Todo el jazz


Pepi Dallo es uno de los músicos cultores del jazz, miembro de una movida joven que puso al género en la escena musical de la ciudad. Textos: Romina Santopietro. Fotos: Flavio Raina.

Santa Fe es indudablemente cuna de artistas y grandes músicos, que se perfeccionan y crecen ligados al motor de la música. En esta región prendió con fuerza el jazz, de la mano y corazones de artistas jóvenes, que se forman en este demandante género. Porque para ser músico de jazz, y poder improvisar en una big band, hay que estudiar y mucho.


Antes de la charla, hubo sesión de fotos y Pepi asegura no sentirse muy a gusto con este rol de entrevistado. Cultiva un perfil bajo que lo caracteriza, pero pierde todas sus inhibiciones al comenzar a tocar. De hecho, para la sesión de tapa, las mejores fotos se lograron cuando preguntó si podía tocar un poco… Y se produjo algo de magia. Desde las oficinas cercanas comenzaron a asomar cabecitas, atraídas por la melodía de la trompeta, mientras los fotógrafos hacían su magia también.


Se rompió el hielo y Pepi la rompió en ese breve concierto exclusivo en las escaleras de la redacción. Desde ahí su historia fluyó y este es el resultado.


Pepi comenzó en la música a los 14 años, y era un adolescente punk. “Nada que ver con lo que hago ahora”, comienza con una sonrisa. Escuchábamos punk con mis amigos y teníamos un grupo que se llamaba Lechuzas Punk Rock, de la época en la que había un movimiento incipiente de punk en Santa Fe. Un poco más grande comenzó a gustarme el ska instrumental, y ahí empecé con la trompeta. Pensé que me metía en un lugar accesible, pero ¡no! Terminó siendo todo lo contrario, me metí en un mundo súper complejo, la trompeta es un instrumento muy particular, donde hay que estudiar y practicar mucho, dedicarle tiempo todos los días… Toqué mucho tiempo en una banda de reggae que se llamaba Sr. Brass. Paralelamente a mi carrera de abogacía me metí en el Liceo Municipal a estudiar la carrera de trompeta y terminé abogacía. Acá en el Liceo se estudia trompeta por 8 años. Cuando llevaba 5 años estudiando, me fui a vivir a España”, resume.


Para ese momento, Dallo había empezado a tomar más en serio dedicarse a ser trompetista. “Acá hay un gran nivel de músicos y profesores. Pero yo quería aprender a tocar jazz y quería ir a una escuela de jazz. Hoy en día, el jazz es música académica, como la música clásica. Ya dejó de ser para autodidactas, aunque antes era así. Y yo añoraba estudiar eso. Entonces o me iba a Buenos Aires, o me iba a España”, explica.


Y fue España al final, porque Pepi quería conocer y vivir en Barcelona. “Con Natalia, mi pareja, que estudió cine en el Iscaa, la única manera que teníamos para estar legalmente en Europa era con un visado de estudios”, recuerda.


De esta manera cumplían dos sueños, vivir y estudiar en España, así que en 2011 partieron.


“Estuvimos 5 años y medio. Fuimos por un año, pero nos quedamos un poco más”. El plan era cursar algunas materias y disfrutar la vida. “Terminé una carrera de jazz y mi pareja hizo otra carrera de cine y un máster en guion. Elegimos quedarnos más y abocados al estudio”.

Pasión, arte y garra
“En España los estudios se pagan, no es como acá. Para solventar nuestro estudios trabajamos de todo un poco: cocinero, camarero, limpiando vidrieras, ventanales… cristalero se llama allá. Era una vida bastante austera y agotadora, porque trabajábamos mucho de noche y por la mañana cursábamos… Así que era bastante sacrificado.

Barcelona alucinante
A pesar de las jornadas agotadoras Pepi no se dejó amedrentar y cayó bajo el influjo de la bella Barcelona.


“Barcelona es alucinante. Hay mucha movida de jazz. El hecho de estar en una ciudad donde no tenés tantos contactos o amigos, hizo que me dedicara a crecer en lo artístico, sin distracciones”, cuenta.


