Un festival que marcó la infancia de los santafesinos


En 1934, el Ciclista Moto Club Santafesino organizó un festival ciclista-infantil. La participación de niños y niñas de la ciudad tuvo lugar en el antiguo paseo del Parque Oroño, sobre los márgenes de la laguna Setúbal y el Puente Colgante.

TEXTOS. Mariano Rinaldi. FOTOS. Archivo El Litoral.

El Parque Oroño, con el atractivo de su maravillosa fuente que fuera realizada por el prestigioso escultor Baldomero Banús, fue el lugar elegido por las autoridades del Ciclista Moto Club Santafesino para llevar adelante un festival de grandes proporciones destinado a la infancia santafesina.

Además, este festival ciclista-infantil estuvo acompañado por el «Campeonato de la Hora», también organizado por el Ciclista Moto Club Santafesino. Una carrera de primera categoría que se inscribía dentro de la Federación Ciclista Argentina.

Por estos años, el ciclismo era una disciplina fuertemente popular y de identificación masiva con sus corredores. En Argentina, desde hacía unos años estaba dando sus primeros pasos. En 1924, se corrió en Buenos Aires, organizado por el Club Deportivo América, el campeonato de ciclismo denominado «Campeonato Social de Resistencia», esta carrera servía para seleccionar a los socios de este Club que luego correrían el campeonato argentino organizado por la Federación Ciclista Argentina.

En 1934, el festival ciclista-infantil era la muestra latente de que esta disciplina deportiva se estaba afianzando en la ciudad de Santa Fe. Su acercamiento a la infancia santafesina era una manera de convocar a las nuevas generaciones y futuras promesas. Por motivo, el festival ciclista-infantil tenía como número protagónico exhibir las destrezas y acrobacias del ciclista adolescente Mateo Cañellas. «Un temerario y arrojado joven que ha maravillado a quienes lo conocen por sus pruebas sobre su cicle», eran las palabras del diario El Litoral para referirse a esta joven promesa deportiva.

La historiadora europea Linda Pollock, afirma que no se trata de que la modernización occidental haya «descubierto a la infancia» sino que «haya cambiado la definición de amor». Es decir, una cultura familiar centrada en los hijos, en donde la infancia pasó a ser considerada como una etapa idílica.

Los aportes de Lucía Lionetti y Daniel Míguez en su libro «Aproximaciones iniciales a la infancia» nos proponen observar las categorías sociales de niños/alumnos y menores como construcciones culturales e históricas. De esta manera, podemos pensar, por un lado, los niños como aquellos que se encontraban contenidos dentro de un entorno familiar y escolar; y por otro lado, los menores, es decir aquellos que por pobreza y marginalidad carecen de esa inserción social.

Si pensamos en aquellos niños que, contenidos dentro de un entorno familiar y escolar, podían a través de estos eventos deportivos, favorecer su socialización y la creación de vínculos emocionales con las personas, potenciando la comunicación y la capacidad de expresión; podemos también comprender a aquellos menores que no tenían y carecían de esa inserción social y como el Estado recurrió a prácticas de encierro, en muchos casos reforzando y construyendo esa marginalidad en los Patronatos de la Infancia. Situándonos en un contexto histórico, en 1919, el Congreso de la Nación convirtió en ley el proyecto de Patronato Estatal de Menores que Luis Agote, diputado conservador por la provincia de Buenos Aires, había presentado a la Cámara de Diputados. A partir de ese momento, los jueces de los tribunales y correccionales de todo el país quedaron habilitados para suspender o quitar la patria potestad a los padres de los menores de 18 años cuando hubieran sido condenados por delitos graves o por delitos contra sus hijos y que comprometieran su salud, moralidad y seguridad. 

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