Todos merecemos una historia de amor


Por Lucila Cordoneda

Lo que mucha gente llama amar consiste en elegir una mujer y casarse con ella. La eligen, te lo juro, los he visto. Como si se pudiera elegir en el amor, como si no fuera un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en la mitad del patio. Vos dirás que la eligen porque-la-aman, yo creo que es al vesre. A Beatriz no se la elige, a Julieta no se la elige. Vos no elegís la lluvia que te va a calar hasta los huesos cuando salís de un concierto.

Diciembre, mediodía en Santa Fe, vuelvo a casa después de otra jornada de trabajo. Pienso, proyecto, hago cierres tan provisorios como los rincones por donde, se supone, andan mis pensamientos. Voy cruzando la Plaza San Martín y de golpe me encuentro recordando ese fragmento de Rayuela. Confieso que no es la primera vez que me pasa, en varias situaciones y aconteceres varios me sorprendo pensando “como si uno pudiera elegir”…

Por ahí fue esa pareja que se acompañaba del brazo, acomodándose uno al otro en su ritmo cansino con amorosidad serena y sabia, esa que creo, solo dan los años. O esos adolescentes que chichoneaban, diría mamá, sentados en el césped, olvidándose, no solo de las carpetas y materias a rendir, sino de todo lo que formaba parte del “fuera de ellos dos”…

Quién lo sabe, lo cierto es que ahí iba yo, “romantiqueando” ese ratito ordinario y cotidiano.

“Como si se pudiera elegir” dice Don Cortázar, y así es nomás.
No elegimos, eso está más que claro. Tampoco sé muy bien cuál sería la gracia si pudiéramos hacerlo. Qué sería del mundo sin los amores fallidos, sin los suspiros dolidos y sin tanto corazón partío.

Vamos… no sé si todos los amores merecen ser vividos pero la verdad purísima y cruel es que no siempre depende de nosotros la decisión y cuando digo nosotros, digo nosotros y nuestras ocasionales circunstancias, amiga querida. Porque fuimos y somos una y varias y lo que alguna vez soportamos y padecimos es posible que hoy no califique ni para arrancar a pensarlo como posible, pero lo cierto es que ahí, en ese momento, todo estaba dado para que así sea.

En fin… es mucho más lo que no sé, que lo que puedo afirmar… lo que sí te digo cara Mal Aprendida, es que todos merecemos una historia de amor. Así sencillito y contundente.

El amor duele, sí, desgarra, inquieta, invade, nubla la razón, pero su ausencia mata, seca, enmudece.

La vida tiene la obligación de darnos el protagónico de una peli empalagosa y pochoclera, de esas que dejan huella, marca indeleble y sabor a poco.

La historia de un amor inolvidable no le puede ser negada a nadie, la posibilidad de creer que levitamos, que estamos a diez metros del suelo, tampoco.

Ese cóctel raro en el que sentirte intocable se vive casi en el mismo instante en que estás advirtiéndote absolutamente vulnerable, indefenso, bobo de amor, tiene que ser canilla libre.

Tiene que haber una de esas historias para todos, para cada uno, para cada cual, a su modo, en sus tiempos, con sus mambos y deseos.

Tienen que sobrar historias de esas que hacen que se nos garabatee una sonrisa indiscreta o que en el momento menos pensado nos emocionemos de repente porque alguien dijo “algo” que nos recordó “algo” de ese culebrón.

Todos tenemos derecho a eso, señoras y señores, y no podemos conformarnos con menos, no debemos quedarnos con las ganas, no queremos, no aceptamos, no transamos.

Los amores bonitos esos que a veces, parecen estar dormidos y que por una u otra razón asaltan la memoria de tanto en tanto, o los otros los se prolongan en el tiempo y duran casi infinito, deben pasar, al menos una vez, un ratito, un episodio.

Todos, cada uno, cuando sea, donde sea, como sea, hay uno para cada uno, seguro que si.

Y ojo ehhhhhh, nunca es tarde, que nadie te haga creer otra cosa.

Vamos amiga que el amor siempre es a tiempo, porque como nos enseñaron esos locos que se amaron para siempre en aquellos tiempos del cólera:

La memoria del corazón elimina los malos recuerdos y magnifica los buenos, y gracias a ese artilugio logramos sobrellevar el pasado.

Y yo agregaría… y volver amar.

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