Todo cambia


Por Lucila Cordoneda

Cambia, todo cambia… y con qué velocidad, con qué grado de imprevisibilidad ¡mamita querida!


Una palabra dicha a destiempo o a tempo exacto, una noticia, un silencio, una mano que sin querer (o no) pasa, o se posa o se aferra… y paraliza, hace galopar el cuore, sonroja, descubre de golpe, devela, importuna, confirma y cambia. Cambia la escena, el escenario y los guiones. Abre cortinas, descorre historias, augura vuelos.


Porque es así ameas mías, aunque suene a frase hecha, a machaque remanido, es así… todo cambia, varía, muta, vuelve a ser.


En un vaivén frenético, casi ridículo, por lo imperceptible, por lo inesperado.


Sabemos lo que los cambios provocan, somos conscientes del espanto, la rabia y la esperanza.


El cambio sustituye, reemplaza, da salida, cancela y habilita.


Algunos cambios desgarran, asquean, revuelven las vísceras, las aprietan en un puño y las echan a la carroña. Otros, abren el pecho, descomprimen, alivian, soplan aliento de vida a lo Atenea, casi respiran por nosotros.

Pero siempre, absolutamente siempre, sin excepción, nos expulsan de donde estamos, nos escupen fuera del lugar seguro. Porque aunque lo que pueda venir sea mejor a lo presente… ¿Quién puede anticiparse a dicha hora? ¿Quién puede asegurarnos de que eso que deseamos tanto, aquello por lo que pedimos cada vez que hacemos frotar la lámpara, sea lo correcto, lo “por venir” valedero y, por qué no, verdadero? Pues nadie cara mía, nadie. Y ahí estas vos, solita, sin más armas que tu propia intuición o tu propio afán bobo de esperanza. Ahí estás, intentando aferrarte a lo que hoy “es”, a lo que conocés. Porque ¿sabés qué? Aún cuando el motivo de tus desvelos por fin se planta de cara, tan real como vos y tus miedos, y te dice: acá estoy, soy con vos, soy por vos… Aún ahí tememos y dudamos y nos preguntamos si, a pesar de tanto deseo, es realmente lo mejor.


Y la verdad, posta, es que no lo sabemos… nunca lo sabemos. Podemos suponerlo, imaginarlo, proyectarlo, así cómo podemos augurar qué pasará ante un cambio que no esperábamos y que se presenta pedante, de mala vibra, de espanto extremo. Y eso, justamente eso, es lo mágico, lo copado y lo, en gran parte, aliviador.


Porque nada, absolutamente nada cara mal aprendida, está predeterminado. Nada lleva debajo la rúbrica que asegura el éxito o la agonía. Nada ni nadie tiene el poder de decirte qué hacer y si lo hace que sea para sumar, para envalentonar, para contribuir a la arenga cotidiana, que de pisabrotes malavenidos y de profetas de la desesperación ya tenemos bastante.


Avantti que los cambios vienen marchando y por acá los esperamos pa’ domarlos.

“El mundo cambia en un instante y nacemos en un día”

Gabriela Mistral
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