Temas de la Academia Nacional de Bellas Artes


Desde hace veinte años la Academia Nacional de Bellas Artes publica anualmente “Temas”, que reemplazara en 1999 el hasta entonces “Anuario”, con la particularidad de establecer un motivo temático para cada número.

Por Enrique Butti

El que acaba de presentarse, correspondiente a 2019, ha elegido como eje la consigna “Vestigio y protoforma en el arte contemporáneo”.


Las colaboraciones giran, pues, alrededor de lo que en su ensayo Nelly Perazzo y Alejandro Schianchi delimitan con esta sentencia: “El vestigio aparece como una alusión al pasado y la protoforma como una promesa de futuro”.


El asunto en verdad compete a la inasibilidad de la forma en el arte actual, a diferencia de lo que podía hacerse en el pasado con generalizaciones más o menos efectivas, un pasado en el que era factible establecer líneas de desarrollo en las artes, sobre todo en las artes plásticas. Actualmente, un sinnúmero de efectos sincrónicos atentarían contra esquemas pasibles de ser usados para definir la producción y la fruición artísticas, aunque seguramente esa incapacidad dependa sobre todo de la falta de perspectiva histórica.


Antonio S. Antonini abre la publicación con un acercamiento a la arquitectura de la modernidad, recurriendo en sus conclusiones a algunos conceptos de Zygmunt Bauman, como el conflicto presente entre los creadores y los gestores de la cultura, esos gestores fácilmente captados por las leyes del mercado.


Luego Sergio Bauer señala la importancia que, a partir de finales del siglo XVIII tuvo, para los artistas que inauguraron la modernidad, el descubrimiento de restos prehistóricos y de las civilizaciones e imperios del Antiguo Oriente.


Alberto Bellucci y Gracia Cutuli analizan casos particulares de huellas, y Omar Corrado, Graciela Taquini y Daniel Varela conversan con el pintor José Marchi sobre su notable obra. Marchi recuerda la formación que significó para él el encuentro con los grandes maestros del arte a través de fascículos populares en su tiempo, como “La pinacoteca de los genios”, y cuenta: “Pero en Bellas Artes me encontré con que nadie enseñaba de esa forma, con la excepción de Beatriz Varela Freire, mi primera profesora de Dibujo, que nos hacía tomar proporciones. Todo el mundo odiaba eso y a mí me encantaba… En realidad, no es que nadie enseñara nada, sino que nadie, a excepción de esta profesora, enseñaba el oficio”.


Elena Oliveras apunta a recorrer el sentido de vestigio según el estrecho connubio carnal que cierto arte contemporáneo ha establecido entre la producción artística y el desecho, o con lo que sin eufemismos puede ser catalogado como basura. Al respecto, suelen citarse prestigiosos autores para convalidar esta nueva visión (y adopción) de los materiales del mundo, “con inclusión de lo excluido”. Perazzo y Schinchi recuerdan por ejemplo algunos versos de Baudelaire (como los del ciruja de “Le vin des chiffonniers”: “…deslomados, quebrados bajo montones de basura,/ vómitos confusos del enorme París”) y algún texto de Benjamin (que trata sobre el valor que en sus juegos prestan los niños a los objetos sin aparente valor ni intencionalidad). Se impone sin embargo advertir que esta nueva (casi hegemónica) mirada sobre determinado material del mundo y sus valores y “conceptos” ha llevado en muchos casos a una nueva mistificación, la mistificación precisamente de ese mismo material residual antes despreciado, con un resultado comparable al que tantos artistas mediocres del pasado ejercitaron al falsificar los conceptos de belleza, armonía, dominio técnico, virtuosismo, etc. Se impone recordar que ni Baudelaire (que cultivó sus flores negras con un respeto absoluto de las reglas clásicas de la poética, de la métrica y la rima, de manera que esa adopción y seducción formal son las que permiten que hoy continuemos admirándolo) ni Benjamin (que al acatar impecablemente las estrictas reglas de la retórica mejor afinada a través de los siglos permitió que sigamos hoy comprendiendo todos los meandros de su complejo pensamiento) cayeron en la mistificación del material que trataban. Pero en salones, muestras, premios, prebendas que la burocracia del arte ha privilegiado en la actualidad, ¿acaso no pocas veces se cae, como en la alta moda, con prestigiar falsos remiendos y roturas y desgarrones “a propósito”?

Jorge Taverna Irigoyen fue desde 2011 secretario de la Comisión de Publicaciones y coordinador académico de la revista «Temas».


Cierra la publicación un ensayo de Jorge Taverna Irigoyen sobre Kandinsky y su laborioso pero firme y lento camino hacia la abstracción, a través de etapas como las que el gran artista ruso reconoció en 1914: “Paulatina y penosamente me fui haciendo cada vez más capaz de extraer de mí no solo el contenido, sino también la forma que le era adecuada”. Taverna Irigoyen recorre las huellas de ese periplo de Kandinsky: su formación juvenil, el descubrimiento de los impresionistas franceses y de la obra de Malévich, hasta una suerte de revelación religiosa en la que se convence de que “el arte es un dominio de sí mismo, regido por leyes propias que le son exclusivas y que, reunidas con los otros dominios, termina por formar el Gran Dominio que apenas podemos presentir vagamente”.


Cabe acotar a propósito del autor de este ensayo, que el presidente de la Academia, Gillermo Scarabino, (con un caluroso y especial reconocimiento) informa que con este número de “Temas” finaliza la gestión que ininterrumpidamente desde 2011 viene realizando Jorge Taverna Irigoyen como secretario de la Comisión de Publicaciones y consecuente coordinador académico de la publicación.

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