Un destino desaforado


La historia de Raúl Carlos Barón Biza es conocida y sin embargo, como otras crónicas familiares que recorren Argentina en el siglo XX encierra innumerables revelaciones que atañen al destino del país mismo.
Textos. Enrique Butti.

 

La historia es conocida: la del millonario argentino que atravesó como un ciclón la vida social, política y literaria de su tiempo, casado en primeras nupcias con una hermosa actriz suiza a quien le financió su empeño en volar y que cuando se estrelló con su avión le erigió un monolito en medio de las sierras cordobesas que superó en 15 metros la altura del obelisco porteño; el hombre que el día en que se encontró con su segunda esposa para acordar el divorcio le echó en la cara un vaso con vitriolo, y que unas horas después, como no le bastó el veneno, se descerrajó un tiro. Se conoce también la historia de su familia: la de esa mujer que ocupó importantes cargos durante el gobierno de Frondizi; que a los 16 años se había enamorado del hombre 20 años mayor con quien tuvo varios hijos y que un día de 1964, cuando contaba con 45 años y su belleza todavía se comparaba con la de Susan Hayward, recibió en la cara el ácido que le tiró su marido; que vivió varios años en Milán tratando de que reconstruyeran su rostro y que, de regreso a la Argentina, y desde el mismo departamento donde había sufrido la agresión, se arrojó al vacío. Y la historia de la hija que se quitó la vida en 1988, y la del hijo, que en 2001, también se lanzó al abismo.

La historia es conocida y sin embargo, como otras crónicas familiares desaforadas que recorren el país en el siglo XX (la de Horacio Quiroga, la de Leopoldo Lugones) encierra innumerables revelaciones que atañen al destino del país mismo.

En el caso de Raúl Carlos Barón Biza (y de su segunda esposa, Clotilde Sabattini, y del padre, Amadeo Sabattini), sus vidas están directamente ligadas a los avatares de la Unión Cívica Radical y al tembladeral que sucedió en el país (sin acabar nunca, en verdad) tras la caída de Yrigoyen. Entre esos miles de acontecimientos están por ejemplo los que tuvieron que ver con la abortada rebelión de 1933, cuando se reunió en Santa Fe la Convención Nacional de la UCR, mientras los exiliados en Uruguay que formaban el Comando del Litoral cruzaban el río Uruguay, Sabattini lideraba una insurrección en Córdoba y Barón Biza ocupaba la base aérea del Palomar. En Santa Fe (y en Carcarañá, San Jerónimo, Coronda, Esperanza y Cañada de Gómez) se tomaron comisarías y correos; en Rosario hubo ocho muertos.

Entre los miles de personajes que se entrecruzan (de Jauretche a Borges, de Scalabrini Ortiz a Perón) hay algunos increíbles, como el pintor surrealista boliviano Benjamín Mendoza y Amor, a quien Barón Biza había encargado las ilustraciones de su novela “Todo estaba sucio”. Disfrazado de cura y con un crucifijo en la mano, en 1970 este hombre trató de asesinar en el aeropuerto de Manila al papa Pablo VI.

Y también miles de detalles prodigiosos rodean a estos destinos, como el Taj Mahal que Barón Biza construyó para su primera esposa, la actriz que pasó por la Argentina declarando que la United Artists le había propuesto trabajar en un film con “motivos argentinos”, pero que en verdad venía a encontrarse con el hombre que había conocido en Europa, y con quien se casaría en Venecia en 1930. Tras radicarse en París y en Buenos Aires (donde el marido le construyó una mansión art déco frente a Plaza Francia) prefirió la estancia en Alta Gracia. De ahí la elección del lugar para el emplazamiento de su tumba, que representa un ala de avión y en cuya cima había un faro y dos ventanas a las que se accedía por una escalera-caracol de 400 escalones.

Debajo de 70 toneladas de cemento y tras bajar 406 escalones interiores, entre trampas (y, se dice, explosivos) para impedir robos, se enterró a Myriam Stefford y a las famosas joyas de las cuales no dejaban de hablar las revistas de la época. Christian Ferrer cuenta que al parecer Barón Biza quería instalar una iglesia cerca del mausoleo, pero se negó a traspasar la propiedad a la arquidiócesis y, acorde con las blasfemias que disparaba en sus libros, “habría instalado, por el contrario un infierno, una boite”. El hecho es que Barón Biza terminó vendiendo su propiedad a los Bemberg, excepto la zona de la tumba. Encargó como cuidador a un hombre deforme, que no pudo evitar los saqueos y las profanaciones. En 1988 el hijo, Jorge Barón, aceptó en un programa de Gelblung participar de una visita al mausoleo. Cuenta Ferrer que, guiados por el Quasimodo ahora nonagenario, descendieron al sepulcro: “La cripta estaba rota y el lugar, saqueado. El cuerpo momificado de quien fue otrora actriz de cine y piloto de avión estaba fuera del ataúd”. A los pies del monumento está enterrado el propio Barón Biza; había pedido que lo sepulten en la tierra sin cajón y sin ninguna señal que lo recordase.

Todas las facetas de la gran historia en la historia de un destino singular encontró un brillante retratista en Christian Ferrer, autor de “Barón Biza. El inmoralista” (que Sudamericana acaba de publicar en “edición definitiva”), una de las mejores biografías que nos ofrece la literatura argentina.

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