Un hombre que deja su huella


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Hay personas que pasan por la vida provocando avalanchas de tal magnitud que toda la tierra cambia su relieve. Una de ellas se encuentra en la parroquia San Agustín del barrio Yapeyú: es nada menos que el entrañable Axel Arguinchona.

TEXTOS. Javier Díaz. FOTOS. Guillermo Di Salvatore, Manuel Fabatía y Archivo El Litoral.

Hay personas que no saben lo que es pasar por la vida como piedras en una pendiente. Hombres y mujeres que, por pequeñas o grandes que sean, dejan detrás de sí la huella de su sombra.

Un ejemplo de ello se encuentra en el barrio Yapeyú, más precisamente en la iglesia San Agustín. Es nada menos que su párroco, el entrañable padre Axel Arguinchona. Un hombre que vive para ayudar, al que le tocó vivir en carne propia una de las tragedias más terribles de la ciudad y que tiene una historia para contar.

«Nací en calle Moreno entre Urquiza y 4 de Enero, que en ese entonces era de adoquín. Era un pasillo de departamentos en el que compartíamos mucho, tal vez tenga que ver que en ese tiempo teníamos la posibilidad de tener una vida con mucha más seguridad de la que tenemos hoy y tanto grandes como chicos podían salir más a la calle. Hice la primaria en el Colegio San Cayetano. La secundaria la realicé en el Liceo Militar Gral. Belgrano, cuando estaba donde ahora está el Hospital Sayago».

«Mientras estudiaba Ciencias Económicas recibí el llamado del sacerdocio. Hasta entonces en la carrera me iba muy bien, pensaba en trabajar en mi profesión y formar una familia. Pero un día, estando en clases, sentí una moción interior, que luego entendí que provenía del Espíritu Santo, pero ya en ese momento sentí que no venía de mí mismo».

En el mes de julio pasado el Concejo Municipal le entregó un reconocimiento por «su destacable trayectoria y labor social».

«Hasta ese entonces yo no tenía vida parroquial, aunque sí creía en Dios. Ese día Dios me llamó a ir a misa entonces terminó esa clase y fui. Me acerqué a la iglesia de los jesuitas y al otro día regresé. Empecé a sentir un deseo muy especial de empezar a vivir en Dios».

«Yo creo que el llamado de Dios es distinto para cada persona. A algunos los llama en situaciones adversas, pero en mi caso fue algo muy dulce, me cerraba todo perfectamente bien. Ahí empezó a darse un camino muy especial. Más adelante, ya como seminarista, fui una tarde a la parroquia Sagrado Corazón de Jesús y había un muchacho que ya me había visto algunas veces y me invitó a sumarme a la vida parroquial, algo que no había tenido prácticamente nunca en mi vida».

«El padre Ricardo Maza es un hermano del sacerdocio a quien quiero mucho porque me abrió el camino y me ayudó a descubrir cuál era mi vocación. A él comencé a comentarle lo que estaba experimentando en mi interior cuando recibí el llamado de Dios».

«A fines de 1982 decidí que iba a ingresar al sacerdocio y los primeros en enterarse en mi ámbito familiar fueron mis padres y mi hermana. En principio lo tomaron con cierto asombro pero yo también me asombré cuando sentí que Dios me llamó. Después fui a hablar con un hombre que marcó la vida argentina durante su pastoreo como fue Monseñor Vicente Faustino Zazpe, que me recibió para comenzar el seminario, algo que hice en marzo de 1983».

Siempre de buen humor. El padre Axel participó de los duros momentos que atravesó el barrio Santa Rosa de Lima cuando fue arrasada por el agua. Más tarde encabezó cada momento de la reconstrucción y vuelta a la normalidad de cada familia del barrio.

LA TRAGEDIA DEL SALADO

«Desde el 30 de septiembre de 1989 han sido 31 años de sacerdocio. Comencé a trabajar pastoralmente en el Centenario, San Lorenzo, Chalet, El Arenal y después en Santa Rosa de Lima, donde me tocó vivir las dos inundaciones, la de 2003 y 2007. Pero lo que fue ese 29 de abril fue terrible. Ver cómo el avance del agua se nos venía encima y sin tener una dimensión clara de lo que estaba pasando».

«Recuerdo que a la mañana estábamos trasladando a los chicos al primer piso de una escuela que está cerquita a la vía y a las dos horas tuvimos que hacer una cadena humana para sacarlos porque el agua ya estaba llegando al primer piso».

«Dios no quería la inundación porque si se hubieran hecho bien las cosas el agua no hubiera entrado. Entonces Dios no es aliado de la inundación, es aliado de su pueblo y nos iluminó para sacar a todos esos chicos, y también ancianos, durante el día porque si nos hubiera agarrado la noche hubiera sido peor».

Su otra pasión, el fútbol. Como reconocido hincha de Colón, disfrutó de los buenos momentos del club, también sufrió de las derrotas más duras, deportivamente hablando.

«Cuando el agua pasó la vía se hizo incontrolable. Teníamos que hacer cadenas humanas agarrándonos entre todos para que no nos llevara por la fuerza que tenía. Fueron momentos muy duros porque la gente estaba desesperada tratando de salir, buscar algún bote o algo».

«Sobre esa tragedia a mí me gusta rescatar qué hermoso pueblo que es el de Santa Rosa de Lima. Porque recuerdo que la gente terminaba de salir de su casa o de ponerse a resguardo e inmediatamente regresaban para ayudar. No era una cuestión de decir ‘ya me salvé’ sino de decir ‘padre, acá estoy ¿dónde voy? ¿a quién ayudo?’. Son cosas que quedan grabadas en la retina y en el corazón».

«Recuerdo mucho el frío y la lluvia que por momentos era más fuerte y por momentos llovizna. Y la gente en los techos de su casa tratando de resguardar lo poquito que le quedaba. Tampoco me olvido más estar ayudando a una persona a salir de su casa en un bote y que me diga ‘padre perdí todo, pero mire lo que rescaté una foto suya dándole la primera comunión a mi hijo’. Sólo el que se inundó sabe que haber perdido las paredes es terrible, pero perder los recuerdos es mucho más fuerte: ese primer diente, una foto, una libreta de primer grado, son cosas que no se pueden reemplazar».

Axel Arguinchona. El padre de los más necesitados. Vive para ayudar. Hoy, en la Parroquia San Agustín disfruta de los momentos libres en un diálogo permanente con la gente del humilde barrio Yapeyú.

«A mí me pasó perder un libro de espiritualidad que me regaló un amigo cuando ingresé al seminario y en el que me escribió unas hermosas palabras. Y ese libro se puede comprar de nuevo, pero no se puede comprar esa edición ni eso que me escribió ese amigo».

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