé sincero, no empieces a sanatear. Ganate al público con la honestidad. No tengas miedo de decir ‘es mi primera vez, me olvidé’. Generás empatía. Y ese es el punto más importante del stand up”.


Tati ha tenido alumnos que le aseguraron que el stand up les salvó la vida. “No tengo problemas en considerarlo tanto arte como terapia. En el proceso creativo que generás con el stand up, necesariamente comenzás a ver la vida de otra manera. Tenés que volver a convertirte en niño, dejar la solemnidad de lado. Te reís de tonteras. Empezás a vivir en modo stand up. Ves la vida de otra forma. Empezás a tomarte las cosas no tan seriamente, a disfrutar de cada momento, a notar las pequeñas cosas.

Podés sacar el tinte feo o doloroso que tiene alguna situación, a través del humor. El estar en modo stand up, es sacarle el lado triste a la vida”, concluye.


María Jesús Temperini: humor a corazón abierto


Maju es además de standapera, mamá y maestra jardinera. Transmite alegría y entusiasmo cuando habla de su pasión que es, justamente, hacer stand up.
Empezó a seguir a mujeres que hacen humor en este formato -Dalia Gutmann, Mar Tarres- pero se animó a subirse ella misma al escenario luego de haber incursionado en teatro y en clown.


“Al final de ese curso de clown, había que hacer una improvisación, una payasada, y yo hice una especie de stand up. Cuando termino, mi profe me dijo que esto era lo mío. Varias personas más me lo habían señalado. El stand up es reírse de uno mismo, es autorrefencial”, explica Maju.


“Mi rutina trata justamente de eso, de reírme de mi: cuento que soy gordita, que no me gusta comprarme ropa, que soy rara… Creo que quien cree en la magia, está destinado a encontrarla. Yo creo mucho en las señales de la vida. En dos semanas, hice tres cursos y en los tres, personas distintas me dijeron que haga esto, que haga stand up. Decidí buscar dónde estudiar, y lo hice en el Centro Cultural Provincial, estudié con Tati Pérez el primer año, y el segundo en la Escuela Argentina de Stand Up. En la segunda clase yo ya estaba debutando en bares y en fiestas”, recuerda.


Maju cuenta que la primera vez que se paró en un escenario para presentar su rutina fue fatal. “Soy bastante extrovertida. Soy maestra jardinera, por lo que ya he hecho todo tipo de payasadas, me he disfrazado, no tengo vergüenza ni pánico escénico… Pero en el stand up estás más expuesto. Me tocaba salir, y yo sentía que no podía respirar… ¡Que salía al escenario y me moría! Pero arranqué y -no se murió, claro- me enamoré. Me di cuenta que me encantaba y que el stand up era para mi”.


El stand up es un género muy personal, lo que hace que cada comediante exhiba su impronta, su particular visión de una determinada situación. Y en esa mirada, el primero que tiene que divertirse, es el mismo standapero. No se puede hacer humor sin que uno mismo se divierta, sostiene Maju. No hay lugar para las imposturas, o para fingir alegría. El público reacciona a lo genuino del discurso, se identifica con las vivencias y las desventuras de quien sostiene el micrófono en escena.


“El stand up se adapta a uno. Yo en mi rutina no digo malas palabras, o cosas subidas de tono, en principio porque no me siento cómoda y además porque casi siempre me acompaña mi nena de 7 años. A diferencia del teatro, donde uno asume un rol, un personaje. En el stand up no hay vestuario ni escenografía… sos vos y un micrófono”, explica Maju.


El standapero busca encontrarle la vuelta a las cosas de la vida, incluso a las negativas. “Yo escribo mucho, y siempre trato de darle vuelta a la situación para poder reírme de eso, incluso de lo malo, lo negativo. Muchas personas lo toman como catártico, y ayuda muchísimo a cambiar la visión sobre la vida”, sigue.


“Bucay dice ‘buscate un amante’. Pero en sentido de algo que te apasione. El stand up es eso. Soy docente, mamá, hija… y el stand up es para mí, es mi momento. Es lo que me motiva”, describe con sencillez y una enorme sonrisa.


Adentrándonos en el tema de las rutinas, Maju explica que el humor en stand up siempre es autorreferencial. “Mi stand up es muy femenino, es muy de mujer. De la ropa, de ser mamá, de cuando estuve embarazada…Uno busca que el público se identifique con lo que cuenta, que haya un ida y vuelta”.


El desparpajo del standapero no refleja todo el trabajo que realiza para construir sus rutinas. Poca gente sabe cuántas hojas tachadas, ideas revisadas y puestas bajo escrutinio descarnado hay, y la cantidad de horas de producción que esconde cada show. “Pararse sobre el escenario no es fácil. Hay todo un mundo atrás. Uno llega a esa instancia con sus miedos, su niño interior asustado… También con sus mambos. Y eso lo hacés por las ganas, por el amor que le ponés a tu historia. Por ejemplo, me defino como una tipa rara: manejo bien, no me gusta comprarme ropa, no soy celosa, cuido la plata… y cuando bajo del escenario después de proclamar esto, la gente me pregunta qué otra cosa rara tengo”, cuenta y se ríe.


¿Cómo se descubre al standapero interior? Maju asegura que la gente que ama poner los pies en un escenario lo trae desde siempre. Ella es la artista de la familia, y ya desde pequeña demostraba sus dote: contaba chistes, hacía mímicas con las canciones de Pablito Ruiz… “Tengo una peña desde hace 20 años. Hemos viajado, hemos vivido de todo. Y cada vez que contamos alguna de las mil anécdotas que tenemos, siempre me piden que la cuente yo. Creo que cada uno tiene que descubrir la misión que tiene en la vida. A mí me gusta a hablar -risas- y por supuesto, hacer reír”.


“El stand up es una terapia, yo se lo recomiendo a todo el mundo. Es liberador. Creo que en reírse de uno mismo está la clave para ser feliz. El stand up es eso, porque hasta lo jodido que pueda pasarte después tratás de encontrarle la vuelta para reírte de eso. Porque cuando podés reírte del problema, ya lo superaste. Soy feliz haciendo esto. Y lo más importante, es que mi hija me dice que soy divertida. Ella dice ‘mi mamá hace reir’. Ese es mi orgullo: que ella vea que ser feliz es una construcción, que sepa que se trabaja para ser feliz”.

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