“Allá hay tres universidades de jazz, lo que significa que salen grandes músicos todo el tiempo por todos lados, y de un nivel tremendo. También existe otra ventaja: los músicos norteamericanos, que son la cuna de este estilo, los creadores, se presentan en Europa todo el tiempo. Entonces podés ver de primera mano y en vivo a las leyendas, a tus músicos admirados”.


Cada concierto es una suerte de clase magistral para los entendidos, y es algo que Pepi capitalizó en esos años en tierras españolas. “Acá en Argentina no tenemos esa suerte, porque si estos músicos pasan por el país, se presentan en Buenos Aires, y ya es lejos. A las dos semanas de estar en Barcelona, lo fui a ver a Tom Harris, que es una leyenda viva, un tipo al que yo seguía en Youtube… Era emocionante”.


Barcelona fue para la vida de Pepi aprendizaje y destino. “En España es muy común compartir casa. Cuando con mi pareja pudimos irnos a vivir solos, a los dos días de mudarnos, los dos quedamos sin trabajo. Yo trabajaba como cocinero y ella como camarera. Ambos lugares cerraron”.


En ese momento bisagra, Pepi cuenta que Natalia le dijo “es el momento de dedicarnos a lo nuestro. Hay que jugársela”- continúa: “yo no me animaba. Consideraba que no tenía un buen nivel como para dedicarme a la música. Pero me animé, publiqué un aviso y empecé a dar clases particulares. Tuve mis primeros alumnos de trompeta y Natalia se dedicó a la edición de cortometrajes, de publicidades y cine. También empecé a tocar en vivo, en hoteles. Recorrí todos los bares de Barcelona. Me hice una tarjeta de presentación. Lo que los catalanes no hacían, lo hice yo como argentino. Los argentinos tenemos eso: sobrevivimos adonde vamos. Vivimos en un país donde hemos atravesado tantas crisis, donde la propia palabra crisis es de uso normal”.


De esta manera, Dallo armó un circuito de bares donde tocaba fijo, poco a poco. “Me generé un sueldo tocando y dando clases y mi vida empezó a tener la forma que yo había imaginado. Con la música sentí que se podía vivir de algo siendo más libre”.


También la añoranza por el país se hizo sentir, y después de 5 años y medio y un hijo español, Gael, decidieron volver.


“Yo fui siempre el hijo ‘bando’. Mi mamá nunca se esperó que yo le diera un nieto, creo que pensaba que sólo le iba a dar cerveza”, cuenta y se ríe.


Al volver, Pepi volvió a anotarse en le Liceo para terminar la carrera de música clásica. “Terminé también esa carrera. Tengo más títulos que Independiente”, dice entre más risas. “Tengo el FPI, Formación Profesional en Instrumento, del Liceo Municipal, en España estudié una tecnicatura en jazz. También tengo el título de abogado, pero no lo uso. Está en venta”, redondea mientras siguen las risas.


Desde hace un año comenzó a estudiar en Buenos Aires con Juan Cruz Urquiza. Estudia y practica todos los días y es algo que no le pesa hacer. “La que lo sufre es mi mujer…”, confiesa.


Gael se interesa por la música, le encanta y la respira todos los días.

“Tiene un teclado, muchos instrumentos de percusión… La trompeta la tengo que esconder, porque le atrae mucho. Va a un taller donde hace música y los informes del jardín a donde va, nos dicen que le gustan mucho las clases de música”. Gael tiene tres años y medio, y ya se perfila como melómano y futuro músico.

El jazz sale a la calle
Desde que el trompetista volvió a Santa Fe la movida jazzera salió de los claustros y se instaló en la noche de la ciudad, en pubs, bares y plazas.


El jazz se acerca a la gente, invade espacios y seduce con su cadencia.
“Desde que volví, una de las cosas que empecé a hacer, también para trabajar, fue organizar ciclos de jazz”.


Con este circuito, el jazz llega a los amantes del género y a gente que tal vez nunca lo escuchó, y mientras se toma una cerveza, disfruta de la música.


“El jazz se está volviendo más atractivo, se generó un ambiente lindo”, reflexiona. “No es que lo hicimos nosotros, tiene más que ver con que la gente está abierta a escuchar más. Nosotros lo que hacemos es llevarlo a los bares, acercarlo a la gente”.

Previo La realidad es eso que tu cabeza hace con las cosas
Siguiente Un ­-perdón por la palabra­- artista